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lunes, 15 de febrero de 2010

Historia General de la Homosexualidad. Tomo XII. Las catacumbas de la burguesía culta y acomodada (Un hombre soltero)

Ya es hora de asumir que los festivales de cine, en ocasiones, sucumben al deseo no admitido ni declarado de dar con filmes cuya calidad (e intensidad, no lo olvidemos en todo lo que queda de texto) rinda a crítica y público de forma unánime y acapare los principales premios. No es solamente una forma de evitar desagradables polémicas en la ceremonia de clausura (cuando el jurado se desmarca con un galardón raro, sorprendente o imposible), sino de justificar la existencia misma del certamen, que reivindica así su labor ofreciendo a la comunidad cinéfila obras de arte desconocidas o de escasa --hasta ese momento-- repercusión mediática. A continuación, una buena carrera comercial en las salas será la mejor prueba de que el ojo experto del jurado estaba en lo cierto, y así el círculo virtuoso se cierra a satisfacción de todas las partes. Es urgente que me saque la venda de los ojos y descuente el IVA a las opiniones de críticos y jurados, porque hay ediciones en las que, tras las alabanzas por el descubrimiento de la película conmovedora de turno, pesa más la alegría por el hallazgo que el hallazgo en sí. Es cierto que en ocasiones aciertan, pero también lo es que una floja selección de títulos a concurso puede obligar a apostar por películas que apenas destacan del resto por un matiz u otro.



Un hombre soltero (2009) encaja a la perfección en este esquema que he preparado con tanto esmero. Triunfó en Venecia gracias a la meritoria interpretación de Colin Firth (un actor al que hasta ahora se le resistían galardones mayores, probablemente debido a su filmografía, en la que abunda la comedia pastel) y el valor añadido del punto de vista de un debutante en la dirección: Tom Ford. Una vez vista, el balance final se decanta más por el lado de la decepción que el de la intensidad, un filme centrado en los devastadores efectos de la brusca desaparición de la pareja, en cuyo tratamiento no hay nada especialmente destacable: reparto reducido, primerísimos planos como pauta narrativa, mezcla de pasado y presente, existencias al límite... La novedad es que está ambientada en los Estados Unidos de 1962, y lo protagoniza el superviviente de una relación homosexual que debe ocultar su condición ante una sociedad todavía autoconvencida de la vigencia de valores tradicionales como la decencia, la gazmoñería y la doble moral practicada en la intimidad del hogar.

Como guionista y director, poco aporta Tom Ford que valga la pena destacar, al contrario, en ocasiones refuerza el tópico de manera alarmante: la clásica pareja gay, culta y refinada que, más allá de su universo doméstico e íntimo, siente que no encaja en ninguna parte; jóvenes y tentadores efebos que pululan por el campus (el protagonista es profesor universitario), conscientes de los perturbadores efectos que provocan, amigas de juventud solitarias y borrachinas; conversaciones que denotan la diferencia de edad, de vivir la homosexualidad y el nivel cultural; los problemas para encajar en un mundo maniqueo e intolerante... Todo presentado con tanta sinceridad como complacencia. Y de remate, esa manía de usar la literatura como vehículo de ciertas paradojas y sentimientos: no es que Ford abuse de este recurso, pero lo hemos visto demasiadas veces vinculado a dramas de este estilo. En corto y claro: no la recomiendo a menos que se esté muy, muy implicado/interesado en el tema.

Es curioso, al empezar e escribir no pensé que iba a destrozar tanto la película, síntoma claro de que no he admitido aún que equivoqué mi elección. Es lo malo del cine mediocre: en cuanto lo racionalizas parece peor de lo que es. Un hombre soltero no merece tanto descrédito, pero mi mente trabaja así, no puedo evitarlo.

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martes, 9 de febrero de 2010

Nominados a los Oscar 2010 o imprevista secuela de La guerra de los Rose

Este año los Oscar, además de la emoción propia de la ceremonia, poseen el morbo añadido de saber quién gana en esa particular batalla entre James Cameron y su inefable Avatar (2009) y Kathryn Bigelow con su solvente En tierra hostil (2009). Uno y otro representan los dos extremos del péndulo entre los que bascula Hollywood a la hora de conceder premios: títulos comprometidos, (calculadamente) transgresores y que reivindiquen con orgullo cualquier aspecto de la historia de Estados Unidos al estilo Bailando con lobos (1990), o espectáculos universales del tipo El Señor de los Anillos: El retorno del rey (2003). Tanto Cameron como Bigelow declaran que se alegrarán mucho si gana el otro; así que la espera se parece un poco a esos guiones --¿clásicos, malos, previsibles, trillados?-- en los que una disyuntiva universal se encarna y se resuelve en la intimidad de una relación particular.

Si Avatar no supusiera un hito tecnológico yo me decantaría por En tierra hostil como triunfadora de la noche, pero el filme de Cameron ya ha entrado en la historia del cine, así que lo normal es que salga bendecido con una lluvia de estatuillas. Y aunque a más de uno --incluido el que esto escribe-- le reviente, es necesario admitir que Cameron sabe qué teclas hay que tocar para que sus películas tengan una unánime y desmesurada reacción en el imaginario sensiblero del espectador medio. ¿O ya nadie recuerda lo pesada que estaba la gente con Titanic (1997), los hectolitros de lágrimas derramadas, la pantalla supurando pastelosidad e inundando el patio de butacas? Por eso y por otras muchas razones, para el premio a la mejor dirección, en contra de todo criterio práctico, yo voto por Bigelow.

Mi voto va señalado con un asterisco, el tuyo puedes dejarlo --como cada año-- en un comentario a esta entrada. ¡¡Suerte!! En azul el ganador.

Película
Avatar*
The Blind Side
District 9
An Education
En tierra hostil
Malditos bastardos
Precious
Un tipo serio
Up
Up in the air

Dirección
James Cameron por Avatar
Kathryn Bigelow por En tierra hostil*
Quentin Tarantino por Malditos bastardos
Lee Daniels por Precious
Jason Reitman por Up in the air

Actor
Jeff Bridges por Corazón rebelde
George Clooney por Up in the Air
Colin Firth por A Single Man
Morgan Freeman por Invictus*
Jeremy Renner por En tierra hostil

Actor de reparto
Matt Damon por Invictus
Woody Harrelson por The Messenger
Christopher Plummer por The Last Station
Stanley Tucci por The Lovely Bones
Christoph Waltz por Malditos bastardos*

Actriz
Sandra Bullock por The blind side*
Helen Mirren por The last station
Carey Mulligan por An education
Gabourey Sidibe por Precious
Meryl Streep por Julie & Julia

Actriz de reparto
Penélope Cruz por Nine
Vera Farmiga por Up in the air
Maggie Gyllenhaal por Corazón rebelde
Anna Kendrick por Up in the air
Mo’Nique por Precious*

Guión adaptado
District 9
An Education
In the loop
Precious*
Up In the air

Guión original
En tierra hostil*
Malditos bastardos
The Messenger
Un tipo serio
Up

Película de animación
Coraline
Fantastic Mr Fox
Tiana y el sapo
The Secret of Kells
Up*

Dirección artística
Avatar*
El imaginario del Doctor Parnassus
Nine
Sherlock Holmes
La Reina Victoria

Fotografía
Avatar, Mauro Fiore*
Harry Potter y el Misterio del Príncipe, Bruno Delbonnel
En tierra hostil, Barry Ackroyd
Malditos bastardos, Robert Richardson
La cinta blanca, Christian Berger

Diseño de vestuario
Bright Star
Coco: de la rebeldía a la leyenda de Chanel
El imaginario del Doctor Parnassus
Nine*
La Reina Victoria

Montaje
Avatar
District 9
El tierra hostil*
Malditos bastardos
Precious

Película en lengua extranjera
Ajami (Israel)
El secreto de sus ojos (Argentina)
La cinta blanca (Alemania)*
La teta asustada (Perú)
Un profeta (Francia)

Maquillaje
Il Divo
Star Trek*
La Reina Victoria

Música Original
Avatar, James Horner*
Fantastic Mr. Fox, Alexandre Desplat
En tierra hostil, Marco Beltrami y Buck Sanders
Sherlock Holmes, Hans Zimmer
Up, Michael Giacchino

Canción original
‘Almost There’, de Tiana y el sapo, por Randy Newman
‘Down in New Orleans’ de Tiana y el sapo, por Randy Newman
‘Loin de Paname’, de Paris 36, por Reinhardt Wagner y Frank Thomas
‘Take It All’, de Nine, por Maury Yeston*
‘The Weary Kind (Theme from Crazy Heart)’, de Crazy Heart, por Ryan Bingham y T Bone Burnett

Edición de efectos de sonido
Avatar*
El tierra hostil
Malditos bastardos
Star Trek
Up

Sonido
Avatar*
El tierra hostil
Malditos bastardos
Star Trek
Transformers: la venganza de los caídos

Efectos visuales
Avatar*
District 9
Star Trek

Cortometraje de animación
French Roast
Granny O’Grimm’s Sleeping Beauty
La dama y la muerte*
Logorama
A Matter of Loaf and Death

Cortometraje
The Door
Instead of Abracadabra
Kavi
Miracle Fish*
The New Tenants

Documental
Burma VJ
The Cove
Food, Inc.*
The Most Dangerous Man in America: Daniel Ellsberg and the Pentagon Papers
Which Way Home

Cortometraje documental
China’s Unnatural Disaster: The Tears of Sichuan Province
The Last Campaign of Governor Booth Gardner
The Last Truck: Closing of a GM Plant*
Music by Prudence
Rabbit à la Berlin

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lunes, 1 de febrero de 2010

Perversiones del ideal absoluto (La cinta blanca)

La culpa de todo la tuvo el charlatán de Hegel, que aseguró que el Espíritu Absoluto podía encarnarse en fenómeno histórico. La idea coló en la convulsa sociedad alemana de su tiempo, y los fascismos tomaron sus postulados al pie de la letra para convencer al personal de que los sistemas políticos también podían aspirar a la pureza y la perfección. El resultado: dos guerras mundiales y varias revoluciones obreras abortadas a sangre y fuego por acojonadas elites económicas. Eso no impide que Hegel sea para muchos sesudos y respetados filósofos contemporáneos el centro de sus reflexiones, y que en los temarios escolares de filosofía se le mantenga y se le analice con toda la seriedad del mundo. Al otro lado del cuadrilátero, Karl Marx, un hombre que se pasó años estudiando el pensamiento hegeliano para poder ridiculizarlo y evidenciar sus flagrantes carencias lógicas, no llegó a ver cómo sus discípulos quisieron llevar a la práctica su teoría de la historia con triunfo de la clase obrera y acceso al paraíso social incluidos. El balance también es bastante desastroso: colapso económico en decenas de países, millones de víctimas condenadas o ejecutadas por motivos ideológicos y un enorme fiasco político materializado --tras décadas de negacionismo interno y ceguera externa-- en 1989. Marx se ha quedado fuera de los temarios de la selectividad, pero, a diferencia de Hegel, ensayistas, historiadores, políticos y filósofos pasan de puntillas sobre sus escritos por temor a ser acusados de nostálgicos.



La cinta blanca (2009) es una obra madura y de madurez que disecciona, a partir de una serie acontecimientos y actitudes cotidianas, el sustrato ideológico-social de Alemania a las puertas de su entrada en la Primera Guerra Mundial. Un entorno agobiantemente pietista, unido a una obsesión racionalista por la rectitud y la bondad, acaban dando lugar a una juventud insensible al dolor y al sufrimiento ajenos, a una sociedad esquizoide en la que, bajo la apariencia de comunidad local bien cohesionada, se combate con violencia a quienes no encajan en un modelo social que perpetúa la desigualdad. La diferencia con la mayoría de filmes sobre el tema es que esta última parte del razonamiento debe recorrerla el espectador por sí mismo; Michael Haneke no lo ofrece troceado, rebozado y listo para consumir, ni pretende transmitir su propio punto de vista ético, ni ilustrar un momento del pasado a través de la clásica historia de amor, sino que espera colaboración activa al otro lado de la pantalla.

Como obra de arte, el filme nos devuelve la esperanza de un cine complejo, no necesariamente lastrado por una dramatización basada en arquetipos humanos: en primer lugar la filmación en blanco y negro, una elección que limpia la sala de espectadores con complejos; en segundo lugar, el modo de situar la cámara: siempre fija en cada escena, posibilitada para girar sobre sí misma pero no para seguir a los personajes en sus desplazamientos, como si por norma el punto de vista tuviese que definirse de antemano y no pudiera variar en función del desarrollo dramático. La fascinación por las imágenes de esta cámara autolimitada elimina la tentación de intercalar primeros planos de los actores, una costumbre o manía que suele quebrar la composición del plano medio (el campesino con su esposa recién muerta, cuando Martin --uno de los niños protagonistas-- va a buscar la vara con la que será azotado, el hijo del administrador que sabe que su padre viene a castigarle con brutalidad y aun así simula que está haciendo los deberes...). Coincidencias y similitudes que evocan indudablemente algunas obras mayores de Dreyer y Bergman, vinculando el filme de Haneke a esa prestigiosa tradición de cine nórdico hecho de estancias austeras, silencios significativos y diálogos solemnes. La diferencia crucial es que en La cinta blanca no se da esa (a veces buscada) opacidad argumental, ni esa sobrecarga simbólica, sino que todo lo llena una narración amena y ágil en riguroso estilo directo.

La narración posee la suficiente habilidad como para sugerir una serie de ideas complejas mediante un relato lineal, sin necesidad de exagerar dramáticamente ciertos momentos de ni de reforzar la significación en determinadas escenas clave; la historia apenas contiene dos o tres concesiones a la ficción. Incluso desde un punto de vista histórico resulta convincente su recreación de la vida de un pueblecito alemán a principios del siglo XX: el enorme poder que todavía conservaban los caciques locales, y las rígidas jerarquías sociales que eso implicaba; la inexistencia de una clase media (el médico, el maestro, son seres aislados de la pirámide social), el tratamiento verosímil y nada romántico de los noviazgos... Aspectos que mejoran gracias a las interpretaciones de los actores (contenidas, sin los habituales tics dramáticos), que contribuyen a la verosimilitud del relato. Filmes como estos sólo se ruedan en la cima de la popularidad --como le pasó a Spielberg con La lista de Schindler (1993)-- o en plena madurez artística, como le ha sucedido ahora a Haneke (con la eficaz y notoria colaboración de Jean-Claude Carrière en la dramatización del guión). Un filme que debe enorgullecer al cine alemán y, por extensión, al europeo.

Hace poco volvía a mencionar esa especie de maldición que Gimferrer lanzó sin saberlo a la narración cinematográfica, acusándola de permanecer anclada al decimonónico estilo dickensiano; por fortuna esta vez hemos topado con un título que estrecha el enorme abismo que se abre entre las vanguardias literaria y cinematográfica. No exagero cuando afirmo que La cinta blanca se puede equiparar en muchos aspectos a las fascinantes ficciones de José Saramago. El cine acumula un retraso de casi un siglo, así que ya va siendo hora de ponerse al día.

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