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jueves, 22 de mayo de 2008

Vida, orden, tristeza, soledad (Mil años de oración)

La narración cinematográfica tiene una rara facilidad para desembocar en la soledad y la tristeza cuando decide ocuparse de lo cotidiano. Wayne Wang, el director de Mil años de oración (2007), debutó para el gran público con El club de la buena estrella (1993), para después descolgarse con Smoke (1995) --escrita por Paul Auster-- y su curiosa e inmediata secuela provocada no por el rendimiento en taquilla de la primera, sino para prolongar el buen rollito que se estableció durante su rodaje: Blue in the face (1995). Lo último que le recordaba era La caja china (1997), escrita por Jean-Claude Carrière (conocido por el tándem artístico que formó con Buñuel) e interpretada por el siempre buscador de retos Jeremy Irons. En Mil años de oración presenta un modelo perfecto de lo que cualquiera un poco espabilado definiría como "cine intimista", construido alrededor de dos únicos personajes --un padre y una hija que se reencuentran después de doce años (él vive en China, ella en EE UU y está divorciada)-- abocados a sumergirse (a su pesar) el uno en la vida del otro.



Probablemente Wang haya elegido contar esta historia porque está en esa edad (59) en la que el pasado ocupa más que el futuro y ha querido recrearse en una película que deje constancia del mundo chino-comunista del que huyeron sus abuelos, tal y como muy probablemente él mismo lo conoció: desde la distancia física y mental de la emigración a Hong Kong y luego a EE UU. Padre e hija en este caso no sólo representan las clásicas diferencias entre generaciones sino los radicalmente opuestos puntos de vista acerca de la vida y el amor también, todo ello narrado a través del lento pasar de los días del anciano padre en la ordenada y pulcra casa de su hija, sus paseos por el parque y las tristes cenas con su hija. Una sucesión de escenas (especialmente las cenas) que van ensanchando las grietas por donde finalmente se derrama toda la tristeza del filme.

Mil años de oración fluye con parsimonia --que no lentitud--, retratando el paso de unos días anodinos, en parte debido a los problemas con el idioma del anciano y en parte porque los personajes con los que se cruza no producen nada más allá de los encuentros entre desconocidos que no encuentran ningún asidero para comunicarse. El enfrentamiento entre padre e hija --una escena muy contenida que aun así recuerda un poco a Tennessee Williams-- en el último tercio de película desvela al público las razones de ambos para ocultar lo que ocultaban en los dos primeros. Después de la catarsis la trama se disuelve por el simple transcurso del tiempo, dejando el conflicto apenas planteado, sin indicios que auguren una resolución, un acercamiento o un cambio de actitudes, de forma muy parecida a como de hecho sucede en la vida real. Quizá sea esa su mejor virtud: no pretende levantar una historia que deba convertirse en un itinerario moral (algo casi obligatorio en el cine estadounidense), sino un pedazo de existencia humana captado con tanto cuidado como indiferencia.
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