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martes, 26 de enero de 2010

Ley del cine de Catalunya: el debate del hipercubo imposible

Los cines catalanes están convocados a un paro de 24 horas el próximo 1 de febrero, en protesta por la nueva ley del cine de Catalunya, que establece la obligatoriedad de doblar al catalán el 50% de las copias de las películas no españolas ni catalanas ni europeas que se estrenen en territorio catalán (siempre que su número sea superior a 14). Eso significa que títulos como Ágora (2009) tendrían que estrenarse con 14 copias para evitar la obligación legal de doblaje al 50%, y lo mismo sucedería con los éxitos de Hollywood. O lo que es lo mismo: en las 14 principales ciudades de Catalunya se podrían estrenar estas películas (una sala por ciudad), y el resto tendría que programar películas catalanas, españolas, europeas o cine en versión original subtitulada.

Lo primero que me sorprende es el encendido debate entre particulares (echa una mirada a los encolerizados foros que montan los lectores de los diarios electrónicos de dentro y de fuera de Catalunya): se enfrentan quienes consideran que es una intolerable injerencia en un mercado libre y los que opinan que, al igual que en otros ámbitos de la cultura y de la vida cotidiana, el catalán y el castellano ya comparten la comunicación hablada y escrita. Este debate no destaca precisamente por sus niveles de respeto y educación al adversario (apelaciones al territorio, persecuciones históricas, agravios comparativos, apocalípticas advertencias, marcianas teorías lingüísticas, insultos, alusiones personales, estupideces), ni por sus aportaciones ordenadas y/o argumentadas.

Los medios de comunicación del resto de España se centran obsesivamente en la obligación de doblar al catalán, ya que les parece inconcebible que se haga por decreto (cuando el cine europeo se ha igualado al autóctono también por decreto). Desde Catalunya (excepto la parte de la población que actúa y piensa como si no viviera en ella) se defienden argumentando que el catalán está presente en todos los ámbitos de la vida cotidiana y el cine no va a ser una excepción. Por este lado, el debate no sale del terreno político-sentimental; así que no cabe esperar demasiada serenidad ni claridad.

Los distribuidores y exhibidores catalanes están acojonados por las previsibles repercusiones que estas medidas tendrían sobre un negocio que va a la baja debido a una suma de factores de difícil modificación: cambio de costumbres, impasse de digitalización audiovisual, oligopolio de facto del cine estadounidense, empobrecimiento de la diversidad temática y genérica de los estrenos... Y dejo explícitamente fuera de la lista las descargas, porque su popularidad demuestra (y asumiendo que siempre habrá un segmento que NUNCA estará dispuesto a pagar por ningún evento cultural de ninguna clase) hasta qué punto hay una demanda latente de estrenos en línea que el lado de la oferta no sabe o no quiere satisfacer. Como les va el negocio en ello, el colectivo afectado se revuelve echando mano de todo lo que suene a injerencia, desastre o catástrofe.

Los distribuidores y exhibidores españoles están indignados ante lo que consideran un arancel lingüístico que amenaza el libre comercio y augura un descenso de los ingresos. Son incapaces de ver más allá, ni quieren saber nada más. A las majors estadounidenses se la trae floja el conflicto, puesto que las normas del mercado mundial las dictan ellos.

El público, por su parte, reacciona en la intersección de tres coordenadas, una de los cuales es completamente ajena al ámbito cinematográfico y, por tanto, distorsiona todo intento de generalizar: el tipo de cine que prefiere, su hábito de asistencia a salas comerciales y el dominio de los idiomas cooficiales de Catalunya. Para los que se limitan a ver los taquillazos de turno del cine estadounidense, en igualdad de dominio de ambas lenguas, el problema les parece bizantino (y más teniendo en cuenta que desde hace un cuarto de siglo la cadena autonómica catalana emite cine doblado al catalán). Quienes se expresan mayoritariamente en una única lengua aprovechan este debate para atizar con fuerza su propia opción. Para los que prefieren el cine subtitulado, el idioma les resulta indiferente, puesto que lo suyo es el cine en versión original, como debería ser en un mundo perfecto.

Con semejantes mimbres, ¿qué debería pesar más en la industria: la coherencia de un mercado bilingüe aun a costa de un severo reajuste a la baja o la renuncia a intervenir ante un anunciado cambio de modelo que no acaba de concretarse? ¿Y en el público? ¿Una histórica aspiración de cine en catalán por coherencia social o la pataleta del segmento monolingüe de ambos bandos que defiende su escenario con uñas y dientes? En un mundo abocado a los estrenos en línea personalizables desde el comedor de casa el idioma de la película es una opción más perdida en un mar de posibilidades.

Personalmente, ni el catalán ni el castellano me suponen un obstáculo; mis hábitos de consumo cinematográfico no se van a ver modificados por un subtitulado o un doblado en uno u otro idioma; pero esta es mi opción, y hay tantas como espectadores. Yo no hago las normas, sólo las disfruto. En la práctica, el efecto indeseable de esta medida legislativa es que reducirá a la mínima expresión el cine comercial de Hollywood en la cartelera catalana, y de paso arrojará a los espectadores contra las redes de descarga. Puede que sea culturalmente sano, pero económicamente desastroso. El público recurrirá a estas vías alternativas para acceder al cine que quiere en el idioma que prefiere, saltándose todas las leyes habidas y por haber (como ha sucedido con la televisión por satélite, que ha pulverizado el concepto de televisión nacional/idiomática). Cuando la industria decida apostar por un canal de estrenos simultáneos en salas y en Internet lo único que pasará es que saldremos ganando como consumidores. Mientras llega ese momento me reiré leyendo los comentarios de la gente y asistiré impasible al hundimiento de un modelo de negocio del cual sus representantes son parcialmente responsables.

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miércoles, 20 de enero de 2010

Buenos tiempos para la lírica: los Goya 2010

Actualización (15/02/2010): ¡Hay que jeringarse! La primera vez que acierto hasta ¡14 Goya!, incluyendo película, director, actor y actriz, llega Cinéfago y me gana por 1, gracias a su precisa distribución de premios técnicos. La otra participante --mi amiga Babel-- como prefirió votar «sus» Goya (con todo el derecho del mundo, por supuesto) se ha quedado en 8, que pueden servirle de gran consuelo, pues revelan que no existe tanta distancia entre sus preferencias y la realidad. Felicidades Cinéfago y gracias al resto por participar (eso va por ti Babel). A ver si los Oscar se me dan mejor...

De la gala destaco los dos premios que se llevó mi admirado Mateo Gil (guión y cortometraje), detalle que ningún periódico menciona (excepto los canarios, imagino), y el premio al mejor documental para Edmon Roch por Garbo: el espía, un gran talento que veló sus armas en el colectivo Film Historia, el vivero universitario de cinéfilos del que también fui parte activa durante casi una década. ¡Enhorabuena!

En cuanto a los premiados, enmiendo ahora el imperdonable error de haber omitido hasta 5 categorías (música, canción, dirección de producción, cortometraje documental y película documental) en la lista de nominaciones. Las incluyo ahora (sin mi voto, claro) junto con el resto de galardonados (en azul).

Los Goya de este año vienen precedidos por signos contradictorios que inducen al mayor de los optimismos y, a la vez, al mayor de los pesimismos. Por un lado, 2009 ha sido un año bueno cinematográficamente hablando, con títulos que revelan una madurez creativa y una calidad homologable a la del mercado internacional; son filmes que dejan atrás el humor costumbrista, los guiones llenos de tópicos, los dramas absurdos y otras incompetencias artísticas que ni con la llegada de la democracia nos quitamos de encima. En 2009 han desembarcado Celda 211, Ágora, Planet 51, Dime que yo, El secreto de sus ojos, Gordos, Pagafantas, After... Películas de todos los formatos, géneros y enfoques que demuestran que no es un fenómeno aislado. Los soniquetes moralizantes, las trasnochadas críticas sesentayochistas al capital, las fantasías infantiles del quiero y no puedo, todo eso parece que va a la baja y en su lugar tenemos escenas espectaculares, argumentos audaces, montajes vigorosos... En pocas palabras, el cine español que debería ser: sin complejos y sin miedo a las comparaciones. Parece que despegamos como arte y como industria.

Pero luego resulta que la legislación cinematográfica hace aguas por todas partes: para empezar, la ley del audiovisual que el gobierno de Aznar aprobó en 1999 que obliga a las televisiones a invertir el 5% de sus ingresos en el cine español (y que Zapatero planea ampliar a las operadoras de telecomunicaciones) fue rechazada por el Supremo y se encuentra bajo el microscopio de la Unión Europea, que considera que no se pueden decretar las inversiones de un sector en otro (lo cual tiene todo el sentido del mundo). Y para acabar de rematarlo, las ayudas a la producción que prevé la recién estrenada ley del cine (obra del tándem Guardans-Sinde) están igualmente bloqueadas en Bruselas porque no está claro que sean lo que dicen que son. El resultado: todo el dinerito que debía financiar los rodajes del 2010 está en el limbo, esperando que los expertos decidan qué se debe hacer. Con este panorama en ciernes, los guionistas no saben si ponerse a escribir, los actores y los técnicos se quedan junto al teléfono esperando que les llamen y los directores no saben si lanzarse al suicidio de rodar sin financiación. El cine como industria está amenazado; el cine como aventura personal se abre como inmensa posibilidad.

¿Se cumplirá el tópico que afirma que en las peores condiciones económicas es cuando las artes se vuelven más creativas? Ya lo vimos con el cine argentino en los noventa y el francés en los cincuenta ¿Sucederá lo mismo con el español? Es posible que vengan tiempos de bajos presupuestos y grandes logros artísticos. Yo firmo ya mismo.

Ya sabes cómo funciona esto de la quiniela: crea un comentario, identifícate (no vayas de anónimo), copia los nominados y marca tu favorito en cada categoría (mi voto aparece con un asteristo).

Mejor película
Celda 211, de Daniel Monzón*
Ágora, de Alejandro Amenábar
El secreto de sus ojos, de Campanella
El Baile de la Victoria, de Fernando Trueba

Mejor dirección
Alejandro Amenábar por Ágora
Juan José Campanella por El secreto de sus ojos
Daniel Monzón por Celda 211*
Fernando Trueba por El Baile de la Victoria

Mejor actor protagonista
Ricardo Darín por El secreto de sus ojos
Antonio de la Torre por Gordos
Jordi Mollà por El cónsul de Sodoma
Luis Tosar por Celda 211*

Mejor actriz protagonista
Penélope Cruz por Los abrazos rotos
Lola Dueñas por Yo, también*
Maribel Verdú por Tetro
Rachel Weisz por Ágora

Mejor actor de reparto
Raúl Arévalo por Gordos*
Carlos Bardem por Celda 211
Ricardo Darín por El Baile de la Victoria
Antonio Resines por Celda 211

Mejor actriz de reparto
Pilar Castro por Gordos*
Marta Etura por Celda 211
Vicky Peña por El cónsul de Sodoma
Verónica Sánchez por Gordos

Mejor actor revelación
Alberto Ammann por Celda 211
Fernado Albizu por Gordos
Gorka Otxoa por Pagafantas
Pablo Pineda por Yo, también*

Mejor actriz revelación
Nausicaa Boninn por Tres días con la familia
Leticia Herrero por Gordos*
Blanca Romero por After
Soledad Villamil por El secreto de sus ojos

Mejor dirección novel
David Planell por La vergüenza
Borja Cobeaga por Pagafantas
Mar Coll por Tres días con la familia
Antonio Naharro y Alberto Pastor por Yo, también*

Mejor guión original
Alberto Rodríguez y Rafael Cobos por After
Mateo Gil y Alejandro Amenábar por Ágora
Daniel Sánchez Arévalo por Gordos*
Pedro Almodóvar por Los abrazos rotos

Mejor guión adaptado
Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarria por Celda 211*
Fernando Trueba, Antonio Skarmeta y Jonás Trueba por El Baile de la Victoria
Joaquín Gorriz, Miguel Talmau, Sigfrid Monleón y Miguel Ángel Fernández por El cónsul de Sodoma
Eduardo Sacheri y Juan José Campanella por El secreto de sus ojos

Mejor película de animación
Animal Channel
Cher Ami
Pérez, el ratoncito de tus sueños 2
Planet 51*

Mejor película europea
Bienvenidos al norte
Déjame entrar
La clase
Slumdog Millionaire*

Mejor película hispanoamericana
Dawson, isla 10
Gigante
El secreto de sus ojos*
La teta asustada

Mejor montaje
Carmen Frías por El Baile de la Victoria
Mapa Pastor por Celda 211
Nacho Ruiz Capilla por Ágora*
Nacho Ruiz Capilla y David Pinillos por Gordos

Mejor fotografía
Alex Catalán por After
Xavi Giménez por Ágora*
Carles Gusi por Celda 211
Félix Monti por El secreto de sus ojos

Mejor música
Alberto Iglesias por Los abrazos rotos
Dario Marianelli por Ágora
Roque Baños López por Celda 211
Federico Jusid por El secreto de sus ojos

Mejor canción
"Agallas vs. Escamas" (Agallas)
"Stick to the Man" (Planet 51)
"Spanish Song" (Spanish Movie)
"Yo también" (Yo, también)

Mejor dirección artística
Guy Hendrix Dyas, por Ágora*
Antón Laguna, por Celda 211
Verónica Astudillo, por El Baile de la Victoria
Antón Laguna, por El cónsul de Sodoma

Mejor diseño de vestuario
Gabriella Pescucci, por Ágora
Lala Huete, por El Baile de la Victoria*
Cristina Rodríguez, por El cónsul de Sodoma
Sonia Grande, por Los abrazos rotos

Mejor maquillaje y peluquería
Jan Sevell, Susan Suzann y Stokes-Muntón, por Ágora*
Raquel Fidalgo e Inés Rodríguez, por Celda 211
José Antonio Sánchez y Paquita Núñez, por El cónsul de Sodoma
Ana Lozano y Máximo Gattabrusi, por Los abrazos rotos

Mejor sonido
Peter Glosso y Glenn Fremantle, por Ágora
Sergio Burmann, Jaime Fernández y Carlos Farauolo, por Celda 211
Pierre Gamet, Nacho Royo-Villanova y Pelayo Gutiérrez, por El Baile de la Victoria
Aitor Berenguer, Marc Orts y Fabiola Ordoyo, por Mapa de los sonidos de Tokyo*

Mejores efectos especiales
Cris Reynolds y Félix Bergés, por Ágora*
Raúl Romanillos y Guillermo Orbé, por Celda 211
Salvador Santana y Alex Villagrasa, por [Rec]2
Pau Costa y Lluis Castells, por Spanish Movie

Mejor dirección de producción
José Luis Escolar por Ágora
Alicia Tellería por Celda 211
Cristina Zumárraga por Che, Guerrilla
Eduardo Castro por El baile de la Victoria

Mejor cortometraje documental
Doppelgänger de Óscar de Julián
Luchadoras de Benet Román
En un lugar del cine de Eduardo Cardoso
Flores de Ruanda de David Muñoz López

Mejor película documental
Garbo: el espía, de Edmon Roch
La mirada de Ouka Leele, de Rafael Gordon
Cómicos de Ana María Pérez y Marta Arribas
Últimos testigos: Fraga y Carrillo, de J.L. López y M. Martín

Mejor cortometraje de ficción
Dime que yo*
Lala
La Tama
Terapia

Mejor cortometraje de animación
Alma*
La dama y la muerte
Margarita
Tachaan

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lunes, 18 de enero de 2010

El pasado que debió ser (Un tipo serio)

No quiero cebarme con los Coen porque me han hecho pasar muy buenos ratos (y muchos más que espero pasar con sus películas), pero es que me lo han puesto tan fácil con Un tipo serio (2010) que no sé si sabré resistir la tentación de recurrir a su mismo descarnado humor para flagelarles. De momento comenzaré por un tópico inofensivo, una grieta por la que otros podrán cebarse en mi subjetivismo: llega un momento en que todo creador, una vez alcanzada la madurez artística y asegurada la distribución de sus obras, echa un vistazo atrás y extrae de sus vivencias (preferentemente de infancia y adolescencia) el material para sus ficciones. En el caso de los Coen este momento ha llegado: tanto su modelo de filme «serio» como su estándar de comedia están más que definidos y suficientemente rodados; toda su filmografía bascula entre ambos registros, y los dos los dominan a la perfección: personajes, puntos de vista, constantes argumentales... Era el momento de acometer nuevos retos, y se han lanzado a ello sin concesiones a la galería. Hasta aquí, todo normal.



Otra cosa es que les haya salido una película tan y tan endogámica, pero esto no tiene que tomarse como algo negativo en sí mismo, puesto que Scorsese no se aparta mucho del mundo gansgteril; la diferencia es que mientras él se las apaña para ofrecer una trama principal en la que no es necesario ser un iniciado o parte del problema, los Coen no se han preocupado lo más mínimo de ofrecer algo atractivo para los que no somos judíos ni nos hemos criado en el medio oeste estadounidense. Es un ajuste de cuentas con su propio entorno familiar y social (sus padres --respetables miembros de una comunidad judía-- eran profesores universitarios) que no busca ninguna complicidad con el espectador. A partir de una serie de recuerdos y sucesos ponen en marcha su característico dispositivo deformador del drama y de la socarronería --y que sus fans confunden con el mismo humor declarado de Arizona baby (1987) o El gran Lebowski (1998)--, pero en clave personal y escasamente transferible: todo lo llenan los chistes y giros propios los que estaban allí para vivirlo.

Quienes nos quedamos fuera por orígenes e intereses, deben buscar algo a lo que aferrarse desde el punto de vista del entretenimiento y del drama. En mi caso, y con dificultades, hallé dos puntos de apoyo: el primero, el prólogo, a la altura de otros similares marca de la casa (nunca dejará de sorprenderme la maestría de estos muchachos para ponernos en situación en apenas cinco minutos de narración. No todo el mundo es capaz de algo así): una breve anécdota que todos toman como algo necesariamente trascendente, cuando lo más probable es que en realidad no signifique nada, pero sirve para dar el todo al filme. El segundo, la injusta paradoja de una serie de desgracias sobrevenidas cuando no se ha hecho nada para merecerlas, lo que inevitablemente invita a enlazar con la obsesión de Allen de un mundo en el que preferimos el bien al mal a pesar de saber que no existe recompensa alguna. Aun así, los Coen no parecen demasiado interesados por llegar a alguna conclusión, o establecer su propia visión de las cosas, más bien dejan que las cosas sucedan sin necesidad de intervenir, como le sucede al protagonista.

Personalmente, el conjunto me aburrió bastante, ni siquiera el humor cruel que dejaban caer cada tanto sirvió para hacer que mi interés aumentara. Pero como son los Coen tomaré Un tipo serio estrictamente como lo que es: un anodino ajuste de cuentas con el pasado. Se lo pueden permitir.

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martes, 5 de enero de 2010

Hienas, perros, políticos, histriones y otros depredadores públicos (In the loop)

A veces el sarcasmo más exagerado e inmisericorde es la única manera de acercarse a la realidad de una actividad en la que parece imposible que haya seres humanos, no sólo dedicados en cuerpo y alma, sino deseando incorporarse a ella por convicción propia. La inefable constelación de líderes que gobernaban el mundo hace unos años, sus patéticas decisiones, sus torpes declaraciones y el convencimiento íntimo de que el mundo se gobernaría mejor bajo el imperativo del miedo, suministrarán --a partes iguales-- suficiente material para sesudos ensayos y sangrantes parodias durante décadas. En una hipotética clasificación de índices de ironía mordaz In the loop (2008) rozaría el máximo tolerado por el cuerpo humano; a su lado Fahrenheit 9/11 (2004) parece una recopilación de cancioncitas de catequesis.

La comparación con el gran clásico de Kubrick --¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1963)-- es inevitable porque buena parte de la vitriólica perspectiva de los hechos proviene de ese título mítico; pero (al igual que en el caso de Michael Moore) los años no han pasado en balde, y ni la corrección política ni la amenaza de la censura planean como en los años de la guerra fría, así que In the loop se permite el lujo de decir las cosas sin tapujos y sin miedo a ofender. Existen numerosos precedentes sobre el tema del complejo asesor-político-militar, pero ninguno suele perder de vista el realismo, tratando de enlazar su crítica a través de un discurso a medio camino entre la denuncia y la propuesta de vías de salvación: La cortina de humo (1997) inaugura el ciclo «política contemporánea sin escrúpulos» en el que todavía nos hallamos inmersos; aunque fue la guerra de Iraq la que disparó las aportaciones, acumulando material para un ciclo bastante completito. Sin ir más lejos, de la cosecha del 2007 hay bastante donde elegir: Leones por corderos, En el valle de Elah, La batalla de Hadiza, Redacted... In the loop las supera a todas tanto en los aspectos formales como de contenido: para empezar, un endiablado ritmo narrativo --superando incluso el de Uno, dos, tres (1961) de Billy Wilder-- que amenaza con atrofiar la capacidad de comprensión del espectador; a continuación, el formato elegido para rodarla, en un tono de claras reminiscencias documentales y otorgando un amplio margen de improvisación a los actores. Precisamente por eso, los diálogos --en los que no brilla el menor asomo de ética-- adquieren una verosimilitud que acojona por su crudeza. In the loop nos introduce sin tapujos en las excrecencias de la actividad política que supuran los alrededores de la presidencia de los gobiernos (encuentros previos, preparatorios, informales, de tanteo, de comadreo, pero también los oficiales de alto nivel, donde no todo es tan ultraprofesional como aparentan las imágenes de los informativos); un ecosistema en el que habitan, entre otros, trepas, ineptos, lameculos, fascistas, ingenuos, arribistas e idiotas a tiempo completo, en el que cada cual interpreta el papel que ellos mismos se han adjudicado a partir de una idea de la política extraída de lecturas e historias deformadas por el interés personal y una serie de teorías convenientes para su mentalidad fabricadas y asimiladas en pleno cuelgue de Prozac.



Se nota que su director --Armando Lannucci-- conoce perfectamente los ambientes que describe, y que el tratamiento dramático escogido para llevarlos a la pantalla es el fruto de una dilatada experiencia radiofónica y televisiva en el género de las actualidades paródicas. Todo eso y, por descontado, el conocimiento directo del medio que ridiculiza, proporcionan a la película un tono y un estilo que no oculta una preocupante realidad: podemos retirar la capa de histrionismo de las interpretaciones, la mitad de los tacos y aumentar la dosis de doble moral y de prevaricación y, a diferencia de la mayoría de parodias cinematográficas y televisivas, aún nos quedará un retrato plausible del día a día en la política internacional (y también de la nacional). Afortunadamente, en In the loop no todo se queda en mera parodia y sátira.

Estoy persuadido de que el mundillo en el que se desenvuelven las negociaciones de la diplomacia global no dista mucho de la patulea de personajes que protagoniza el filme, así como de las patochadas sin sentido que encadenan. Sin embargo, un público joven y escasamente comprometido es el que más disfruta con la inacabable sarta de tacos de Malcolm Tucker --Peter Capaldi interpretando el mismo personaje que le catapultó a la fama en la serie de TV The thick of it (2005-2009)-- y demás trapicheos del circo político. Entonces yo me pregunto: si ya sabemos que los políticos apestan pero la política es necesaria, ¿a qué tipo de política aspira este público desencantado? Es como si se asumiera con resignación la mezcla de corrupción e intereses personales que denuncia el filme porque proporciona combustible para innumerables programas de humor; sin dejar por ello de presuponer que los transportes públicos llegarán a su hora, los mercados estarán permanentemente abastecidos, la investigación, la sanidad y la educación se financiarán sin problemas y los recursos naturales, el ocio y el consumo permanecerán inagotables. Estos fans del sarcasmo político hablan y actúan como si todo esto no formara parte del mismo fenómeno, como si la intendencia y el bienestar no tuvieran nada que ver con la política, que es simplemente un motivo más de diversión. Se trata de una grave distorsión que es necesario explicar a esa mayoría «desencantada» que piensa que todo lo que afecta a su día a día funciona solo: para que haya una buena red de alcantarillado necesitamos personas que gestionen los recursos públicos, criterios y pautas de actuación, pagar impuestos y estar dispuesto a defender un mínimo de convicciones ideológicas. Todas esas cosas las hacen los políticos, aunque en la actualidad parece que su principal ocupación es entretener al personal con sus meteduras de pata. Lo bueno de In the loop es que deja ver, más allá del retrato distorsionador y exagerado de personajes y situaciones, la necesidad de un punto de encuentro entre votantes y cargos electos.

No estamos en buenas manos, es dudoso que eso vaya a cambiar y es poco probable que podamos hacer algo para evitarlo a menos que sobrevenga un colapso. Estamos jodidos y sabemos que lo estamos, e In the loop es una manera terriblemente divertida y lúcida de tomar conciencia de ello.

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viernes, 1 de enero de 2010

Paradojas de la vida y del amor (y del cine también) (y 3)

Paradojas de la vida y del amor (y del cine también) (1)
Paradojas de la vida y del amor (y del cine también) (2)

El análisis fílmico que propone Aguilar (lógicamente orientado a una didáctica social, como es la prevención de la violencia machista) cumple su cometido a la perfección: revelar los hilos rojos que sostienen el imposible retrato de las mujeres en la pantalla, una irrealidad que una narración estereotipada en exceso pretende hacer pasar por verídica. Sin embargo, su metodología de aprendizaje requiere que previamente uno esté familiarizado con los componentes técnicos que intervienen en la escena cinematográfica y la dotan de significado; después de familiarizarse con ellos es posible atrapar en el filtro el discurso implícito de la masculinidad: la función de las mujeres en la ficción, sus motivaciones y características habituales, las omisiones, los elementos destacados, los infravalorados... Resulta sorprendente --aunque uno crea estar preparado para esa labor-- cómo una mirada bien informada y contextualizada puede desvelar mucho mejor la auténtica dimensión del machismo en el cine. Tan interiorizado tenemos su discurso que nos cuesta detectar las manipulaciones a menos que nos obliguen a confrontarlas desde un punto de vista alternativo.

La selección de escenas, no obstante, es bastante desigual: para empezar examina sendos fragmentos de Pretty woman (1990) y de Los peores años de nuestra vida (1994) que demuestran hasta qué punto el relato masculino de la sexualidad eclipsa y niega la existencia de otro femenino. A continuación, para compensar, analiza la escena inicial de El silencio de los corderos (1998) para mostrar que existen discursos positivos en el tratamiento de personajes femeninos protagonistas. En cambio, resulta más cuestionable la elección de la protagonista femenina de Seis días y siete noches (1998) como arquetipo cinematográfico femenino a evitar/rechazar por arcaico (una mujer estúpida y superficial), ya que se trata de una comedia en la que todo está supeditado a un objetivo que desborda cualquier intento de hacer retratos humanos verosímiles.



Pero lo que más me descolocó fue el descubrimiento del rancio tratamiento que hace el filme Barrio (1998) de Fernando León --auténtico abanderado del progresismo en el cine español-- de la separación de los padres de Javier (ella quedándose en la casa familiar y él viviendo en una furgoneta porque le han dejado sin nada), explotando dramáticamente un falso desamparo que en realidad es complicidad con una serie de leyendas urbanas sobre las mujeres. No puedo dejar de transcribir el diagnóstico tan certero como espeluznante de la autora: «Lo que en definitiva nos transmite la película es la idea de que los hombres están indefensos ante las acusaciones arbitrarias y sin pruebas que pueden inventar las mujeres», como si las mujeres estuvieran excesivamente protegidas por la ley y eso les permitiera aprovecharse de unas circunstancias muy favorables y actuar a su antojo y conveniencia. A continuación, remacha su argumentación con un dato demoledor: «el 12 de junio de 2003 (cinco años después de que se rodara esta película y de que hubieran muerto trescientas mujeres más), Ana María Fábregas fue asesinada a martillazos después de haber interpuesto cincuenta y cuatro denuncias durante diez años (diez años que para ella serían de auténtica tortura). Lo más probable es que ni los jueces ni los policías implicados sean condenados por no dar auxilio a una persona en peligro». Resulta inaceptable que un filme tan socialmente comprometido como éste sea incapaz de ir más allá de semejante tópico vergonzoso. Todo un fracaso de pedagogía cinematográfica y un serio toque de atención para determinados espectadores autocomplacientes.

¿Cómo evitar las trampas de una narración cinematográfica cargada de discursos nocivos? Es una batalla perdida reclamar --como hacen Aguilar y otros expertos-- un cine más fiel y representativo de la realidad social (políticamente correcta) del momento. No podemos esperar del cine que anteponga a la ficción narrativa el requisito de la pedagogía: primero porque esa labor deben hacerla --aprovechando los títulos existentes o no-- maestros, pedagogos y asistentes sociales; segundo porque si el cine asume semejante papel ya no estamos hablando de un arte narrativo, sino del rodaje de libros de texto audiovisuales que no interesarán a nadie.

Por si esto fuera poco, semejante cambio de orientación provocaría profundas modificaciones en la forma de rodar e interpretar. Por ejemplo, en materia sexual, eso implicaría que las películas (incluidas las toleradas) deberían dedicar un minutaje excesivo a los preliminares y a los juegos eróticos precoitales, porque esa sería la forma «correcta» de presentar el acto sexual en pantalla. ¿Los actores lo aceptarían? ¿Algo así tiene sentido desde el punto de vista narrativo? ¿Acaso un tratamiento narrativo más correcto, infinitamente repetido, como sucede ahora con la sexualidad genital, no acabaría convertido igualmente en estereotipo? ¿Sería capaz de modificar las pautas de comportamiento de los adolescentes? ¿Es esta una tarea que compete al cine de ficción? ¿Tiene sentido criticar sin más el salto por corte durante un acto sexual porque resulta engañoso y falseador? ¿O tiene más sentido valorarlo en el contexto de la significación narrativa que propone el filme? Si el cine se extingue no será por falta de espectadores, sino que --al igual que en la canción aquella del vídeo y la estrella de la radio-- la obsesión por la corrección política acabará matando a la narración cinematográfica.

En lugar de tanto brindis al sol, me parece más coherente y realista exigir al espectador que compense tanto cine comercial y de género «distorsionador» con cine independiente, donde los puntos de vista no están tan estereotipados, las actitudes son más valientes y no siempre dentro de los límites de la corrección política (unos límites que, al fin y al cabo, están en permanente revisión). Disfrutemos y aprendamos con lo bueno que podamos encontrar dentro del cine estereotipado, igual que leemos novelas con argumentos apasionantes pero pésimamente escritas. Y luego ampliemos nuestro horizonte con películas de bajo presupuesto, narradas con dificultad y algunos errores, pero más directas, sinceras y menos lastradas por arquetipos y por los imperativos de género y de la economía narrativa. Es la misma recomendación que se suele hacer para evitar los sesgos informativos en los medios de comunicación: ver más de un telediario o leer más de un periódico. En definitiva, en lugar de combatir ingenuamente una forma de arte demasiado universal y asentada, comparar, la mejor manera de sortear las trampas de una narración interesada y vacunarnos contra las manipulaciones de la imagen audiovisual.

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