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jueves, 1 de enero de 2009

La narración, como las citas, sigue siendo un arte (Buscando un beso a medianoche)

Hace tiempo que no lo hacía: entrar en el cine cuando cinco minutos antes no lo tenía pensado en absoluto. Pasé por delante del Verdi, eché un vistazo a los programas de mano y a la segunda di con Buscando un beso a medianoche (2007) de Alex Holdridge. Diez minutos después estaba sentado en la butaca esperando a que empezaran los avances.

Holdridge ha hecho una película en la que convergen numerosos detalles que la hacen atractiva: rodada en blanco y negro, retratando la cara más desconocida de una ciudad tan cosmopolita como Los Angeles (no recuerdo ningún otro filme en el que aparezca el metro de la ciudad) con vagas reminiscencias a Manhattan (1979) de Woody Allen; un rodaje bajo mínimos en cuanto a presupuesto, reparto y localizaciones (el apartamento donde vive el protagonista es el de Holdridge); grandes dosis de naturalidad, desparpajo y crónica actual de la juventud... Factores que suelen dar como resultado un filme fresco y dinámico, o como dicen los profesionales: «indie».



La película cuenta una primera cita --concertada por Internet, como es lógico-- entre dos desconocidos (Wilson y Vivian) durante las últimas catorce horas del año, y en la que, a lo largo de la tarde y la noche, atraviesan numerosas fases: nerviosismo, desconfianza, momentos mágicos, confidencias, desencuentros; todo ello intercalado con aventuras improbables pero verosímiles, la mayoría repletas de humor y breves interludios románticos apenas esbozados, sin caer en lo pasteloso. Yo me quedo con la escena del restaurante italiano y la siguiente, en la que el diálogo entre atrevido y sugerente está claramente inspirado por el mareíto provocado por el vino de la cena, tal como nos ha sucedido a todos innumerables veces. Buscando un beso a medianoche tiene mucho de documental, pero también de crónica urbana, de material de ficción apenas modificado que produce un cine natural en el que casi podemos rozar la vida de sus personajes.

Y aunque la idea argumental no es nueva está bien contada: diálogos imaginativos y chispeantes, ritmo narrativo e intercalación de escenas bien dosificados, arranque trasgresor y empático, personajes bien definidos, sencillos y atractivos, anécdotas verosímiles y graciosas, humor verbal de calidad, ausencia de tiempos muertos... Todo lo que se puede pedir para pasar un buen rato y tener después unos cuantos temas sobre los que reflexionar (las mutaciones que experimentan las relaciones entre hombres y mujeres, las dificultades para abrirse a desconocidos, la aleatoriedad de los contactos, la necesidad de compañía, la insoportable presión por estar a la altura en cada momento). Eso sí, no quiero dejar de mencionar dos lunares entre tanta perfección: el desafortunado título y el inesperado giro dramático casi en el último minuto, ciertamente prescindible porque el final del filme funcionaría igual sin él. Tal y como está es el que encaja mejor con el estilo y el tono de la historia.

El instinto masculino nos dice que, por mucho que las mujeres demanden naturalidad en un primer encuentro (que no importa como seas siempre que te muestres tal como eres, que el interior es lo que cuenta, bla, bla, bla...), en el fondo esperan una serie de mínimos sociales y sentimentales que debemos respetar si queremos tener opción a una segunda cita: el tema sexual no se puede tocar de forma cruda y abierta; es necesario hacerlas sentirse únicas, rodearlas de un ambiente agradable, ofrecerles sinceridad (aunque sea calculada y nosotros lo neguemos en voz alta). En definitiva, un arte que hay que cultivar y practicar con esmero, igual que la narración cinematográfica: no se puede hacer una película con materiales 100% cotidianos, hay que introducir novedad, humor, un poco de intriga, sensibilidad, una pizca de tristeza y un leve enigma que desvelar al final. Paradójicamente, todo eso tiene que estar planificado, dosificado y ordenado previamente de forma artificial para que parezca natural. Si el resultado es demasiado real resulta aburrido, si es demasiado artificial parece irreal. Se trata de un principio aún vigente para las citas, por mucha desinhibición y derrumbe de roles y tabúes que haya: hay que cuidar las formas y seguir un protocolo implícito durante los primeros encuentros con desconocidos/as. Y lo mismo vale para el cine (y Buscando un beso a medianoche es un muy buen ejemplo de ello): la narración es el arte de contar una historia (Bordwell dixit).

La única incógnita que me queda es saber si con materiales no tan directamente generacionales, ni relacionados con su inmediato pasado o presente Holdridge sabrá hacer el mismo buen cine conseguido con esta película. Las reacciones positivas que provocaron sus dos primeros filmes --Wrong numbers (2001) y Sexless (2003)-- llevan a pensar que sí. Aun así, esperaré a la siguiente para afirmar que es una joven promesa a tener en cuenta.
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