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lunes, 9 de febrero de 2009

¿Partida nueva o cambio de reglas en pleno partido?

El cine de Hollywood hace un nuevo intento de (a)salto hacia un cambio de formato en el consumo cinematográfico: las salas digitales, en este caso preparadas para la proyección tridimensional. El auge de la televisión --allá por los años cincuenta del siglo XX-- hizo creer a más de uno que el cine estaba a punto de desaparecer. Igual que entonces, los agoreros apocalípticos de turno profetizan que la piratería acabará --sesenta años después-- con las salas de cine, con el cine mismo incluso. Así que se trata de encontrar nuevos dispositivos y formas de distribución que impidan el disfrute doméstico de los filmes. El momento tecnológico es ideal para este cometido, por lo que el objetivo es, nuevamente, ponerle al espectador las gafas 3D, obligarle a salir de su zulo de ocio y a pagar una entrada más cara en taquilla. Porque claro, para justificar el aumento de precio tienen que montar una parafernalia acorde: mayor calidad de imagen y sonido, espectacularidad, comodidad...

Hay dos problemas en este tinglado: el primero que requiere digitalizar las salas existentes, algo por lo que no están los propietarios a pesar de que ya existe una tecnología preparada. Los actuales cines 3D no son suficientes para absorber la previsible oferta de títulos en este formato (especialmente los dibujos animados y el género con muchos efectos), así que hay que convencer a los exhibidores de que hagan las reformas, después suban el precio y finalmente obtengan mayores ingresos.

El segundo problema se plantea justo en ese instante: ¿todo el cine que se rueda en el mundo justifica su conversión de dos a tres dimensiones? ¿Acaso, a excepción de los dos géneros mencionados, tiene sentido que Woody Allen, las productoras independientes o las cinematografías emergentes rueden en 3D? ¿Todos los argumentos se ven potenciados con este formato? Pues mire usted, a todas estas cuestiones debo responder que no. Eso significa que habrá salas a las que les compense seguir en la bidimensionalidad, proyectando las películas de siempre, y dejar que los taquillazos se vayan a las nuevas y modernizadas salas.

El prometido cambio de formato, de negocio y de ingresos, una vez descontado el IVA, implica que un cierto tipo de cine-espectáculo (el que mayoritariamente rueda Hollywood) podrá consolidar su cambio a 3D, de modo que tenga sentido el cambio de reglas que imponen, así como las nuevas pautas de consumo. Junto a los dinosaurios, los conciertos de Hannah Montana o los documentales sobre tiburones ahora podremos elegir la esperada trilogía de Tintín (2011) de Steven Spielberg/Peter Jackson o los estrenos animados de Dreamworks y Disney, que son las que han apostado más fuerte por el nuevo sistema. Para todo lo demás, el cine de siempre en las salas de siempre hasta que ni eso compense, y entonces todo ese cine independiente, a contracorriente, de nuevos cineastas o hecho sin medios ni presupuesto, se estrenará directamente en los videoclubes; ni siquiera eso, en los canales digitales de pago. Cuando llegue ese momento la producción cinematográfica será como la editorial: unos pocos best sellers/taquillazos se venderán en todas partes, mientras que el resto de títulos estará disponible en las videotecas especializadas, al alcance de los pocos raros a los que no nos seduce únicamente la espectacularidad.

Me siento, por generación y convicciones, a punto de ser arrinconado en la reserva cinéfila.
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