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martes, 23 de diciembre de 2008

El Dr. Hope y Mr. Bergman (Conversaciones con Woody Allen)

He tardado mucho en leer las Conversaciones con Woody Allen de Eric Lax, pero ha valido la pena conocer a fondo al que considero uno de los cineastas vivos más importantes que nos quedan. Eso no quiere decir que los cineastas realmente importantes se estén extinguiendo, sino que todavía aún no se han revelado otros más jóvenes que merezcan semejante etiqueta.

El libro es el resultado de una serie de entrevistas que el autor mantuvo con el director en 1973, 1988, 1989, 2005 y 2006, y en las que repasa multitud de aspectos sobre su forma de trabajar, valoraciones sobre el cine, sus propias películas, sus ídolos, sus comienzos... Después, Lax --para que se note su trabajo-- ha reorganizado temáticamente las entrevistas, adaptándolas al proceso de creación de un filme (la idea, el guión, el rodaje, la música...) para terminar con una valoración general de su oficio como cineasta y su filmografía, y también de sus inicios teatrales. Francamente, esperaba un testamento artístico al estilo de El cine según Hitchcock de Truffaut, pero Allen no tiene tanto sentido de la inmortalidad ni es tan sistemático como «el gordo».

Una vez superada esa decepción menor, uno empieza a disfrutar con los entresijos de una carrera que, ciertamente, permanece oculta para los seguidores de Allen debido a su personalidad introvertida: en las entrevistas accedemos de la mano de Lax a las diferentes fases de producción de los filmes en los que Allen se encontraba inmerso en aquellos momentos, especialmente Otra mujer (1988), las secuelas del exitazo mundial que supuso Match point (2006) y El dormilón (1973), incluyendo numerosas anécdotas, datos desconocidos y opiniones varias sobre el oficio de cineasta. Y de paso nos enteramos de que sus tres películas preferidas son La rosa púrpura de El Cairo (1985), Maridos y mujeres (1992) y Match point, a la que considera una obra casi perfecta, quizá porque es su película dramática con mayor repercusión entre el público (incluso aquellos que no son sus rendidos seguidores); o que el descuidado montaje de Maridos y mujeres --que tanta admiración despertó-- fue una decisión improvisada fruto, al parecer, de un estado de ánimo muy especial de Allen.

Lo que sí sorprende es que aquello que críticos, expertos y fans de Allen consideramos su «genio» artístico en realidad --según se encarga de repetir él mismo una y otra vez-- consiste en su capacidad innata para inventar argumentos, unida a una forma de trabajar muy poco sistemática (increíblemente adaptable a toda circunstancia y presupuesto) y unas importantes dosis de pereza. En realidad Allen trabaja como lo que siempre quiso ser, un escritor que necesita tener las escenas rodadas para darse cuenta --durante el montaje-- del material que tiene entre manos: el tono, el estilo, el ritmo, las lagunas y las reiteraciones, detalles que por lo visto sólo se le aparecen claramente cuando ve las escenas una detrás de otra. De modo que algunos (no todos) de los hallazgos de sus filmes son consecuencia de la casualidad, la inspiración, sabios consejos de su equipo de colaboradores o imponderables externos. Mencionaré los que más me han llamado la atención: Ralph Rosenblum le hizo ver que poner música de fondo y estructurar los gags dentro de una supuesta entrevista mejoraba mucho su primer filme, razón por la que se convirtió en el montador de sus películas hasta 1978; la escena final de Delitos y faltas (1989) estaba previsto que fuera interpretada por los dos hermanos protagonistas (Martin Landau y Sam Waterston), pero como el segundo estaba en un rodaje en Rusia tuvo que interpretarla Allen (cuando su papel en el filme era de mero contrapunto cómico); Vanessa Redgrave aparecía en una versión inicial de Celebrity (1998) pero el montaje final hizo desaparecer su personaje, y lo mismo sucedió con Sean Young en Maridos y mujeres. Suele afirmarse que sólo se rueda un 10% de los filmes que se escriben, pero se olvida mencionar que el argumento definitivo de los que se estrenan deja fuera el 90% de lo previsto inicialmente. El cine realmente existente es tan sólo la punta de un enorme iceberg oculto bajo las aguas.

Lo peor del libro sin duda es la reiteración con que aparecen determinadas afirmaciones y conceptos, los cuales el autor ha preferido mantener; y lo mejor la lucidez y la capacidad de síntesis de Allen para explicar o valorar detalles de sus películas o sus impresiones acerca de otros artistas. Precisamente a los que más admira son dos personalidades opuestas: Bob Hope e Ingmar Bergman y, como él mismo admite, de esa mezcla tan dispar ha surgido inevitablemente una personalidad artística (la suya) única, nueva e irrepetible. Y como es lógico, le encanta el cine clásico, especialmente el musical: Cita en San Louis (1944) o My fair lady (1964); y prefiere, por encima del hermetismo de Bergman, un cine directo y sencillo que hable de personas cotidianas enfrentadas a problemas domésticos.

Respecto a su evolución como cineasta, quizá fuera el fracaso estrepitoso de Interiores (1978) --curiosamente después de ganar el Oscar en las categorías más importantes con Annie Hall (1977)-- lo que le hizo comprender que semejante tratamiento del drama (que tanto admiraba en Bergman) no gustaba al público, con el agravante de que sus anteriores filmes fueran comedias desternillantes. Fue un intento de giro hacia la seriedad que, ya fuera porque esperaran de él otra cosa o porque los temas y el tratamiento no fueran los adecuados, el caso es que se apartó del drama tal y como le hubiera gustado hacerlo. Aunque esa decisión no impidió que volviera a intentarlo en otras ocasiones por la vía de lo que él mismo denomina «dramas poéticos»: Hannah y sus hermanas (1986), Otra mujer (1988) o Alice (1990), y que culminó magistralmente en Match point. Desde entonces, los temas y los géneros han perdido toda relevancia para explicar la filmografía de Woody Allen, puesto que hace tiempo que únicamente le interesa dar con una idea que sirva para hacer una película, sea del tipo que sea.
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