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domingo, 16 de septiembre de 2007

Ironías tranquilizadoras...

Resulta chocante, pero también reconfortante, comprobar lo que sucede con esto de los subtítulos: se asocian a un cierto cine no descaradamente comercial (independiente, que diría un experto) del que huyen audiencias mayoritarias; y sin embargo no suponen un obstáculo cuando se trata de acceder a las últimas temporadas de las series de televisión de moda (Prison break, Perdidos, Mujeres desesperadas, House...). Sus fieles seguidores se bajan los episodios recién emitidos en EE UU porque no pueden esperar seis meses --¿y por qué habrían de hacerlo?-- a que las televisiones locales los compren y los doblen; así que se los descargan y luego buscan los subtítulos (archivos .SRT, .SSA, .SUB) en páginas-almacén que ya se han convertido en referentes populares (opensubtitles.org, solosubtitulos.com, subdivx.com).

Conclusión: los subtítulos no hacen más espesa la película, todo depende de lo que ésta sea capaz de atraer al espectador.

Segunda conclusión: si la gente no va a las salas que proyectan exclusivamente en versión original es porque ese cine no atrae lo suficiente.

Duda que me queda: si estas salas proyectaran los ultimísimos capítulos de las series de moda ¿la gente iría a verlas al cine? Yo creo que no, pero no por una fobia especial a las salas, sino porque es imposible competir con la gratuidad y el visionado en los zulos del ocio en que se han convertido los hogares tecnificados.

Cuando se universalizó el DVD como soporte para el cine doméstico los cinéfilos, los puristas, los estudiantes de idiomas, celebraron la posibilidad de ver las películas en versión original con subtítulos (o sin, para practicar idiomas). Sin embargo eso no ha provocado que aumente el público que va a ver los estrenos más comerciales en versión original. Y es que la baja calidad de una película puede ser el más potente inhibidor de la cinefilia . La buena noticia es que los subtítulos ni quitan ni ponen afición cuando se trata de ver lo que uno quiere. La mala es que las series se han convertido en el buque insignia de las cadenas de televisión, desbancando al cine, pero las emiten tan destrozadas que la audiencia prefiere montárselo por su cuenta.
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