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lunes, 12 de marzo de 2012

Antología de primeras escenas: 3. Cyrano de Bergerac

1. Reservoir dogs
2. Arizona baby

La primera escena de Cyrano de Bergerac (1990) de Jean-Paul Rappeneau es un prólogo ejemplar de veinte minutos que alcanza, de forma brillante y modélica, todos los objetivos que se exige a cualquier arranque de ficción narrativa. En primer lugar, sin duda lo más importante y complicado, logra que el espectador asuma como algo «natural» que los actores se expresen empleando versos rimados (respetando el original teatral de Edmond Rostand). Precisamente aquí se encuentra la principal diferencia --y originalidad-- respecto a otras adaptaciones al cine de textos teatrales: trasladar a la pantalla un espectáculo concebido para el escenario, no los meros sucesos que describe el argumento; convertir en imágenes la historia del caballero Cyrano (1619-1655), conservando al máximo los elementos formales de la obra (estrenada en París en 1897): el esquema narrativo que abarca cada uno de los actos y el valor literario de sus diálogos en verso. De ambos retos la película de Rappeneau sale airosa: los guionistas (y también los dobladores, en este caso españoles, a quienes supuso una ardua tarea de adaptación/traducción), consiguen un texto verosímil y fluido a pesar de los condicionamientos poéticos, interpretado con naturalidad, sin el empaque teatral un tanto acartonado de, por ejemplo, otras adaptaciones shakespearianas --Enrique V (1946), Hamlet (1948), Ricardo III (1956)-- de Laurence Olivier. En el filme de Rappeneau los intérpretes consiguen que unos alejandrinos suenen como habla natural, sirviendo tanto para conversaciones cultas, populares, momentos de acción (el duelo con espadas está resuelto con una perfección formal que lo hace difícilmente superable) o románticos, expresando humor, ternura o tristeza sin pérdida de intensidad. Hay que señalar, una vez más, que buena parte de este mérito se debe a la alargada sombra de Jean-Claude Carrière (coautor con Rappeneau de la adaptación), probablemente el mejor guionista francés de todos los tiempos.



La película comienza en el mismo lugar que la obra de teatro: un abarrotado Hôtel de Bourgogne (uno de los tres teatros más importantes de París en el siglo XVII) en el que se recrea con notable fidelidad la inefable combinación de ambiente festivo, juerguista, zafio, pícaro, literario y de refinado estilo caballeresco que era en aquella época el espectáculo teatral. Tras introducir al espectador en la escena, a través de los ojos de un niño, que observa fascinado todo lo que le rodea, conocemos a los principales personajes: Ragueneau, el pastelero-poeta, admirador del arte y el desparpajo de Cyrano; la bella Roxanne, prima del protagonista; el conde de Guiche, el noble que la protege y enamorado de ella en secreto; el vizconde de Valvert, pretendiente actual de Roxanne. Un primer clímax se produce tras la entrada en escena del protagonista, admirablemente encarnado por Dépardieu --para mí el mejor trabajo de su carrera--, rigurosamente basada en los mismos elementos definitorios del original literario: culto, leído, locuaz, sensible, sarcástico, hábil en el manejo de la espada, moral libertina, ética igualitarista, crítico con el poder y defensor a ultranza de sus opiniones, de la belleza y de la literatura (romántica). Su interpretación ágil y nada teatral compatibiliza perfectamente --y probablemente se aproxima como pocas-- las exigencias de la ficción cinematográfica contemporánea con la mitología impuesta por el estilo neorromántico de Rostand. Veinte años después, el Cyrano de Dépardieu se puede apreciar y disfrutar como un personaje actual: el típico chulo que se mueve en ambientes bohemios (la única diferencia es que en 1640 iban armados y ahora visten trajes llamativos) sin renunciar a sus pasiones artísticas e ideales amorosos.

La escena arranca con una representación teatral que posee un morbo añadido: Cyrano ha prohibido al actor de moda Montfleury que subiera a los escenarios durante un mes, debido a su pésimo nivel interpretativo, pero el estreno de esa noche no respeta ese plazo. Al evento asiste también su prima Roxanne --de la que Cyrano está enamorado en secreto y no se atreve a confesárselo debido a su complejo de narizotas-- que puede ver (y disfrutar) el desparpajo que despliega su primo, impidiendo el inicio de la obra, aunque eso suponga enfrentarse a toda la platea. No obstante, su verborrea, entre crítica y divertida, y sus réplicas ocurrentes y veloces consiguen poner al público de su parte. Al final la trifulca desemboca en un duelo con el vizconde de Valvert, quien, por quedar bien ante el conde de Guiche se enfrenta a Cyrano con evidente torpeza. El enfrentamiento verbal --calcado del texto original-- resulta cómico y dramático a la vez, cuidadosamente coreografiado en un decorado abarrotado de figurantes, como esas escaramuzas sin violencia de sábado por la noche entre jóvenes, que empiezan como una broma --Cyrano puntúa cada puya y cada mandoble con un ocurrente pareado improvisado-- y acaban en tragedia. Actores, diálogos, ritmo, montaje... todo encaja a la perfección en esta larga y magistral primera escena de Cyrano de Bergerac.

Desde el punto de vista argumental, Cyrano de Bergerac mantiene intacto su valor como adaptación literaria modélica; en cambio, su argumento de comedia romántica, es del todo punto insostenible. Se puede disfrutar de él como una buena actualización de un producto del pasado, sin relación ni provecho más allá de los méritos formales y artísticos (insuperados). Probablemente, a finales del siglo XIX, Rostand hiciera suspirar a mujeres de toda edad y condición, incluso derretiría a algunos ilustres caballeros con desarrollados sentimientos románticos no declarados o no admitidos, pero desde luego la audaz sustitución que propone Cyrano al enamorado Christian carece de una mínima base real; es infantil e inmadura. Aunque hay que admitir que el final es coherente con esta impostura: la infelicidad total de todos los afectados por culpa de sus altas expectativas y la obligación sentimental de un ideal amoroso absoluto (sin duda esto no entraba en los planes de Rostand, que aspiraba básicamente a emocionar; esta lectura más relativista se desprende de un contexto actual menos dado a idealismos en materia de amores y desamores). Curioso este Cyrano de Rappeneau, reducido hoy día a un improbable descubrimiento por parte de ingenuas audiencias adolescentes o para deleite formal de adultos descreídos...




http://sesiondiscontinua.blogspot.com/2011/12/antologia-de-primeras-escenas-3-cyrano.html
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