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martes, 29 de septiembre de 2009

El mito de la relación urbana (Qué les pasa a los hombres)

De entrada, si no fuera por la presencia en el reparto de Jennifer Aniston y Scarlett Johansson no habría reparado en Qué les pasa a los hombres (2009) --una comedia romántica que parece (como todas hoy día) cualquier cosa menos una comedia romántica--, pero el fetichismo cinematográfico es un poderoso catalizador a la hora de escoger en la cartelera, asi que... lo admito: caí en la trampa. Qué les pasa a los hombres es la enésima aportación al inagotable tema de las citas heterosexuales entre veinte/treintañeros urbanos de buena posición y mejor ver; la «novedad» es que se presenta bajo la apariencia de un ensayo sociológico que procura no perder de vista lo superficial del tema (los títulos de los capítulos lo dicen todo: si no te llama, si no se quiere casar, si no se acuesta contigo, si se acuesta con otra...).

La película adapta el libro He's Just Not That Into You: The No-Excuses Truth to Understanding Guys (2004) de Greg Behrendt y Liz Tuzillo, coguionistas de un buen número de episodios de las dos últimas temporadas de Sexo en Nueva York (1998-2004), en los que sin duda volcaron numerosas ideas del libro que escribían a medias. Por su parte, los guionistas Abby Kohn y Marc Silverstein afilaron anécdotas y recursos en Opposite sex (2000), una comedia de quinceañeros de corta existencia (apenas ocho episodios) que pasó sin pena ni gloria. Ya sea por unos o por otros, la cosa es que el formato del filme se apoya descaradamente en el falso documental de campo que popularizó SNY: al comienzo de cada bloque temático, unos desconocidos narran a la cámara sus experiencias y reflexiones sobre lo que estamos a punto de ver, incluyendo el mismo toque humorístico y desencantado de la famosa serie de TV. Así que a los fans de Carrie y sus chicas no les supondrá ningún problema adaptarse a la estructura y al tono de la historia.



El verdadero problema es que el conjunto resultante se parece más a una especie de informe Warren sobre las relaciones urbanas que a una comedia romántica al uso. Y no me refiero únicamente al estilo soso y carente de ritmo, sino a la excesiva duración (con la mitad de tiempo habría resultado entretenida), a la predecible banda sonora ochentera (¡se supone que han pasaso veinte años!), a la sobreabundancia de protagonistas femeninas (tres sería el número perfecto; cuatro parecería un calco demasiado obvio de SNY, así que se atreven con cinco). Y ya puestos a redondear el paralelismo con las conclusiones de la comisión Warren, resulta que también encontramos las mismas mentiras y lugares comunes sobre hombres y mujeres en busca de una pareja.

Y es que, a estas alturas, se puede afirmar que nos hallamos bastante cerca de un consenso sobre comportamientos, costumbres, manías y crueldades de ambos sexos en esto de comenzar idilios, de modo que los valientes que se empeñan en profundizar sobre este tema en la pantalla deberían ser más conscientes de que el tratamiento y los personajes marcan la diferencia y la impresión final del espectador; porque lo cierto es que los argumentos (quizá falte por descubrir alguna mutación genial, pero es dudoso que aparezca en esta década) están todos descubiertos.

La última pega es estrictamente personal: Aniston y Johansson no coinciden en ninguna escena, así que se va al traste mi deseo de verlas interactuar. Es una lástima porque no habrá muchas más oportunidades: la comedia blandengue es el único género que tienen en común.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Soledades demasiado sutiles (Mapa de los sonidos de Tokio)

Tengo una teoría sobre el cine de Isabel Coixet. Bascula entre dos ejes sorprendentemente estables: la soledad es uno y la intensidad formal y argumental el otro. Líneas rojas que asoman por sus filmes a poco que uno se aficione a ellos. Basta con ver el comienzo de Mapa de los sonidos de Tokio (2009) para comprobar que es cierto: es idéntico al de Mi vida sin mí (2003) y La vida secreta de las palabras (2005): mujeres al borde de la anomia más severa, limitadas a las rutinas que les impone la supervivencia (limpiar aulas universitarias, empacar flejes --o lo que quiera que fueran aquellas bobinas metálicas-- y trocear pescado). Mujeres mudas --más que silenciosas-- que ocultan un secreto, un dolor, una decepción, una convicción, una resignación. Se nota que las vidas al límite son el material preferido de Coixet para poner en marcha sus historias. A continuación, sitúa a esos seres humanos incompletos en un entorno radical que les obliga a enfrentarse con sus fantasmas, y a acabar vomitando (siempre mediante la palabra, aunque también con sonidos) los auténticos motivos que hicieron de sus vidas --hasta ese momento-- un triste ensayo de existencia.

Mapa de los sonidos de Tokio no se sale --en lo fundamental-- del guión radicalmente personal al que nos tiene acostumbrados el cine de Coixet, aunque supone una vuelta de tuerca en cuanto a complicación formal. Es como si las palabras no conmovieran lo suficiente, de manera que apuesta por la capacidad de los sonidos para transmitir sentimientos: un solitario ingeniero de sonido se enamora de una extraña mujer que trabaja en el mercado del pescado de Tokio. Su obsesión le lleva a grabar las conversaciones que mantiene con un español --propietario de una tienda de vinos-- cuya novia acaba de suicidarse. No cabe mayor distancia y desapego por aquello que se narra: apenas los sonidos captados (sin permiso) de existencias ajenas. Para colmo, Coixet decide rodar la historia en Tokio --una ciudad de 14 millones de habitantes donde la soledad es casi un mineral-- para conseguir el máximo efecto de extrañamiento: un continuo de neón, desamparos sobrevenidos y deseos sexuales desatados por azar.



Por desgracia para Coixet, aún se escucha la radiación de fondo provocada por Lost in translation (2003), con la misma combinación de entorno marciano y existencias despistadas (con la diferencia de que Sofia Coppola lo envolvía con la narración mucho más estructurada y convencional del cine estadounidense) y es inevitable establecer comparaciones: las dos protagonistas femeninas (Johansson y Kikuchi) desprenden morrrrrbo por todos sus poros, y los hombres que les dan la réplica son cuarentones triponcetes que se resisten a crecer o aceptar la verdad acerca de sus propios fracasos vitales. Quizá una cierta afinidad cultural y geográfica hagan que prefiera a Sergi López (mucho más verosímil hablando en japonés que en inglés) frente a un Bill Murray que es básicamente un arquetipo. Sin embargo, ambos siguen siendo unos seres que piden a gritos que alguien --excitante, no lo olvidemos-- les rescate.

Un esquema argumental tan sencillo y limitado, además de que se cala enseguida, posee numerosos riesgos: el primero es que finalice de una manera no sorprendente, sino más bien demasiado melancólica (una sorpresa final contribuiría a una impresión final mucho más favorable), aunque se vea compensado por algunos detalles ciertamente conmovedores, no importa que resulten incomprensibles: («Di mi nombre. Di mi nombre»). La verdad es que yo me había montado otro final (que sólo revelaré bajo petición y por correo) y esa fue mi segunda decepción. La tercera y última es que la escena donde Agus colaboró como extra no aparece en la versión final.

Lo importante es que hay muchas otras cosas de Isabel Coixet que me fascinan; quizá por eso sus películas me atraen tanto y consiguen que, mientras espero en la butaca a que terminen los avances, experimente un ansia de intensidad desconocido en mí. Estoy convencido de que la culpa es del profundísimo impacto que me produjo Mi vida sin mí, un filme que también debería ser declarado Patrimonio Cinematográfico de la Humanidad y estudiarse en la ESO como asignatura troncal. También destaco su notable calidad como escritora: me encanta cómo analiza sus rodajes y su capacidad para incluir una dosis suplementaria de intensidad mediante sus eclécticas reflexiones. ¿Quieres una muestra? Pues ahí va: Antony, un abrazo, o Para qué sirven las películas, un texto que ha dejado algo más que una huella en mis ideas sobre el cine (atención al primer párrafo). Finalmente, está esa imagen de pedante, pija, gafapasta, elitista o rara que arrastra en foros y entre espectadores que se niegan a ver sus películas pero no se cortan de ponerlas a bajar de un burro. ¿Por qué cae tan mal esta mujer? ¿No será porque rompe los esquemas en los que más de uno se encuentra tan cómodo?

Quiero terminar recomendando Mapa de los sonidos de Tokio a los que no han visto otras películas de Coixet, porque vale la pena regalarse un punto de vista diferente. A los que siguen su filmografía hace tiempo les advierto que no es tan, tan conmovedora, que insiste en ciertos elementos de estilo y argumento y que la lejanía y un cierto sentido de la transgresión no son suficientes para convencernos del todo. Ya sabemos que el mundo está lleno de gente solitaria y esta película no nos descubre nuevos matices; o puede que no exista suficiente delicadeza para retratarla. Confieso que estuvimos comentándola entre los compañeros del trabajo durante toda la comida, a pesar de que a ninguno nos había gustado del todo, y fue la excusa para una conversación que nos llevó más lejos de lo imaginado. Estoy seguro de que Isabel habría sonreído.

domingo, 13 de septiembre de 2009

San Martín Dillinger (Enemigos públicos)

Aviso antes de empezar: quienes han visto Cotton Club (1984), Los intocables de Eliot Ness (1987) y Muerte entre las flores (1990) tienen un problema para apreciar debidamente Enemigos públicos (2009). En cambio quienes se remitan únicamente a Corrupción en Miami (2006) encontrarán que con esta de ahora se ha producido una evolución en el estilo, una mejora en la calidad del guión y bla, bla, bla. Por último, quienes las hemos visto todas salimos con la sensación de que películas como esa ya estaban inventadas --me refiero a las transposiciones biográfico-románticas de personajes controvertidos-- y que en realidad Enemigos públicos sólo satisfará a quienes se conforman con poco. No basta un reparto de primera fila, ritmo endiablado, acción percutante y todo un catálogo de recursos técnicos y narrativos tan eficaces como infinitas veces vistos.



Lo siento por los fans de Michael Mann, pero durante buena parte del filme tuve la sensación de que --además de su excesivo metraje-- no hacía más que perder el tiempo con una película en la que todo era previsible. Y no me refiero al argumento (necesariamente basado en alguien cuya vida sabemos como acabó), sino al punto de vista, a los supuestos principios de progreso que pretende introducir Mann en la figura de John Dillinger, con esa cargante aura robinhoodiana (que apenas conmoverá a los más despistados), esos abrigos regalados y otras chorradas varias que intentan convertir su figura en un rebelde/mártir en lucha contra un sistema bancario inhumano. A lo que en realidad me refiero es a esa visión populista de la historia estadounidense que el cine de Hollywood explota con tan buen criterio (las recaudaciones hablan por sí solas). Hubiera resultado más transgresor presentar a Dillinger y su banda como lo que eran, a pesar de los intentos de Mann por compensarlo a base de numerosos momentos definitorios: una banda de cafres asesinos convencida de que debían tomar lo que la sociedad les debía (básicamente dinero para fundir). Toda esa verborrea sobre la intensidad de los momentos vividos, la fidelidad a unas convicciones establecidas diez minutos antes y una interminable cháchara sentimentaloide lo único que hacen es reforzar el mito popular sobre Dillinger. Lo chocante es que hubiera tratado de desmontarlo. Por desgracia, el aspecto más atractivo del argumento --el enfrentamiento entre Dillinger y el agente del FBI Melvin Purvis, encargado de darle caza-- imita sin apenas cambios el tono y el estilo del filme de Brian de Palma. Más de lo mismo también por ese lado.

No es que todo en Enemigos públicos sea malo, porque las interpretaciones son muy convincentes, y la planificación de las escenas de acción también; y Marion Cotillard está igual de mona que Diane Lane en Cotton Club, así que quienes busquen estrictamente este tipo de cosas y sean suspiradoras de Johnny Depp pues que no se la pierdan. Y no, no soy el típico esnob que carga contra todo lo que la mayoría de la gente piensa que es bueno, porque a mí también me encanta la violencia desbocada, y por eso adoro Muerte entre las flores, y aprecio Los intocables de Eliot Ness. Simplemente creo que el cine estadounidense produce mejores películas, incluido el propio Mann: El último mohicano (1992), Heat (1995) o El dilema (The insider) (1999). Enemigos públicos es una película que no aporta casi nada y eso es una desventaja cuando se está en disposición de establecer comparaciones.

Y gracias, Agus, por hacer que no me costara ni un euro.

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