En primer lugar, la obra adaptada de un autor atractivo y lo suficientemente iconoclasta como Charles Bukowski; siguiendo por las credenciales del guionista director, de breve pero prometedora filmografía; y terminando por el actor protagonista --Matt Dillon-- que demuestra su buen momento saliendo airoso de tres títulos tan distintos como éste, Crash (2004) y Herbie a tope (2005). Realmente, para un actor, un papel como el del escritor de Factótum, dirigido además por un director europeo, es una joya que no conviene desperdiciar, puesto que permite que su trabajo pueda ser visto más allá de los cerrados mercados estadounidenses, y de paso juzgado por críticos europeos. Yo desde luego no lo rechazaría.
Pero aquí se acaba casi todo. Quizá porque el tema del escritor fracasado y autodestructivo está muy afianzado como arquetipo cinematográfico, y porque la historia de Factótum, aparte de las probables bondades de la novela original y de la propia película, no se desvía demasiado de esa línea. Trabajos aburridos y mal pagados, compañeros de viaje igual de fracasados, amores al límite... sin faltar ese final paradójico y triste que reafirma la sensación de una vida literaria coherente no reconocida a tiempo ni como se debe.
Probablemente para Bent Hamer, el noruego guionista-director, fuera una oportunidad única de reivindicar a uno de sus autores favoritos, o para rodar en EE UU con un tema que resulte cercano, o trabajar con un actor de primera fila que garantice una buena distribución. En este sentido ha hecho bien su trabajo, pero como aportación al género debo decir que no ha hecho todo lo que esperaba. Lástima, porque fui a verla con la intención de regresar al cine fronterizo de mis sesiones del Verdi.