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lunes, 31 de octubre de 2011

Con licencia para la espectacularidad (Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio)

1. Soy un declarado fan de todo lo relacionado con Tintín, así como de la abundante literatura que ha generado el personaje (homenajes, estudios, versiones, exposiciones...). Eso sí, ese fervor tintinesco, forjado en lecturas y relecturas adolescentes de sus aventuras en infinidad de tardes veraniegas, no impide que esté abierto a otras aportaciones ajenas, a pesar de la Fundación Moulinsart (la gestora universal de los derechos de autor) y su férrea vigilancia pseudopolicial de la obra de Hergé. El conjunto no destaca precisamente por su brillantez y originalidad: para empezar, la versión novelada --Tintín en el nuevo mundo (1994) de Frederic Tuten, hoy prácticamente inencontrable-- es francamente decepcionante, así como los dos únicos precedentes cinematográficos en acción real --Tintín y el misterio del toisón de oro (1962) y Tintín y las naranjas azules (1964)-- reinvindicados ahora en DVD con estuche de coleccionista como si fueran grandes rarezas u obras incomprendidas, cuando en realidad es como si nos congratuláramos con una edición especial de Los bingueros. El montaje del director. Por el camino quedan algunos largometrajes de dibujos animados que poseen el interés de ser las primeras aportaciones cuando todavía su autor (y su personaje) estaba en activo: El asunto Tornasol (1964), Tintín en el templo del sol (1969) y Tintín en el lago de los tiburones (1972), la única aventura de Tintín concebida originalmente para la gran pantalla (aunque luego se convirtió en álbum). Por último, destaca la adaptación televisiva de las aventuras de Tintín (excepto los dos primeros títulos, debido a su ingenuidad, anticomunismo y apología del colonialismo) llevada a cabo por Nelvana en 1991-1992, que brilla a gran altura, no sólo por la fidelidad del dibujo, sino por las modélicas adaptaciones de las historias y la coherencia del universo tintinesco en su equivalente audiovisual.



2. Eso nos lleva al debate sobre la fidelidad de una adaptación, en este caso al «espíritu de la obra de Hergé». Los seguidores más fervientes se aferran a los 24 álbumes y a su carácter de obra maestra inmodificable y no actualizable. Bien, es su opción; que la disfruten. Yo, por mi parte, no dejo de admirar el personaje, su mundo y su perfección técnica, ya sean los cómics originales o las versiones de todo tipo. Por eso me relamí cuando Steven Spielberg y Peter Jackson anunciaron que se harían cargo de la primera incursión moderna de Tintín en el largometraje de ficción, porque el primero promete acción y espectáculo (algo a lo que no es ajeno la obra de Hergé) y el segundo tiene en su haber la modélica adaptación (formal y de estilo) de El Señor de los Anillos (2001, 2002, 2003). Me parece lógico y coherente que los tintinófilos ortodoxos no vayan a ver la película de Spielberg, pero no entiendo que se dediquen a crucificarla por herejía sin tener en cuenta algunos de los grotescos precedentes de los que partimos. Los tintinófilos no tan puristas, en cambio, aprovechamos la ocasión para pasar un buen rato de entretenimiento digno y, quizá, de rebote, lograr interesar en los álbumes en papel a alguno de los menores a los que acompañamos (en mi caso el objetivo ya había sido más que parcialmente alcanzado).

3. Las aventuras de Tintín: el secreto del Unicornio (2011) es una adaptación meritoria de El cangrejo de las pinzas de oro (1940-41) y El secreto del Unicornio (1943), con sus tramas convenientemente mezcladas para obtener algo parecido a un enigma moderno que permita explotar las bondades argumentales del encuentro entre Tintín y Haddock (un hallazgo que mejoró notablemente la calidad de los álbumes posteriores). Para esta labor, director y productor se han gastado una pasta contratando a tres de los mejores guionistas del momento --Steven Moffat, Edgar Wright y Joe Cornish-- pensando que si el resultado no era interesante desde un punto de vista de guión, los fans rebajarían el valor de la producción en general y no le darían el visto bueno como producto «oficial». Por donde no habrá ninguna queja es por el lado de la espectadularidad: aparte del 3D y las bondades del motion capture, el filme no deja que la acción decaiga un minuto gracias al ritmo acelerado (propio del género) que le imprime su director. A la espectadularidad de las persecuciones (la que tiene lugar en la ciudad de Baggar es impresionante; la de las grúas, en cambio, sí que se sale de lo que daría de sí una aventura de Tintín) hay que añadir los movimientos de cámara imposibles que hacen la experiencia todavía más gratificante. En cuanto a la capacidad de la obra para trasladar el espíritu del personaje al cine, la verdad es que todo se queda en lo habitual en estos casos: unos cuantos guiños y algunos detallitos en forma de sutil referencia a otros álbumes para disfrute de los iniciados. La fidelidad a las historias de Hergé es imposible, porque no las aceptaríamos en pantalla tal y como están en papel: demasiados giros propios de las historias por entregas (el formato original en el que se publicaron la mayoría), escaso rigor en las causas y efectos de cada suceso (excepto en los últimos álbumes donde es todo lo contrario). La serie televisiva es la prueba perfecta del gran trabajo que requiere convertir en imágenes las historias de Tintín; el caso de Tolkien no es comparable, ya que la trilogía adaptada por Jackson es un ejemplo de novela dickensiana que se deja convertir porque el cine también posee un registro equivalente de narración clásica.

4. El proyecto, si la respuesta es lo suficientemente rentable, es adaptar todos los álbumes que siguen a estos dos, alternándose Spielberg y Jackson en la dirección. No creo que lo lleguen a completar; en todo caso exclusivamente dirigido por ellos dos, pero aun así estaré muy atento a las versiones de los que considero los mejores ábumes de Tintín: El asunto Tornasol (1954) y Stock de coque (1956), éste último mi favorito indiscutible, dos obras de arte que rozan la perfección narrativa y formal; pero también Tintín en el Tibet (1959), la favorita de su autor por razones muy personales, o Tintín y los Pícaros (1975), el último volumen completo de la serie, con un protagonista ciertamente apagado y apático que cede la iniciativa a todos sus amigos secundarios. Trasunto total del último Hergé.


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miércoles, 19 de octubre de 2011

Doloroso tránsito del mito a la realidad (Pa negre)

Admito que Pa negre (2010) acumulaba de entrada demasiados prejuicios: es un filme de ambiente rural, situado en un pueblo del interior de Catalunya durante los primeros años del franquismo, en pleno auge represor y de venganzas vecinales; está protagonizado por adolescentes, para aprovechar el subjetivo y necesariamente sesgado punto de vista que proporcionan a la narración; y, finalmente, está rodada en catalán, un aspecto irrelevante que sin embargo (a estas alturas de siglo) sigue despertando suspicacias en amplios sectores de la audiencia. Por fortuna, todos ellos se evaporan tras la primera e impactante escena (quiero pensar que no mataron a ningún caballo para rodarla, porque lo cierto es que las imágenes dejan poco margen de duda y resulta muy convincente). Pa negre no es un título más del género dedicado a la guerra civil española al estilo de Las largas vacaciones del 36 (1976), La bicicletas son para el verano (1984) o Dragon Rapide (1986), por poner ejemplos clásicos y no recurrir a híbridos como La vaquilla (1985), Biba la banda (1987), ¡Ay Carmela! (1990) o, incluso, El laberinto del fauno (2006). Y aunque no deja de tener numerosos elementos en común con algunas, evita con maestría la mayoría de los tópicos del género.



Pa negre (2010) es un drama sólido que no pierde nunca de vista la historia que tiene entre manos, narrado con ritmo, sin recrearse en perplejidades ni en los elementos fantásticos, que son precisamente las principales víctimas en esta historia de descubrimientos. Si a eso añadimos el excelente nivel de interpretación del reparto (empezando por las colaboraciones de Eduard Fernández, Sergi López y, sobre todo, Laia Marull, y terminando con el propio protagonista, Francesc Colomer) y la dosificación del suspense, pues es poco probable que deje indiferente. El filme narra la historia de Andreu, un niño cuyo padre debe esconderse debido a sus ideas durante la contienda civil. A pesar de su corta edad, debe sobreponerse a su precipitada huida (aparentemente para siempre), detención, encarcelamiento y condena; y siempre, tras cada uno de esos momentos dolorosos, en lugar de ahondar en el drama lacrimógeno, nuevas revelaciones provocan un giro a la historia que incrementa la intriga acerca de los verdaderos motivos que se ocultan tras tanta crueldad... Una incertidumbre que no se resuelve hasta los devastadores 30 segundos finales. No hay que olvidar que está basada en la novela del mismo título de Emili Teixidor, un veterano narrador de dilatada trayectoria; y es precisamente esa sólida base literaria la que acrecienta los dos principales méritos de Agustí Villaronga (el director): la adaptación del guión y haber dado con el tono y el ritmo adecuados para su desarrollo.

Gracias a la candidatura española para los Oscar 2010, la película ha conseguido alargar su carrera comercial, con razonables opciones de alcanzar la nominación final, ya sea por argumento --completamente universal y homologable-- o por factura técnica y artística. Los profesionales de la Academia se felicitan porque --y es cierto-- en su elección ha brillado el criterio único que debe guiar toda candidatura: la calidad cinematográfica; los políticos y los medios catalanes, por su parte, se felicitan porque una película hablada en catalán y rodada en Catalunya se proyectará en Hollywood y obtendrá la posibilidad de una difusión más internacional. Eso sí, en caso de triunfo final deberemos asistir a la enésima exhibición de orgullo oficial de unas instituciones que no han tenido nada que ver con el éxito del filme (salvo su financiación) pero que se subrogan más mérito del que les corresponde, destacando --con su demagogia y ceguera habituales-- sus bondades como instrumento de normalización lingüística (como si su valor cinematográfico fuera secundario). En realidad, quien sale ganando son los profesionales del cine catalán (artistas y técnicos) y el público, que puede disfrutar de una película que debería marcar una senda para los nuevos (y no tan nuevos) creadores cinematográficos de Catalunya, y por sus alrededores también...


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miércoles, 5 de octubre de 2011

Machacando al tópico (Haz lo que debas)

Aunque Nola Darling (1986) fue su primera obra interesante, no fue hasta tres años despues, con Haz lo que debas (1989), cuando Spike Lee se dio a conocer entre las grandes audiencias. ¿La razón? Que los grandes de Hollywood apostaron por un talento emergente que, casualmente, no estaba para tópicos ni blandenguerías sobre la cultura afroamericana. No sé si fue un gol que les metieron o que se dejaron marcar, pero el caso es que por fin pudimos ver un filme donde afloraba una cultura (marginal por marginada) oculta tras toneladas de tópicos y tonterías en los argumentos habituales del cine comercial. Lee decidió poner fin a una serie de arquetipos que llevaban décadas enquistados, sin que nadie se atreviera a cuestionar y/o renovar. Los negros en el cine estadounidense se habían limitado desde 1945 a ser meros comparsas en comandos militares ultraespecializados y aventuras equinocciales; tíos raros aunque leales y llenos de buenos sentimentos en dramas lacrimógenos; secundarios-comparsas convertidos en víctimas ideales del bicharraco alienígena de turno. Pero sobre todo, desde 1980, la pantalla abusaba del negrata enrollado: jóvenes estrafalariamente vestidos, a tono con sus teorías sobre el mundo y su ética, y con una verborrea inagotable hecha a partes iguales de jerga y rap (cuanto más combativo y menos conocido, mejor. La película de Lee puso de moda a Public Enemy); algo así como la versión urbana del gitano en el cine español durante más de cinco décadas (sin que podamos decir que ha quedado desterrada). Una de las cosas buenas de Haz lo que debas es que no trata de combatir la existencia del tópico, sino mostrar un retrato que incluya la variable social (omitida por el cine comercial), especialmente las contradicciones que habitan tras una fachada tan luminosa

Haz lo que debas es una película inteligente, y por eso se presenta como lo que no es: una comedia al uso, igual que los filmes que trata de desmontar. Para empezar, mantiene la unidad de espacio --el degradado Bed-Stuy (Brooklyn) de los años ochenta--, de tiempo --un caluroso día de verano-- y un narrador/aglutinador --el DJ de una emisora de radio local que puntúa la historia-- que facilitan la identificación. En segundo lugar, recurre a prácticamente toda la galería de personajes negros del cine estadounidense de los últimos cuarenta años: los jóvenes airados y zumbados, los militantes de la causa, hoscos y silenciosos, el tendido de los sastres del barrio, formado por haraganes y fantasmones, la viejita malhumorada, el patriarca borrachín; incluso los blancos que fingen no tener prejuicios raciales y los que sí los tienen y no lo fingen. Por lo visto no fue suficiente la catarsis populista de la serie Raíces (1977), porque determinadas cosas continúan sorprendiendo en Haz lo que debas.



Pero no es sólo una vuelta de tuerca (o un ajuste de cuentas, según se mire) con todo un género que Hollywood había banalizado hasta convertir la cultura afroamericana urbana en una parodia, es también una obra que maneja con aplomo el tiempo narrativo, revelando el estilo de un cineasta que no es únicamente un activista. El filme alterna constantemente sucesos cómicos, discusiones y pequeños conflictos latentes, pero siempre sin que llegue la sangre al río. Así prácticamente toda la película, hasta que nos convencemos de que la tensión racial y las diferencias, a pesar de resultar una evidencia problemática, no impiden una convivencia de baja calidad. Hasta que en los últimos diez minutos el sentido de la historia cambia radicalmente debido a un incidente estúpido, quizá inicialmente divertido, que desemboca en tragedia, y cuyas consecuencias hemos visto más de una vez en las noticias: disturbios de raíz étnica que terminan en revuelta violenta sin apenas contenido reivindicativo. Lo bueno es que eso no agota el significado ni la carga crítica del filme: además de la reivindicación de una cultura, una etnia o una ¿minoría? social, contiene una declaración universal sobre el racismo y sus nefastas consecuencias. Pero no en plan pedagogía ni asimilación ni tolerancia ni nada parecido; simplemente se trata de mostrar sus consecuencias en la vida de la gente, que tiene que cargar con prejuicios heredados y convivir con los efectos que provoca la combinación letal de desigualdad y violencia. Lee asume que hubo, hay y habrá gente que apueste por la violencia como única forma de conseguir justicia, de la misma manera que otros prefieren trabajar por la integración y el diálogo, pero procura no decantarse por ninguna de las opciones, una cómoda ambigüedad que podemos perdonarle porque la película cumple con creces sus objetivos: diluir las toneladas de tópicos que sobre su grupo social ha abocado el cine comercial estadounidense. Ya era hora de acabar con tantas tonterías.

En cuanto a méritos formales, destacar el pulso narrativo que no decae, el uso del buenrrollismo para rebajar tensión, la habilidad para pasar de la comedia al drama mediante diálogos brillantes. En ese sentido, Haz lo que debas anticipa con maestría ese estilo conversacional que Tarantino ha convertido en parte de sus señas de identidad: charlas llenas de divagaciones, excursos, digresiones, reiteraciones y chorradas que mantienen el interés porque demoran un estallido (verbal, físico o dramático), puede que un enfrentamiento largamente anunciado. Al principio el espectador valora su frescura para luego, a medida que avanza el filme, dudar ante la imposibilidad de extraer un significado de semejante mezcla de tensión y humor. Seguro que va a pasar algo, tiene que pasar algo... El reparto, además, está plagado de nombres importantes: Samuel L. Jackson, John Turturro, Danny Aiello, Rosie Pérez (su debut en el cine), Martin Lawrence (antes de meterse de lleno en las comedias sobre policías negros que Lee ridiculiza), un cameo de John Savage; incluso el propio Lee se reserva un papel al más puro estilo autor/creador clásico.

La película se apunta al revisionismo crítico que puso de moda Stephen Frears con Mi hermosa lavandería (1985), sólo que esta vez el objetivo no es la mojigata y convencionalista Gran Bretaña thatcheriana, sino el abandono de toda prioridad política en la cohesión social de la era Reagan recién terminada. Triste balance político el de los ochenta... Spike Lee, en cambio, demostró que era un cineasta todo terreno que no merecía encasillarse en el tema étnico: tras Mo' Better Blues (1990) culminó esta primera etapa con Malcolm X (1992) un biopic sobre el líder negro rodado con todo el apoyo de Hollywood y un protagonista de lujo (Denzel Washington). A partir de ahí alterna documentales y telefilmes sin demasiado criterio ni éxito, hasta que regresa a la gran pantalla con La última noche (2002), el enésimo despertar filosófico-enrabietado-reivindicativo de un artista estadounidense tras el shock del 11-S. Una filmografía irregular para un cineasta de ideas claras. Quizá esa sea una de las causas.


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