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domingo, 13 de septiembre de 2009

San Martín Dillinger (Enemigos públicos)

Aviso antes de empezar: quienes han visto Cotton Club (1984), Los intocables de Eliot Ness (1987) y Muerte entre las flores (1990) tienen un problema para apreciar debidamente Enemigos públicos (2009). En cambio quienes se remitan únicamente a Corrupción en Miami (2006) encontrarán que con esta de ahora se ha producido una evolución en el estilo, una mejora en la calidad del guión y bla, bla, bla. Por último, quienes las hemos visto todas salimos con la sensación de que películas como esa ya estaban inventadas --me refiero a las transposiciones biográfico-románticas de personajes controvertidos-- y que en realidad Enemigos públicos sólo satisfará a quienes se conforman con poco. No basta un reparto de primera fila, ritmo endiablado, acción percutante y todo un catálogo de recursos técnicos y narrativos tan eficaces como infinitas veces vistos.



Lo siento por los fans de Michael Mann, pero durante buena parte del filme tuve la sensación de que --además de su excesivo metraje-- no hacía más que perder el tiempo con una película en la que todo era previsible. Y no me refiero al argumento (necesariamente basado en alguien cuya vida sabemos como acabó), sino al punto de vista, a los supuestos principios de progreso que pretende introducir Mann en la figura de John Dillinger, con esa cargante aura robinhoodiana (que apenas conmoverá a los más despistados), esos abrigos regalados y otras chorradas varias que intentan convertir su figura en un rebelde/mártir en lucha contra un sistema bancario inhumano. A lo que en realidad me refiero es a esa visión populista de la historia estadounidense que el cine de Hollywood explota con tan buen criterio (las recaudaciones hablan por sí solas). Hubiera resultado más transgresor presentar a Dillinger y su banda como lo que eran, a pesar de los intentos de Mann por compensarlo a base de numerosos momentos definitorios: una banda de cafres asesinos convencida de que debían tomar lo que la sociedad les debía (básicamente dinero para fundir). Toda esa verborrea sobre la intensidad de los momentos vividos, la fidelidad a unas convicciones establecidas diez minutos antes y una interminable cháchara sentimentaloide lo único que hacen es reforzar el mito popular sobre Dillinger. Lo chocante es que hubiera tratado de desmontarlo. Por desgracia, el aspecto más atractivo del argumento --el enfrentamiento entre Dillinger y el agente del FBI Melvin Purvis, encargado de darle caza-- imita sin apenas cambios el tono y el estilo del filme de Brian de Palma. Más de lo mismo también por ese lado.

No es que todo en Enemigos públicos sea malo, porque las interpretaciones son muy convincentes, y la planificación de las escenas de acción también; y Marion Cotillard está igual de mona que Diane Lane en Cotton Club, así que quienes busquen estrictamente este tipo de cosas y sean suspiradoras de Johnny Depp pues que no se la pierdan. Y no, no soy el típico esnob que carga contra todo lo que la mayoría de la gente piensa que es bueno, porque a mí también me encanta la violencia desbocada, y por eso adoro Muerte entre las flores, y aprecio Los intocables de Eliot Ness. Simplemente creo que el cine estadounidense produce mejores películas, incluido el propio Mann: El último mohicano (1992), Heat (1995) o El dilema (The insider) (1999). Enemigos públicos es una película que no aporta casi nada y eso es una desventaja cuando se está en disposición de establecer comparaciones.

Y gracias, Agus, por hacer que no me costara ni un euro.
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