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martes, 27 de mayo de 2008

Crónicas desesperadas (Antes que el diablo sepa que has muerto)

Con un título basado en un brindis irlandés y un guión firmado por la desconocida Kelly Masterson, el veterano Sidney Lumet presenta Antes que el diablo sepa que has muerto (2007), que le resitúa (al menos esta temporada) en el mapa de los cineastas de moda entre el público.

No hay nada como ir al cine y disfrutar de una película que confirma punto por punto todas tus ideas sobre la narración cinematográfica. O dicho de una manera más sencilla: a todos nos encanta ir a ver exactamente nuestro tipo de filme preferido. En mi caso se trata de un guión hecho a base de de saltos en el tiempo y contado a través de los diferentes puntos de vista de los personajes. Exactamente eso y no otra cosa es Antes que el diablo sepa que has muerto. Aun así, como soy un poco repelente, debo decir que los dos primeros flashbacks no aportan nada a la historia, tan sólo completan lo que ya hemos visto en la escena inicial: un atraco frustrado con víctima mortal. Pero luego la cosa se complica no a base de violencia desenfrenada, sino de simples consecuencias de actos desesperados y egoístas: dos ambiciosos hermanos planean asaltar la joyería de sus padres para conseguir un dinero que no tienen y que necesitan (dicen ellos) para rehacer sus vidas.



Antes que el diablo sepa que has muerto no tiene un guión tan brillante como el de Sospechosos habituales (1994); ni la violencia conscientemente diferida de Reservoir dogs (1992); ni el despliegue frío y calculado de una cadena de acontecimientos de Atraco perfecto (1956), capaz de sorprender a pesar de todo al espectador en el último momento; ni el mundo salvaje y desenfrenado de los hermanos Coen. Lumet es un hombre formado en la televisión que da prioridad a la comunicación y no suele cultivar la experimentación o la virguería artística; es tan pulidito que incluso, en cada giro argumental, un rótulo explicativo ofrece al espectador las coordenadas de tiempo y punto de vista para que no se pierda. Ni Tarantino, ni Kubrick, ni los Coen se hubieran molestado en ponerlos. Lumet prefiere situarse a un lado y dejar que fluya la historia, sin excesos o defectos en lo formal o en el contenido (bueno, quizá algún detalle un poco pasado de vueltas por retorcido o exagerado, nada importante en definitiva), dosificando progresivamente la tensión y retratando de paso una parte del catálogo --habitual en el género-- de las miserias humanas.

Si después resulta que la película está estupendamente interpretada (la cara de Albert Finney da mucho miedo en la última parte de la película) pues yo creo que no se puede pedir más para recrearse en el buen cine hecho por gente experimentada (aunque sea de la vieja escuela).
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