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domingo, 18 de diciembre de 2011

Rígida denuncia de la rigidez (Nadie sabe nada de gatos persas)

En el cine iraní contemporáneo Asghar Farhadi es el integrado y Bahman Ghobadi el apocalíptico (en el sentido de subversivo, no el que originalmente le daba Umberto Eco en su famoso libro). A los dos les va muy bien, pues de momento cada filme que estrenan obtiene galardón en algún prestigioso festival occidental. La principal diferencia es que el primero aprovecha cinematográficamente las escasas grietas que permite el rígido sistema político-religioso iraquí (sin dejar clara su postura personal, pues a él lo que le interesa es narrar), mientras que Ghobadi --que además es kurdo de nacimiento y eso explica en parte su militancia política-- trata de sacar a la luz, por esas mismas grietas, el mundo que el régimen de Mahmud Ahmadineyad intenta mantener oculto bajo toneladas de obsoleta y quisquillosa jurisprudencia religiosa. En esta batalla por la reivindicación Ghobadi triunfa básicamente fuera de sus fronteras, sin que se aprecien reacciones oficiales a su cine incómodo. Farhadi, por su parte, completa la paradoja de un cine iraní que vive un gran momento creativo e industrial, desmintiendo el tópico que sostiene que, en condiciones de falta de libertad, la creatividad oficial se ve lastrada, mientras que el cine clandestino hierve en hallazgos formales y dramáticos. De momento, en el cine iraní, la noticia es que apocalípticos e integrados gozan de excelente salud.



Nadie sabe nada de gatos persas (2009) es un filme con un sólido esquema narrativo que aprovecha al máximo las ventajas de una mínima trama de ficción, impidiendo que el resultado sea considerado como lo que en realidad es: un documental acerca de los músicos proscritos en el Irán actual: pop, rock, heavy, folk, rap... Pero también sobre las consecuencias prácticas --naturalizadas y asumidas con el tiempo-- que adoptan esos mismos grupos para salvar el día a día de su continuidad artística. De entrada, las mujeres tienen prohibido actuar como solistas --como mucho la legislación permite un coro femenino-- porque su voz podría incitar al pecado, los recursos de estilo se afilan para decir lo que no se puede decir en las letras, las alternativas para actuar en directo cuando no llegan los permisos oficiales, la impotencia ante conciertos interrumpidos por la policía, la posibilidad real de acabar en la cárcel por tocar según que músicas... La música de raíces occidentales, pasada por el filtro de la tradición y la cultura persas, es hoy una importante válvula de escape para la juventud iraní, y quién sabe si el germen de algún cambio de mayor calado.

La película cuenta la historia de Negar y Ashkan, dos jóvenes músicos que además son pareja y que, tras su última estancia en la cárcel por atentado contra la moral pública, tratan de reunir un grupo con el que dar una serie de conciertos en Europa occidental. La práctica totalidad del filme consiste en el repaso que hacen con Nader --la persona que les gestiona sus pasaportes y visados de salida falsos y les organiza un último concierto en Teherán-- de los diferentes intérpretes y estilos musicales del Irán contemporáneo, mostrando su vitalidad y variedad. De paso retrata los obstáculos para ensayar, la incomprensión familiar, sus estrategias de supervivencia y la constante amenaza de la policía. Cada escena es una visita de los protagonistas para escuchar a un grupo, del cual les han recomendado a uno de sus miembros para su propio grupo. Mientras interpretan cada canción, asistimos a un impactante montaje acelerado tomado de escenas de la actualidad urbana iraní: un país que posee todos los signos externos de la modernidad occidental (entorno urbano consolidado, problemas de tráfico, tecnología digital, desigualdad social, pobreza, convivencia de generaciones con una moral práctica opuesta); en definitiva, todo un estilo de vida decadente, si no fuera por las leyes religiosas que tratan de reconducir toda esa modernidad hacia algo (que ni el mismo gobierno sabe) compatible con los dogmas más ortodoxos del islam. También aparecen algunos intérpretes consagrados grabando su música de forma clandestina, siempre desenfocados, como una especie de metonimia que expresa la invisibilidad de su arte (al final sí que aparecen como actores, aunque nunca tocando ni cantando).

Pero sobre todo hay una escena particularmente significativa: cuando Nader debe acudir al juzgado, acusado de poseer películas occidentales con contenidos obscenos (en realidad clásicos de Hollywood), esquiva el castigo a base de apasionados propósitos de enmienda que todos (incluido el juez, cuyo rostro está inteligentemente elidido en la pantalla) sabemos que son falsas. La verborrea imparable de Nader aturde más que convence al juez, y así consigue minimizar su condena, convirtiéndola prácticamente en una regañina sin importancia. Nader sale del interrogatorio apenas preocupado por las consecuencias de la citación y de la multa impuesta, sabiendo que ha interpretado un papel que, cada tanto, debe desplegar ante la justicia oficial. Da la sensación de estar viviendo una mentira, tan grande que alcanza incluso a los funcionarios que se supone deben ejercer la vigilancia de una moral en la que ni ellos mismos creen. Nader actúa (y también Ghobadi) convencido de un inminente derrumbe moral que demostrará que tiene razón. Probablemente es una impresión subjetiva del cineasta, pero estoy seguro de que posee una base, quizá no tan amplia como da a entender el filme, ciertamente real.

En conjunto, el objetivo está más que alcanzado: Ghobadi reivindica ante los suyos y el complaciente público occidental la vitalidad musical de una sociedad atrapada en un corsé religioso que le impide respirar con normalidad (más o menos como España con el franquismo y su obsolescencia costumbrista durante los años sesenta del siglo pasado), en la que ni siquiera falta una apasionada reivindicación de Teherán como laboratorio vanguardista de la música actual por parte de un grupo de rap, cuyo líder renuncia a marcharse con Negar y Ashkan porque prefiere seguir luchando por su arte en su ciudad natal, aunque sea de forma marginal y clandestina. Es la única escena en la que Ghobadi se permite un toque lírico que le asimila, en contraste con su elevado tono crítico, a un integrado defensor de la cultura patria.

Aun así, Ghobadi necesita un golpe de efecto final, un epílogo que impacte al espectador y borre la impresión de buerrollismo ideal/irreal que preside la convivencia diaria de esa juventud clandestina, un gesto dramático que compense el hecho de haber pasado de puntillas ante la imposible asimetría en las relaciones entre los dos protagonistas (que se supone que son una pareja moderna que no está para convencionalismos religiosos y sin embargo cumple estrictamente en lo que se refiere a moral sexual y sentimental), un asunto que Ghobadi renuncia a tratar de forma transgresora. Ese final destaca la generosidad y el sacrificio (a veces inútil) por una idea que se supone dará sus frutos en el futuro. Es el único momento en el que la ficción se adueña de la película, y ciertamente lo hace con convicción, mostrando una parte de la realidad iraní que seguramente muchos negarían o preferirían evitar mirar de frente. Cerrar la historia de un modo más neutro equivaldría a dejar al espectador con la sensación de que le han colado un documental, y sin embargo, gracias a esa clausura (maniquea e ingenua, es cierto, pero también dolorosa y verosímil), comprendemos que Irán es mucho más de lo que dicen los informativos occidentales y bastante menos de lo que asegura Ahmadineyad.

Nadie sabe nada de gatos persas es una película naïf y directa, con un rígido esquema narrativo que sabe lo que quiere contar y se aplica a ello sin demoras ni desvíos. Una mayor dosis de ficción y de drama la habrían convertido en una especie de Salaam Bombay! (1988) del siglo XXI. De momento, debido al estilo más artístico que político de su cine, podríamos considerar a Ghobadi como el Tony Gatlif kurdo; aunque su verdadero objetivo yo diría que es convertirse en el Ang Lee del cine iraní.


http://sesiondiscontinua.blogspot.com/2011/12/rigida-denuncia-de-la-rigidez-nadie.html
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