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domingo, 16 de marzo de 2008

¿Se puede escandalizar a base de cursilería? (Los perros dormidos mienten)

«He tenido una idea: haré un película partiendo de un suceso escandaloso que no pueda dejar indiferente al espectador. El sólo hecho de mencionarlo provocará todo tipo de reacciones extremas, aunque yo quiero que haga reir, porque voy a rodar una comedia. ¿En qué suceso podría estar basada una película así? ¡Ya lo tengo, la zoofilia! ¿Una mujer aficionada a los ásperos lametazos de su pequinés? No, el cine porno ya tiene bastante documentado el tema, aunque no haya profundizado lo suficiente sobre sus consecuencias en humanos y animales. Así que le daremos la vuelta: una universitaria que durante una aburrida tarde decide hacerle una felación a su perro. Lo hace sólo una vez, pero comete el error de confesárselo a su prometido y ya la tendremos liada. ¡Es perfecto!».

Este es el reto que se impone Los perros dormidos mienten (2006) de Bob Goldthwait. Su título original --Stay-- ofrece bastantes más pistas que el idiota título español acerca de por dónde va a transitar semejante enredo: la cursilería propia de la comedia romántica. La transgresión no es en absoluto una prioridad, y más cuando el supuesto nudo central del argumento tarda casi cuarenta minutos en aparecer. El tiempo que tarda el director en presentar unos personajes que no requerían tanto minutaje: rubita mona protagonista, novio adorable y enamorado, padres de ella extremadamente conservadores, hermano drogadicto y desestructurado y amigo del trabajo de ella con más que previsible futuro protagonismo (aunque vista calcetines blancos ¡qué horror!).

Cuando por fin el problema sale a la superficie parece que estamos en una versión más pasada de vueltas de Los padres de ella (2000), y que la unidad de espacio y tiempo dará lugar a una comedia en plan bola de nieve... Falsa impresión: el enredo se desvía hacia el esquema típico de ruptura con el novio y el descubrimiento de lo majo que es el amigo más amigo de ella (el de los calcetines blancos). La moraleja, como en todos los filme del género, es altamente conservadora: es mejor mentir un poco --que viene a ser lo mismo que no decir toda la verdad-- en las relaciones de pareja, puesto que es el lubricante que las hace funcionar. Toda la verdad y nada más que la verdad duele y puede provocar desastres.

Igual que la protagonista de la película, yo también tengo un secreto que confesar: fui a ver Los perros dormidos mienten convencido (por consejo de una amiga) de que era una comedia hilarante e irreverente, cuando en realidad es una comedia romántica que quiere transgredir a base de cursilería. Si has leído hasta aquí que no te pase como a mí: etiquetar de antemano un filme es muy útil, incluso necesario, pero una etiqueta equivocada puede defraudar incluso más que no llevar puesta ninguna al entrar en la sala. Si ves el avance --cosa que yo no hice-- no cometerás mi mismo error:

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