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lunes, 18 de junio de 2007

Huelga de proyectores caídos

Corto (14/06/2007): ¿Por qué veo tan poco cine español?

Las salas de cine en España están de huelga por culpa de la 'Ley Calvo' del audiovisual. El texto ha dejado contentos a las televisiones, que respiraron cuando se confirmó que no subiría del 5% al 6% la inversión obligatoria de las cadenas de televisión en cine español (tal como vienen haciendo por decreto desde 1999, aunque está pendiente de que la UE estime si es legal que un sector privado deba invertir por ley en otro sector privado). Los productores están también contentos porque las desgravaciones por inversión en cinematografía pasan del 5% al 18%. El personal técnico y artístico del sector también está contento porque la ley obliga a no tener pagos pendientes para poder acceder a las desgravaciones fiscales (todos cobrarán por decreto).

Los únicos que no están nada contentos son los exhibidores: porque no se subvenciona la digitalización de las salas; porque no se elimina la cuota de pantalla (al contrario, se hace más minuciosa al establecerse por sesiones y no por días), que desde 1941 está vigente de una u otra forma; porque no se atiende su petición de aumentar a 6 meses la exclusividad de explotación de un filme; porque no se garantizan medidas eficaces contra la piratería. Por eso el lunes 18 de junio el 90% de los cines de España cierran en protesta por un texto que consideran perjudicial. Hasta aquí la noticia.

Lo preocupante en todo esto no es solamente que haya demasiadas salas en España (especialmente en galerías comerciales), ni el oligopolio que ejerce Hollywood amparado en la ley. Lo preocupante es el declive imparable de la práctica social de ir a ver cine en salas. Personalmente me preocupa que la solución más justa a este problema, que sería la que existe en Francia, en la que un impuesto especial grava cada entrada de cine para financiar directamente al cine francés (de manera que los grandes éxitos de taquilla estadounidenses son el primer contribuyente neto, compensando de esta forma la enorme distorsión que introduce el mercado), en España tendría el efecto perverso de acelerar el proceso de desertización de las salas (ya que un aumento del precio de la entrada disuadiría a mucha gente). El cine contemplado en sala oscura pierde fuerza e implantación, a pesar de que al estar ligado a una práctica social juvenil mantiene algunas esperanzas de supervivencia (al menos mientras no aparezca otro ritual comunitario que lo sustituya); y aunque puede que a algunos nos entristezca, forma parte de la mutación de usos y costumbres del ocio cortocircuitado por la era digital. Y contra eso, admitámoslo, no hay remedio.

Esta triste solidaridad no me impide recordar a los señores de la Federación de Cines de España (FECE) la subida encubierta del precio de la entrada de cine que se produjo de matute y sin aviso cuando en 2002 se pasó de pesetas a euros. De lo que sucede no toda la culpa es de unos legisladores miopes.
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