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martes, 26 de abril de 2011

Bonitos fuegos artificiales (Rio)

De las tres grandes productoras que invierten periódicamente en animación digital (Disney, DreamWorks y BlueSky/Twentieth Century Fox), quizá sea esta última la que más flojea en cuanto a creatividad (que no dominio de la técnica de animación digital, que en eso ya no hay prácticamente diferencias). De los creadores de la saga Ice Age (2002, 2006, 2009) y Robots (2005) se estrena ahora Rio (2011), una historia similar a sus predecesoras con un cambio radical de decorado: desde el helado cuaternario saltamos a las cálidas playas brasileñas.

La película narra la historia de un guacamayo --el último de su especie-- que no sabe volar y que viaja con su dueña a Rio de Janeiro para aparearse con la última hembra de su especie. Animales y humanos viven una aventura paralela en la que, como ya es habitual en muchos géneros, pero más en este de claros objetivos pedagógicos, todos salen renovados de la experiencia, ya sea modificando radicalmente su carácter, tomándose la vida de otra forma y/o superando un trauma infantil (como es el caso de Blu, el pájaro protagonista).



Rio se deja ver sin problemas, entretiene a pequeños y no tan pequeños, pero lo hace mediante un guión que no se sale de los tópicos de eficacia más que probada (superación, sinceridad, blandenguería dosificada), sin destacar por nada en especial. Ninguna escena se nota planificada específicamente para lograr un efecto, los personajes responden estrictamente a sus funciones dentro del relato (quizá la única excepción sea Rafael, el bulldog baboso) y, por encima de todo, una lamentable ausencia de gags, de detallitos menores en forma de diálogos o imágenes en segundo plano que complementen la acción principal. Es cierto que a pesar de estas ausencias la historia fluye con ritmo, marcando adecuadamente cada parte de la narración, pero lo hace sin encanto, recurriendo únicamente al humor visual y a la acción (no necesariamente trepidante).

Todos estos detalles sin duda no resultan imprescindibles al público objetivo de la película, pero sí a los adultos acompañantes que acumulamos a estas alturas suficiente cine infantil y juvenil en nuestras retinas. No basta con pasar el rato, necesitamos algo más, y hay otras productoras que han demostrado que es posible compatibilizar ambos retos.


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martes, 19 de abril de 2011

A diez segundos de la comedia romántica (Happythankyoumoreplease)

Debut en la gran pantalla de Josh Radnor, más conocido entre el público televisivo por la serie Cómo conocí a vuestra madre y otros productos similares de la sitcom. Aparte de su reputación bien afianzada como actor cómico, ahora Radnor demuestra sus cualidades como guionista y director, facetas ambas en las que exhibe detalles prometedores. Tampoco es que para esta película se haya desplazado excesivamente de su territorio habitual, pero se nota que ha querido transmitirle un toque que --desde su punto de vista-- considera que le falta al actual romanticismo teñido de humor. No estamos ante un cambio radical de estilo ni nada de eso, simplemente una aportación personal que deberá consolidarse en el futuro.

La película narra la historia de tres relaciones de treintañeros: una que surge durante la película (formada por el propio Radnor y Kate Mara, mi nuevo fetiche del mes), otra que está a punto de alcanzar el ecuador de su nivel de compromiso y otra que trata de abrirse camino a pesar de ciertos desastrosos y respectivos precedentes. Tres momentos cruciales en todo romance que, con los consabidos contrapuntos cómicos, aportan el clásico punto de vista indie y coral a esta producción primeriza.



Happythankyoumoreplease (2010) --así, escrito todo junto-- me parece una película conscientemente contenida, precisamente para evitar caer en el adocenamiento acaramelado. Y es que a veces bastan diez segundos sobre la mesa de montaje para marcar la diferencia: finalizando la escena cuando ya sabemos que habrá reconciliación, beso o intercambio de frases emotivas, evitando recrearse en la obviedad pastelosa; o retrasando ese mismo tiempo la entrada de la música en los momentos perfectos. Radnor sabe que transita por un género que se ha convertido en una autopista, razón por la cual es difícil distinguirse del resto, así que al menos evita caer en los mismos errores y tópicos. Si además de todo esto, sucede que esos mismos momentos perfectos te pillan con la guardia baja y la emotividad se cuela por la puerta de atrás gracias a unos diálogos originales (modificaciones moleculares que hacen que, un segundo después de enamorarte del tipo que no te va en absoluto, le veas completamente diferente e incluso atractivo) pues es seguro que la película ha cumplido su función con creces.

Mención final, una vez más, para la banda sonora, cuidadosamente seleccionada entre un gran repertorio de bandas acústicas (de esas cuyos poco conocidos nombres gustan de exhibir los iniciados) y letras con la dosis adecuada de languidez soñadora y ritmo evocador. No había pasado ni una hora desde que salí del cine que ya la tenía como lista personalizada en mi Spotify. Me sorprende que los productores no se hayan molestado en publicarla de forma oficial en esta plataforma porque es una inmejorable mercadotecnia viral.

En fin, que Happythankyoumoreplease consigue evitar convertirse en la pastelada romántica al uso, y sin ser desopilante ni de argumento completamente original al menos presenta tipos humanos creíbles en sus contradicciones. Respiro aliviado: todavía hay esperanza para un género amenazado por el colapso.


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lunes, 4 de abril de 2011

Revelaciones calculadas (Incendies)

Con Incendies (2010) del canadiense Denis Villeneuve topamos de nuevo con un guión diseñado específicamente para provocar reacciones en el espectador, quizá no tan milimétricamente calculado como Slumdog millionaire (2008), pero sí lo suficiente para no dejar indiferente. Se trata de una adaptación del texto teatral del dramaturgo canadiense de origen libanés Wajdi Mouawad que repasa sin pudor las secuelas generacionales de un conflicto político y religioso que asoló su país durante los años setenta del siglo XX.

Igual que el oscarizado filme de Danny Boyle, Incendies sólo se disfruta enteramente la primera vez que se ve; el aspecto humano puede que conmueva profundamente en más de una ocasión, pero ese no me parece el auténtico centro de la historia. También hay que tener el cuenta la ambientación en una cultura ajena y una guerra lejana que revela lo peor del ser humano pero resulta ideal para la ficción narrativa. Incendies plantea desde el primer minuto un enigma bien trabado en forma de búsqueda en el pasado de una madre muerta que debe redimir a sus hijos, un enigma tan inverosímil como eficaz, tan exagerado como cruelmente contenido. Parece ser una especie de norma en narraciones de origen no occidental, una combinación de la que ya me ocupé en otro texto y que sigue dando buenas películas.



En esta ocasión, el conflicto humano está mucho más marcado que en Slumdog millionaire, donde casi todo eran golpes de efecto y algún que otro momento estremecedor. En el filme de Villeneuve, en cambio, especialmente a partir de la segunda mitad, no hay segmento que no finalice con una importante revelación; especialmente dos: el desenlace de la escena del autobús --que provoca un mal rollo tremendo-- y la conversación de la hija de la protagonista con el antiguo carcelero de su madre. No tanto por el contenido de la información a la que accede sino por el plano sostenido sobre el rostro de la actriz (Mélissa Désormeaux-Poulin), totalmente convincente y demoledor. Quizá tanta revelación, y el hecho de estar conscientemente dosificadas --que no perfectamente ocultas hasta el momento mismo de darse a conocer al espectador-- hagan que el efecto final parezca más irreal de lo que podría haber sido, pero no resta méritos a la originalidad de la historia.

Un par de apuntes para terminar: el primero la omisión deliberada de toda mención a Líbano (el país donde transcurre la historia; aunque cualquiera un poco informado sabe cuál es), quizá con la pretensión de alcanzar la misma vigencia y universalidad de Z (1969) de Costa Gavras; una decisión que enfría la carga crítica. En segundo lugar un detalle sobre la banda sonora: Villeneuve declaró en una entrevista que cuando vio la obra teatral de Mouawad sintió la misma sacudida interior que cuando vio Apocalypse now (1979); y quizá algo de esa impresión se ha debido trasladar a la banda sonora, porque la película comienza con una escena que recrea el mismo extrañamiento visual que usó Coppola, sólo que en lugar de The Doors escoge You and whose army? de Radiohead, que contiene unos acordes finales totalmente doorseanos.


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