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lunes, 18 de enero de 2010

El pasado que debió ser (Un tipo serio)

No quiero cebarme con los Coen porque me han hecho pasar muy buenos ratos (y muchos más que espero pasar con sus películas), pero es que me lo han puesto tan fácil con Un tipo serio (2010) que no sé si sabré resistir la tentación de recurrir a su mismo descarnado humor para flagelarles. De momento comenzaré por un tópico inofensivo, una grieta por la que otros podrán cebarse en mi subjetivismo: llega un momento en que todo creador, una vez alcanzada la madurez artística y asegurada la distribución de sus obras, echa un vistazo atrás y extrae de sus vivencias (preferentemente de infancia y adolescencia) el material para sus ficciones. En el caso de los Coen este momento ha llegado: tanto su modelo de filme «serio» como su estándar de comedia están más que definidos y suficientemente rodados; toda su filmografía bascula entre ambos registros, y los dos los dominan a la perfección: personajes, puntos de vista, constantes argumentales... Era el momento de acometer nuevos retos, y se han lanzado a ello sin concesiones a la galería. Hasta aquí, todo normal.



Otra cosa es que les haya salido una película tan y tan endogámica, pero esto no tiene que tomarse como algo negativo en sí mismo, puesto que Scorsese no se aparta mucho del mundo gansgteril; la diferencia es que mientras él se las apaña para ofrecer una trama principal en la que no es necesario ser un iniciado o parte del problema, los Coen no se han preocupado lo más mínimo de ofrecer algo atractivo para los que no somos judíos ni nos hemos criado en el medio oeste estadounidense. Es un ajuste de cuentas con su propio entorno familiar y social (sus padres --respetables miembros de una comunidad judía-- eran profesores universitarios) que no busca ninguna complicidad con el espectador. A partir de una serie de recuerdos y sucesos ponen en marcha su característico dispositivo deformador del drama y de la socarronería --y que sus fans confunden con el mismo humor declarado de Arizona baby (1987) o El gran Lebowski (1998)--, pero en clave personal y escasamente transferible: todo lo llenan los chistes y giros propios los que estaban allí para vivirlo.

Quienes nos quedamos fuera por orígenes e intereses, deben buscar algo a lo que aferrarse desde el punto de vista del entretenimiento y del drama. En mi caso, y con dificultades, hallé dos puntos de apoyo: el primero, el prólogo, a la altura de otros similares marca de la casa (nunca dejará de sorprenderme la maestría de estos muchachos para ponernos en situación en apenas cinco minutos de narración. No todo el mundo es capaz de algo así): una breve anécdota que todos toman como algo necesariamente trascendente, cuando lo más probable es que en realidad no signifique nada, pero sirve para dar el todo al filme. El segundo, la injusta paradoja de una serie de desgracias sobrevenidas cuando no se ha hecho nada para merecerlas, lo que inevitablemente invita a enlazar con la obsesión de Allen de un mundo en el que preferimos el bien al mal a pesar de saber que no existe recompensa alguna. Aun así, los Coen no parecen demasiado interesados por llegar a alguna conclusión, o establecer su propia visión de las cosas, más bien dejan que las cosas sucedan sin necesidad de intervenir, como le sucede al protagonista.

Personalmente, el conjunto me aburrió bastante, ni siquiera el humor cruel que dejaban caer cada tanto sirvió para hacer que mi interés aumentara. Pero como son los Coen tomaré Un tipo serio estrictamente como lo que es: un anodino ajuste de cuentas con el pasado. Se lo pueden permitir.

http://sesiondiscontinua.blogspot.com/2010/01/el-pasado-que-debio-ser-un-tipo-serio.html
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