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martes, 12 de agosto de 2008

Optimismo sin complejos (Peregrinos)

Peregrinos (2005) de Coline Serreau es una película que se permite hablar del mundo actual dando por supuesto que las personas reaccionarán escogiendo el bien por muy adversas que sean las circunstancias. En este sentido, el filme es un auténtico chute de energía vital que te deja una sonrisa igual que si hubieras dormido con una percha en la boca. Lo cual resulta curioso porque Serreau --directora y guionista-- ha exhibido hasta ahora una obra cinematográfica muy marcada por el desencanto y el pesimismo en sus retratos de la sociedad que le ha tocado vivir: ¿Por qué no? (1977), Mamá, hay un hombre blanco en tu cama (1988), y especialmente La crisis (1992) y Caos (2001). Aun así, en cuanto mencione que dirigió Tres solteros y un biberón (1985) --de la que rodó hace nada una secuela, Tres solteros y un biberón. 18 años después (2003)-- la mayoría la ubicará adecuadamente.



La película cuenta el viaje a pie de una especie de moderna Comunidad del Anillo (pues la componen nueve personas, como en la famosa trilogía) hasta Santiago de Compostela: tres hermanos que se odian a muerte pero que si no hacen el camino juntos no cobrarán una millonaria herencia, una mujer recién salida de una experiencia traumática, dos jovencitas a las que se les unen un compañero de clase de origen magrebí enamorado de una de ellas y su ingenuo y disléxico primo --de largo el mejor personaje del grupo-- y un guía que es la encarnación de la bondad, la paciencia y la lucidez. Un auténtico microcosmos social en el que todos se verán obligados a interactuar a su pesar, superando prejuicios racistas, religiosos, ideológicos y/o puramente personales, recuperando gracias al viaje --que es lo que se espera en este tipo de cine-- lo mejor de sí mismos. Me juego el verano a que Serreau hizo este mismo viaje y de ahí surgió la idea del guión.

Lo bueno que tienen los filmes que son un itinerario físico es que el argumento, la sucesión de los acontecimientos y la evolución de los personajes se acoplan con naturalidad al desplazamiento geográfico; y para el espectador, además, tienen la indudable ventaja de resultar cómodos de ver. En este caso los protagonistas se ven ayudados por paisajes increíbles --al principio invisibles de tan metidos que están en sus problemas--, el descubrimiento de un mundo olvidado (el rural), hecho con otra medida del tiempo, y las relaciones que se establecen entre desconocidos, aunque sólo sea debido a una proximidad no buscada. No faltan los momentos tristes --atentos a la escena en la playa de Fisterra y a la forma en que está filmada-- divertidos y conmovedores --la maestra amargada y el ingenuo disléxico--, así como una serie de secuencias oníricas --en las que cada personaje revela sus obsesiones-- puntuando los descansos en los albergues. Como es obvio, todos los protagonistas salen modificados de la experiencia, con una renovada confianza en las relaciones humanas, y el espectador con una sensación de extraño bienestar, a pesar de que intuye que el retrato es excesivamente idílico y la carga crítica demasiado anclada en lugares comunes. Aun así, estoy convencido de que un segundo visionado no me dejará tan buen sabor de boca, pero tampoco la impresión de que es un filme aburrido.



Y termino con dos apuntes que no quiero dejarme en el teclado: el primero que el cine francés me gusta cada día más, por su optimismo --en la sala vi el avance de Un verano en la Provenza (2007) de Eric Guirado y ya tengo ganas de verla-- sin renunciar a la crítica, a la carga ideológica sin equidistancia políticamente correcta, al drama incómodo, a la garrulada comercial o al experimento pedante y arriesgado (que de todo tiene que haber); un cine en las antípodas del triángulo en el que se encuentra encerrado el español desde hace una década: el humor castizo y coral (pésima imitación de Berlanga) lleno de actores televisivos (que sirvan de dudoso tirón para la taquilla), argumentos falsamente progres e innovadores desde el punto de vista formal, y productos hechos con el ojo puesto en una distribución hollywoodesca. El segundo tiene que ver con la parte rodada en España de Peregrinos: mientras el grupo se mueve por tierras francesas hay escenas ambientadas en los albergues, donde aparecen personajes secundarios y se puede deducir un retrato del mundo rural; en cuanto cruzan Roncesvalles el viaje se acelera y el entorno se convierte en un simple decorado en el que transcurre la acción. El hecho de que no haya una sola frase en español en el guión ni actores españoles en el reparto transmite la sensación de un rodaje hecho de puntillas, en un entorno hostil que, en el mejor de los casos, despierta escaso interés. Curioso.
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