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martes, 11 de agosto de 2009

Rozando la vida (Vacaciones de ferragosto)

Me gustan las películas rodadas durante el verano en grandes ciudades; son como historias ambientadas en tiempos especiales y fugaces que afloran porque no hay gente llenando las calles. En estas películas, los espacios urbanos habitualmente acostumbrados al bullicio sugieren extrañas --y, en general, inútiles-- reflexiones, pero invitan a quien se ha quedado sin vacaciones --casi siempre el narrador-- a hacer balance o revolver el trastero de la mente. Estoy convencido de que el tema daría para un ciclo interesante: lo titularía Ciudades en verano, y de momento ya tengo claro que incluiría Caro diario (1994) el filme de Nanni Moretti que cada año que pasa acumula más carga mítica, Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) de Pedro Almodóvar, Abre los ojos (1997) de Alejandro Amenábar, Vicky Cristina Barcelona (2008) de Woody Allen y, desde hoy, Vacaciones de ferragosto (2008) de Gianni di Gregorio. Por supuesto, el ciclo se proyectaría al aire libre durante las noches estivales de una desierta gran ciudad (como las antiguas sesiones de las piscinas Picornell, un clásico del verano barcelonés que ahora se puede disfrutar en la Sala Montjuïc).



La película cuenta --en apenas 77 minutos-- la historia de Gianni, un madurito tiradete y un tanto alcoholizado que vive con su madre medio ahogado en deudas en el barrio romano del Trastevere, y cuando llega ferragosto --la antigua fiesta romana de la diosa Diana que la iglesia católica convirtió en la asunción de la virgen-- y la ciudad se llena de calor y se vacía de gente, Gianni se encuentra a cargo de otras tres ancianitas de quienes sus hijos se han deshecho temporalmente por diferentes motivos.

Una sola trama, apenas planos que se recreen en el vacío de la ciudad y sirvan de contrapunto a la extraña soledad de Gianni, personajes que prácticamente no evolucionan. La sucesión de escenas no está narrativamente dosificada, no hay momentos reveladores, ni hitos intermedios, nada... Sólo acontecimientos tan cotidianos como preparar camas, organizar la convivencia, salir a comprar o hacer la comida. Cuando la ficción queda reducida a este nivel mínimo solemos elogiarla diciendo que la película se acerca al documental; yo creo que cuando eso pasa, en lugar de volverse documental, lo que hace es acercarse a la existencia humana, la máxima aspiración de todo arte narrativo. Y para eso es necesario que haya simplicidad, sencillez, desequilibrio formal y personajes imperfectos, como el mismo Gianni, su amigo Vikingo, o cualquiera de las ancianas que coinciden en la fiesta central del verano italiano.

No se trata del típico producto del cine independiente, ni siquiera del primer filme realizado por un joven prometedor (algo que gusta mucho en EE UU y les sirve de excusa para hablar de nuevas etiquetas y grandes porvenires), sino de un guionista maduro que se llama igual que el protagonista, que convivió muchos años con su madre, que sigue teniendo su casa en el Trastevere y que un día se encontró con una propuesta idéntica a la que pone en marcha la película. Truffaut estaría entusiasmado con un filme así: la encarnación encantadoramente perfecta de lo que él consideraba que iba a ser ese nuevo cine más personal, lleno de anécdotas íntimas y argumentos semibiográficos.

Vacaciones de ferragosto me recuerda en diferentes momentos a otros filmes que se acercan parcialmente al mundo doméstico: El festín de Babette (1987) de Gabriel Axel, que ganó el Oscar al mejor filme extranjero por su minucioso relato de un banquete en el que esperamos en vano que nos revele alguna verdad fundamental, cuando en realidad el relato mismo es la revelación; de nuevo Caro diario --por culpa de los breves planos en moto por las desiertas avenidas de Roma-- y también a La leyenda del santo bebedor (1988) de Ermanno Olmi y su delicado retrato de los desheredados que pueblan las calles de las grandes ciudades. En cambio, di Gregorio, quizá sin pretenderlo, ha conseguido un retrato verosímil que se extiende desde la soledad contemporánea hasta la reivindicación del mundo arrinconado de los mayores.

Precisamente porque la película no sugiere la promesa de un cambio de actitud, ni una modificación positiva de las condiciones de vida, ni un descubrimiento vital que haga mejores a los protagonistas, precisamente por eso, resulta creíble, a ratos divertida y conmovedora. Y además lo confirma con ese final brusco, sin preparar al espectador, cuando las ancianitas comprenden lo que quieren y tratan de prolongarlo de la manera más directa y grosera posible. Ferragosto ha pasado, pero ellas se aferran --toma el dinero y corre-- al bienestar que han encontrado por casualidad. La vida rara vez imita al cine; pero que el cine roce la vida es algo aún más infrecuente.
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