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martes, 1 de mayo de 2012

Imperfección (superada) en el paraíso (Soul surfer)

Soul surfer (2011) es una película hiperpedagógica, narrada con el aplomo que proporciona la posesión de la (propia) verdad, de tener detrás un objetivo universal siempre vigente y razonable, independiente de toda coyuntura social o cultural; una guía ético-moral para jóvenes adolescentes contemporáneos (algunos de ellos perdidos y/o atrapados en el triángulo consumismo-tecnología-hormonas) que sirva de contrapeso a tanta frivolidad y ausencia de valores.

En una familia bienavenida y bienacomodada de Hawaii, una chica encantadora, solidaria, alegre, obediente, divertida y sensata (Bethany), es atacada por un tiburón mientras surfea, perdiendo uno de los brazos. Tras una recuperación médica --sus acompañantes en el día fatídico reaccionan con total entereza y madurez-- y psicológica --para eso tiene a su atenta y bella guía espiritual-- impecables, el sueño de Bethany de ser surfera profesional, debido a su discapacidad sobrevenida, salta por los aires (aunque imaginamos que no por mucho tiempo). Y es que, cinematográfica y dramáticamente, todo en Soul surfer es previsible; no hay sorpresas por ningún lado (excepto los ingenuos que esperen algo de --inexistente-- desafío al poder materno). Desde el punto de vista pedagógico, se trata de un producto bien escogido y mejor presentado al que únicamente tengo dos reproches que hacer.



De entrada, un drama tan inesperado e intenso podría permitirse el lujo de explotar más el lado lacrimógeno y los siempre eficaces enfrentamientos familiares; o por lo menos de dejar más en el aire el (previsible) final. Pero es que ni eso: los padres, en ningún momento, ni antes ni después del incidente, se oponen a ninguna de las decisiones de Bethany (algunas precipitadas, otras equivocadas). Todo es apoyo sin fisuras; porque por fortuna la protagonista no destaca precisamente por su inmadurez... Todo son decisiones juiciosas y cabales; y si parecen descabelladas da igual, su familia está ahí para ayudarla en lo que haga falta. Y aquí viene el primero de los reproches, en forma de una mínima sombra de duda (mínima porque no se explota argumentalmente) que emerge por un instante a la superficie del guión: la necesidad de un significado trascendente que, para una cristiana como ella, deba tener un suceso trágico y, a todas luces, injusto. ¿Por qué?, pregunta Bethany a su confesora. Y ella, claro, no puede responder nada, simplemente expresar su fe en que algo bueno tendrá que salir de todo aquello. El reproche es esa obsesión --tan cara en el telefime estadounidense de inspiración religiosa-- por el sentido profundo de los reveses vitales; reveses que sin duda tienen una causa, pero no siempre un motivo a la altura de las consecuencias. Es en esa obsesión cristiana por otorgar un sentido a todas las cosas (imprevistos, actos, decisiones) donde se pone en evidencia el tono innecesariamente catequizante --y aquí está sin duda lo más difícil-- compatible con la ética liberal y hedonista de la juventud actual (pulsiones, sensualidad, deseos...). Soul surfer se apunta sin ambigüedades al reto imposible de resolver, desde la ficción comercial, la incoherencia de una vida llena de diversión y despeocupación que, sin embargo, se apoya en una serie de convicciones trascendentes que solamente asoman en instantes privilegiados y momentos definitorios, en forma de tópicos sobre el amor, la familia, la amistad y el apoyo incondicional.

Los créditos finales certifican que todo lo narrado en el filme es real, y por eso aparece la auténtica Bethany Hamilton (así como sus familiares y amigos) en los mismos momentos cruciales que muestra la historia, así como en toda clase de homenajes cívicos posteriores, recibidos como premio a su valentía y pundonor (lo digo sinceramente, con admiración y sin doblez). El único efecto colateral inesperado es que ese «contrarrelato» nos revela la auténtica distancia que hay entre la fealdad y la mediocridad de los protagonistas reales y la belleza perfecta que exhibe el filme, mostrada como algo carente de importancia, cuando en realidad es algo cuidadosamente estudiado. No solemos tener la oportunidad de medir esta abismal distancia en el cine de ficción. No estaría de más aceptar el reto adicional de hacer esa misma pedagogía sin recurrir a tanta perfección y sensualidad «made in Hollywwod». Ese es mi segundo reproche.

No estoy en contra de un cine que, además de entretenimiento, trate de inculcar valores; me gusta, sin ir más lejos, la forma que tiene Pixar de combinar ambos objetivos. Lo que no me parece nada bien es que se haga sin aceptar que parte de los problemas que se tratan de combatir están en el mismo glamour irreal y elitista al que ninguna ficción de este tipo renuncia. Comportamientos y actitudes como los que fomentan filmes como Soul surfer no sirven precisamente para contrarrestar tanto narcisismo juvenil.




http://sesiondiscontinua.blogspot.com.es/2012/05/imperfeccion-superada-en-el-paraiso.html
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