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jueves, 16 de octubre de 2008

Apuntes de buen cine (Cuatro vidas)

Jieho Lee estudió Humanidades en la Wesleyan University y se licenció con doble especialidad (cine y literatura). Después, por imperativo paterno, cursó un posgrado sobre Administración de empresas en la Harvard Business School. Sólo entonces pudo dedicarse a lo que le gustaba en el mundo de la publicidad y de la televisión. Digo todo esto para dejar claro que este hombre no es el típico caso de cinefilia y dotes instintivas para la narración al estilo --por poner un ejemplo canónico y bien conocido-- de Quentin Tarantino y el famoso videoclub, sino de alguien que llega al audiovisual por elección y convicción propia (aunque sus padres no lo vieran nada claro y le hicieran estudiar algo que, según ellos, sí era de provecho). Igual que hubo una Generación de la televisión pronto dará que hablar la Generación de la MTV.

Cuatro vidas (2008) supone el debut de Lee en el largometraje y por tanto hay que destacar varias cosas: en primer lugar su experiencia previa en otros formatos (televisión, video, publicidad) se detecta desde el minuto cero gracias a sus montajes acelerados y la predilección por el desorden temporal (al fin y al cabo su creatividad está casi intacta y llena de ideas, tendencias e influencias); en segundo lugar una narración no-lineal y compleja en la que predomina el deseo de experimentar y de obligar al espectador a estar atento. Hasta aquí todo muy bien.



El argumento gira en torno a cuatro personajes --Felicidad, Placer, Tristeza y Amor-- que representan las cuatro emociones de la vida según un proverbio oriental, cuyas vidas entran en contacto de forma inesperada y nunca gratuita, formando un mosaico poliédrico que habla de la fragilidad de la vida, de sus vueltas inesperadas y, por supuesto, de cómo situaciones y sentimientos extremos la modifican para bien o para mal. Si a esto le unimos un reparto bastante completo --el atormentado Kevin Bacon, Forest Whitaker, Sarah Michelle Gellar (más conocida como Buffy la Cazavampiros), Andy García y la vaporosa Julie Delphy-- en el que todos tienen ocasiones para el lucimiento, pues la cosa promete un buen rato de entretenimiento aderezado con experimentación narrativa.

No te equivocas: tal y como sugiere la última frase del párrafo anterior, hay un problema. Resulta que las costuras que deben unir las cuatro historias, los engranajes argumentales y las motivaciones son demasiado leves, y lo que es peor: francamente previsibles (sobre todo el último episodio, cogido casi con pinzas). Los personajes principales apenas sobrepasan el esbozo de un argumento de cómic (mafiosos, estrellas del pop, secundarios-satétile puramente funcionales); se nota que Lee tiene muchas cosas que decir, pero todavía debe pulir sus temas, y sobre todo adaptarlos a su estilo narrativo, ciertamente consolidado gracias a sus trabajos publicitarios y televisivos.

Otro de los problemas que le veo a Cuatro vidas, aunque no tiene nada que ver con lo anterior, es que han confiado uno de los papeles protagonistas a Brendan Fraser (actor inexpresivo donde los haya que no soporto). A pesar de eso, no permitas que --como a mí-- esta manía personal rebaje aún más tu impresión final de la película.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Ecología inversa (Un tipo genial)

Esta es una película ecologista en la que los efectos no son consecuencia de las causas habituales, uno de esos filmes menores en los que todos los acontecimientos del guión están delicadamente entrelazados, despidiendo un encanto cotidiano que resulta nuevo sin dejar de parecer algo artificial, fruto de una necesidad argumental. A pesar de todas estas virtudes no ha conseguido hacerse un hueco en ninguna antología de películas que se precie. Además, el hecho de que su director --Bill Forsyth-- se haya diluido con la misma facilidad (no hay nada más destacable en su filmografía) que su obra permite intuir que nos hallamos (una vez más) ante una de esas "pequeñas joyas" que todos guardamos en nuestra filmoteca (senti)mental. Eso implica que los detalles en los que estoy a punto de recrearme lo son todo para mí y nada para los demás.

Un tipo genial describe, en situaciones en las que parece muy necesaria una activa militancia conservacionista, y en aparente ausencia de motivaciones directas y explícitas, cómo la suma de los egoísmos parciales produce el efecto más improbable y, sin embargo, más deseable desde el punto de vista ecológico. Su protagonista es Mac, el típico comercial tecnócrata de una multinacional tejana del petróleo (la Knox Oil), al que envían a un minúsculo pueblo de Escocia con el objetivo de cerrar una gigantesca operación de compra de terrenos. Por lo visto en aquel lugar hay una bahía que reúne las condiciones óptimas para albergar una gigantesca refinería capaz de procesar todo el crudo del Atlántico Norte. A Mac su designación no le hace ninguna gracia, pues no se considera el hombre adecuado para semejante proyecto; él prefiere cerrar sus acuerdos mediante teléfonos y faxes en lugar de tratar cara a cara; sin embargo, Mac es el elegido porque creen que sus (falsos) ancestros escoceses resultarán una ventaja competitiva durante la negociación. Al menos esto es lo que cree el señor Happer (Burt Lancaster), el presidente de la Knox Oil, un anciano solitario y solterón, cuya verdadera afición es la astronomía (posee un increíble planetario en su despacho). A su edad el trabajo ya no le importa demasiado, pues tiene debajo una legión de ejecutivos que se ocupa de administrar sus negocios. Antes de partir, Happer ofrece unos consejos a Mac, pero no sobre la forma de abordar una operación tan delicada, sino sobre cómo observar el cielo ya que, en aquellas latitudes, por lo visto es espectacularmente inesperado.



A Mac se le une Danny, un políglota de aspecto y carácter aniñados, miembro de la delegación escocesa de la Knox, para ayudarle en su labor sobre el terreno, y (sin él saberlo) Marina, una escultural bióloga que aparece y desaparece por la playa como una sirena. La última parte de su viaje en coche hasta el pueblo tiene todos los elementos del rito de paso: durante el trayecto Mac y Danny apenas hablan, aparte de no tener nada en común tampoco tienen gran cosa que decirse, excepto determinados tópicos conversacionales entre desconocidos masculinos (sexo y sexo). Entonces atropellan a un conejo (al que deciden adoptar aunque tenga una pata rota), lo que les obliga a detenerse, y para cuando deciden reemprender la marcha la niebla es tan espesa se resignan a pasar la noche en el coche (parado en medio de la calzada, ni siquiera ven necesario apartarlo). El día siguiente amanece completamente despejado, lo que les permite descubrir un paisaje nuevo e increíble; a partir de ese instante es como si hubieran dejado atrás su inútil modo de vida corporativo, lleno de detalles que allí no tienen la menor importancia. Los restos de sus antiguas personalidades urbanitas se irán perdiendo poco a poco con el paso indolente de los días.

Y es que, en contra de lo esperado, la negociación no presenta ninguna dificultad: todos en el pueblo quieren vender y la Knox quiere comprar, así que todo se reduce a una silenciosa batalla por ver quien verbaliza primero una cifra a partir de la cual negociar. Mac sabe que el dinero no será un problema, así que no se preocupa lo más mínimo; lo más curioso --y aquí es donde Un tipo genial le da la vuelta a todos los argumentos del estilo "salvemos la bahía y bla, bla, bla..."-- es que ningún habitante del pueblo piensa mover un dedo para evitar que toda la zona se convierta en una refinería, que se arruine la playa, la fauna desaparezca o la contaminación se convierta en el nuevo paisaje... Todo eso les importa un bledo, únicamente piensan en lo que harán con el dinero, en cómo esa fortuna sobrevenida les permitirá comprar el derecho a empezar una nueva vida. Eso no impide que esos mismos habitantes estén encarnados por una galería de arquetipos cinematográficos entrañables, de los que suele echar mano el cine cuando decide cantar las bondades de las pequeñas comunidades rurales. No falta ni uno (quizá únicamente el maestro): el contable-dueño del hotel-chófer-barman-encargado de negociar la compraventa (Urquhart), la punkie inofensiva, el motorista zumbado, el anciano pintor de barcas, el pesao bienintencionado, el bebé que nadie sabe de quién es pero todos crían, el marinero ruso que cada tanto recala en el puerto y está liado con la telefonista-tendera.. Lo único que están deseando saber es cuánto, cuándo y cómo. A la bahía y al entorno que les den.

El mundo empresarial no combina bien con el cine, a no ser para ilustrar despiadadas y archisabidas luchas por el poder al más alto nivel; las relaciones laborales y los conflictos sindicales dan poco juego en la ficción y además provocan cierto rechazo inicial porque pensamos que producirán filmes de una militancia trasnochada y caduca (todavía hay mucho que avanzar en este terreno). Un tipo genial sortea ambos escollos con la excusa del viaje a Escocia: una vez fuera del contexto oficinil, en compañía de Danny, Mac se verá inconsciente y progresivamente despojado de todas las rutinas que le convertían en un tecnócrata. Primero el reloj (que le avisa cada tanto de las horas de reunión en Houston), que olvida en el agua tras una tarde en la playa; luego le da por recoger conchas por la arena, después cambia su acartonado traje --que abandona en la habitación del hotel-- por un pantalón y un jersey más deportivos, más tarde se deja crecer la barba... Y así hasta que olvida el propósito inicial de su viaje y se dedica a dejar pasar los días, a observar el cielo --como le recomendó Happer-- sin saber bien qué es lo que busca, y a encariñarse de las personas que le rodean (especialmente de Stella, la mujer de Urquhart). Y aunque la película deja muy claro cómo se produce esa transformación, nada indica que Mac sea consciente de los cambios; ni siquiera verbaliza su sorpresa, o los motivos que le llevan a experimentarlos, simplemente se adapta y se acostumbra a un estilo de vida que desconocía y que le resulta agradable. Otro de los aciertos del filme es que, una vez retiradas todas esas capas de sociabilidad impuesta, no aparece el típico hombre con un sueño de juventud aparcado, ni el sentimental reprimido que redescubre el valor de las cosas sencillas; nada de eso: Mac es un tipo corriente, no especialmente hablador ni perspicaz (quizá eso le haga parecer genial), simplemente intuye que el cambio le sentará bien y se adapta a él como se adaptó a su trabajo en Houston. Mac es un superviviente al que, como todo el mundo, si le dejan escoger, prefiere una vida tranquila. Todas estas cosas las expresa la película a base de escenas muy bien planificadas, sin necesidad de entrar en diálogos obvios, y demuestra hasta qué punto nos hemos obligado a encajar en un entorno artifical (el urbano) por el cual --a pesar de sus indudables ventajas-- hemos pagado un alto precio.

Sin que veamos cómo, Urquhart y Mac alcanzan un acuerdo y los flecos se van cortando; así que llega el momento de celebrarlo. Se organiza una fiesta en el pueblo en la que todos felicitan a Mac porque es "un tipo genial" (al fin y al cabo les ha convertido en millonarios), donde finalmente Mac revela --gracias al alcohol-- sus sentimientos hacia Stella (aunque se los confiesa a su marido). Justo cuando comenzaba a sentirse a gusto llega, cierra el trato, y lo echa todo a perder. De pronto, una aurora boreal provoca que llame entusiasmado a Happer, el cual (poco después) decide presentarse allí de improviso, movido --igual que Mac-- por un indescriptible deseo personal, y no porque al final se descubra que uno de los habitantes del pueblo, Ben, que vive en una cabaña en la playa, sea el único propietario que se niega a vender.

La escena final de esta película es, al menos para mí, la expresión cinematográfica definitiva de la nostalgia, pues reúne en ella una conjunción perfecta de elementos argumentales y cinematográficos, y además su director los maneja y los potencia de tal manera que prácticamente roza la perfección. No se trata de un final sensiblero y lacrimógeno, todo lo contrario, está narrado con una contención muy verosímil, lo cual hace que cada vez que la vuelvo a ver me resulte aún más conmovedora. Cuando Happer aterriza con su helicóptero en el pueblo todos dan por supuesto que viene a negociar con Ben, y como él tampoco lo desmiente pues se pone a ello, así que se encierra con Ben en su cabaña para hablar. Se oyen risas, piden comida y bebida, mientras todo el pueblo espera fuera, expectante ante la incertidumbre de ver confirmados o definitivamente esfumados sus sueños. Por fin Happer sale de la cabaña, todos se le acercan para conocer el resultado. Efectivamente, han llegado a un acuerdo: van a construir un complejo astronómico, pues el cielo --como todo el mundo sabe a estas alturas-- es espectacular en esa zona. En ese momento --consciente de que es el único de que dispondrá-- Danny aprovecha para colar todas las ideas que Marina (durante sus encuentros en la playa) le ha sugerido: sería mejor un instituto que llevara su nombre (Happer), dedicado también a la investigación biomarina. Happer queda encantado con la idea, de manera que así se hará; porque, afortunadamente para la bahía, él es el único con poder suficiente para detener toda la operación. Cuántas veces hemos asistido en nuestro trabajo a escenas similares: sugerencias --inconvenientes o acertadas, tanto da-- son aceptadas por los jefazos de turno porque se hacen en el instante oportuno, durante esos segundos de silencio que se abren tras la formulación de un problema sin que todavía nadie sepa exactamente su solución.



Danny, a partir de ese instante, sustituye a Mac como "hombre sobre el terreno" y se convierte en el asesor personal de Happer. Entonces éste se vuelve a Mac y le ordena que regrese a Houston para informar de las novedades en el proyecto. Happer --y esto es lo que me parece más conmovedor-- no es ni remotamente consciente de lo que esas palabras suponen para Mac; se trata simplemente de una de tantas órdenes que Happer está acostumbrado a dar, y Mac, en cambio, siente que (ahora sí) necesita tiempo para alejarse de todo aquello. Se da cuenta de que no se había dado cuenta de que todo aquello tendría un final. Y de remate, un detalle que aporta la dosis justa de realidad y hace creíble tanta nostalgia: Happer recomienda a Mac que se afeite (que se vuelva a poner la primera capa de su antigua personalidad urbanita) y que salga inmediatamente en su helicóptero. Sólo tiene tiempo de liquidar la cuenta del hotel con Urquhart (el cual no piensa cobrar el cheque que le ofrece) y salir sin poder decir ni media palabra de despedida al resto del pueblo. Mac camina por la playa hacia el helicóptero que le llevará a Edimburgo, con su traje y el acartonado aspecto del primer día, mientras los habitantes del pueblo, aún sin comprender lo sucedido, le observan en silencio; cuando está a punto de despegar, el pesao bienintencionado se acerca para pedirle un autógrafo. En esos momentos la banda sonora de Mark Knopfler --uno de los elementos de la película que potencia las sensaciones del espectador-- resulta especialmente triste y evocadora; puede que no importe qué planos haya escogido el director para ilustrar la desolación interna de Mac: para mí, no sé por qué, esa combinación de música e imágenes (especialmente la panorámica en que el helicóptero abandona la playa) se ha convertido en mi ilustración mental e insuperable de la nostalgia.

Calabuch es el el primer título que me viene a la mente cuando trato de pensar en filmes semejantes a Un tipo genial: pequeña comunidad urbana, personajes entrañables, objetivo de lucha común, consenso unánime e improvisado ante las dificultades, descubrimiento del valor de la solidaridad, resolución de conflictos y enfrentamientos internos, final feliz... Aparte de las que cada cual guarda en su filmoteca íntima, hay muchas películas que transpiran buen rollo por consenso intersubjetivo: Vive como quieras de Frank Capra es un filme emblemático en el cine estadounidense (mucho más que ¡Qué bello es vivir!, frecuentemente homenajeado y por tanto más citado entre los expertos), el cual, independientemente del hecho de que la vi por primera vez cuando era un crío, me permitió descubrir que ahí afuera había gente que se conformaba --tal y como yo pensaba ingenuamente que debía ser-- con una vida sencilla en la que la ayuda desinteresada al prójimo y la generosidad se ofrecían sin esperar nada a cambio, únicamente con el deseo de prolongar un bienestar espiritual hecho a base de sinceridad. Un planteamiento que, visto desde la perspectiva actual, lo admito, roza la ciencia ficción. Hoy me cuesta creer que fuera verbalizada y puesta en imágenes una historia que parece la fantasía de un hombre-niño, al estilo de El principito (1943), en ocasiones condenadas a no existir por simple pudor. El buen rollo contemporáneo, por fortuna, adquiere formas más complejas sin perder encanto: ¿A quién ama Gilbert Grape?, donde la tristeza se convierte en admiración ante el retrato de la complicada existencia del protagonista (Johnny Deep), un cúmulo de circunstancias adversas frente a las que Gilbert, sin embargo, trata de hacer frente con coherencia, humildad y un poco de comprensible ira. También destaco Charlie y la fábrica de chocolate de Tim Burton, una deliciosa fábula acerca de los males que acortan o matan la infancia antes de tiempo (casi siempre con la nefasta complicidad de los adultos), la importancia de mantener la integridad y la necesidad de reconciliarse con el pasado. Por último, no es necesario abandonar el género infantil para toparse de bruces con la película más tierna y sensible hecha para niños de toda edad: Mi vecino Totoro de Hayao Miyazaki. Si te deja indiferente es que estás muerto por dentro.

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