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miércoles, 18 de abril de 2012

Cultural Studies: sospechosamente clónicos, abrumadoramente inasequibles, rematadamente aburridos

Los Estudios Culturales (más conocidos en el mundo académico anglosajón como Cultural Studies), permanecen anclados en/obsesionados con los sutiles mecanismos del poder y sus «intolerables» efectos en la sociedad civil, especialmente todo lo que tenga que ver con discursos públicos sobre etnias, comunidades, grupos sociales o minorías. Asumen la complejidad y sutilidad de sus argumentaciones como premisas que no necesitan demostración, así que sus análisis entran directamente a desvelar paradojas, elementos ocultos, correlaciones inéditas... Los Estudios Culturales son algo así como el reto ideal para todo científico social que desee presentarse ante el lector como un «experto» que ha necesitado largos años de estudios superiores y superespecializados para llegar adonde cree estar: en la cima del conocimiento humano en lo que se refiere a su cada vez más reducida parcela del saber.

Los discursos públicos que escogen estudiar resultan estar (y siempre son ellos los primeros en darse cuenta) cuidadosamente diseñados desde arriba, por una élite política que conoce exactamente el nivel justo de manipulación sutil que debe aplicar para conseguir el efecto deseado. Los fenómenos observados, de forma sospechosamente casual, se las apañan para estar a la altura del enigma/problema planteado por el autor. A veces los no iniciados debemos ser corregidos porque el experto ha descubierto que el «auténtico» significado estaba oculto, disimulado, o es otro muy distinto al atribuido por la ignorante mayoría. No es extraño que sigan leyendo y citando constantemente a Foucault, retorciendo sus palabras para que expresen lo que necesitan en sus argumentaciones: imperceptibilidad, ideologías latentes, enquistamiento, necesidad casi genética de conceptualizar, subversiones de pronto reveladas, objetivos injustos tras declaraciones aparentemente bienintencionadas... Un panorama que pide a gritos un especialista debidamente preparado.

Cuando el objetivo del análisis son películas este es precisamente el argumento esgrimido para justificar una plúmbea síntesis enciclopédica de los dispositivos técnico-estilísticos de la narración cinematográfica, incluyendo la obligada advertencia que recuerde al incauto que los razonamientos y las pruebas no se basarán únicamente en meros contenidos del filme, sino en encuadres, bandas sonoras, efectos de montaje... En la práctica esto no sucede, pero semejante rodeo conceptual sirve de paso para colar una premisa básica de los Estudios Culturales cinematográficos: los discursos narrativos del cine tienden siempre a la complejidad, a la latencia, y su fin es la aculturación forzosa o la propaganda más o menos consciente y/o descarada. Es curioso cómo pasan de puntillas por el hecho fundamental de que el arte narrativo es, principalmente, comunicación, y que --para resultar eficaz-- requiere eliminar la ambigüedad y optar por la simplicidad.

En sus conclusiones nunca se admite o sugiere la posibilidad, por remota que sea, de que la naturaleza del poder pueda ser en realidad banal, miserable, improvisada, y que los fines no vayan más allá de meras intenciones coyunturales o egoístas. Tampoco se plantea la posibilidad de que los discursos sean el fruto de individuos que no representan a ningún segmento o facción del poder establecido, sino a intereses u obsesiones particulares, expresados por motivos biográficos, artísticos, personales, incoherentes y/o casuales.



Y así es como los Estudios Culturales siguen fabricando refinados moldes (en forma de sesudos ensayos), llenando librerías y bibliotecas con las más diversas y curiosas explicaciones a todo tipo de realidades sociales. Al igual que en las famosas construcciones imposibles de Escher, en cuanto uno mira atentamente, comprueba que los vértices y los ángulos no encajan, son incompatibles con los fundamentos de la física y de la perspectiva. Lo mismo sucede con los difusos límites de sus teorías.




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lunes, 9 de abril de 2012

Liberar energía (Todos los días de mi vida)

Cuando éramos pequeños mis hermanas y yo estábamos enganchados a Vacaciones en el mar (1977-1986) y Los ángeles de Charlie (1976-1981). Durante una época, los sábados por la tarde, las ponían seguidas en la tele: primero disfrutábamos con las tontas historias del crucero a Puerto Vallarta y luego nos encandilábamos --seguramente en mi caso era algo más hormonal, gracias a Lauren Tewes y Jaclyn Smith-- con las sexys y adorables detectives. En cuanto terminaba, mis tres hermanas jugaban a recrear el episodio que acababan de ver, lo que ya no recuerdo es qué "angel" era cada cual... En lo que sí estábamos todos de acuerdo, y eso que entonces éramos bastante jóvenes e inexpertos, era en admitir que ambas series, especialmente Vacaciones en el mar eran infumables, previsibles y ñoñas, pero aun así nos gustaba verlas porque --decíamos-- ayudaban a liberar energía, que era nuestra curiosa y retorcida manera (el gen del lenguaje está muy desarrollado en mi familia) de decir que nos entretenía porque no nos obligaba a utilizar el cerebro.

Sabíamos de antemano que Todos los días de mi vida (2012) es una película para "liberar energía", lo que no esperábamos es que fuera un drama tan mal escrito y tan mal rodado que no nos permitió ni siquiera liberar energía. Nos está bien empleado, por bajar tanto el listón y dar por sentado que la mera presencia de determinados ingredientes dará siempre un buen resultado.

Una mujer, debido a un estúpido accidente, pierde la memoria de los últimos cinco años de su vida, de modo que recuerda perfectamente a su antiguo novio (al que dejó plantado contra todo pronóstico), pero no tiene ni idea de por qué se peleó con sus padres ni quién es ese tipo que dice ser su amante y sensible marido. Además, como no hace mucho que se han casado, están todavia inmersos en la Fase 1, así que su sufrido esposo se encuentra ante el bonito --y ciertamente poco habitual-- reto de tener que volver a enamorar a su mujercita. Si, por el contrario, hubieran llevado unos cuantos años de convivencia --ya en plena Fase 2-- el mismo enredo habría dado para una ácida historia sobre las posibilidades cómicas de olvidar esas cosas de tu pareja que te sacan de quicio, incluso para asegurar a tu mujer que en realidad manteníais una relación abierta...



Pero no, Todos los días de mi vida opta por el drama inesperado y sensiblero, y antes de llegar a la hora de película ya estás removiéndote en la butaca y haciendo comentarios sarcásticos en voz baja. El argumento no da ni para comentar detalles o alargar el texto, así que recomendaré que se evite a toda costa y me autoimpongo penitencia por no haber sabido interpretar las evidentes señales que me advertían del peligro. Amén.




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miércoles, 4 de abril de 2012

El límite físico del amor materno incondicional (Tenemos que hablar de Kevin)


Al igual que Elephant (2003), Tenemos que hablar de Kevin (2011) de Lynne Ramsay es un filme que roza tangencialmente el horror de la violencia irracional adolescente (la sombra de la masacre de Columbine está resultando muy, muy alargada en el cine). Aunque este detalle resulta anecdótico respecto al conjunto del filme, cuyo verdadero objetivo es plantear un tema mucho más polémico, controvertido y, desde algunos puntos de vista femeninos treinta y cuarentañeros, herético: la existencia de un límite al amor materno incondicional que es, para más madres de las que creemos, su única certeza vital y sentimental. El amor a los hijos, sean lo que sean, hagan lo que hagan, digan lo que digan, ¿Es inagotable? ¿Debe perdonarlo todo? ¿Tragar con lo que sea en silencio y con resignación? ¿Realmente es necesario sacrificarlo todo por un vínculo genético que, como es inalterable, confundimos con lo verdadero y lo bueno?

Tenemos que hablar de Kevin es una película incómoda que plantea una situación tan real y extrema como minoritaria (aquí está la primera trampa del argumento) mediante una narración cuidadosamente desordenada (y fría en cuanto a montaje y fotografía) que la distancia de esos telefimes lineales donde lo único que cuenta es el sufrimiento y la redención final de los protagonistas. El papel de Tilda Swinton (musa de Derek Jarman hasta su muerte en 1994) es realmente complicado: debe ser capaz de hacer creíble al espectador una situación que, de entrada, a la mayoría nos parece exagerada. Durante el primer tercio de película confieso que no me parecía verosímil ni su personaje ni su actitud ni sus reacciones, pero poco a poco, a medida de la narración va perfilando los diferentes elementos de la historia, distingues claramente los aciertos --de la interpretación, del guión o de la directora-- de los errores de bulto. En el primer grupo, el primero y más importante, la descripción de la convivencia diaria con un niño (luego adolescente) que descoloca por su actitud cruel, seca y distante; también el desamparo e impotencia de la madre en sus intentos de acercamiento, así como la inevitable mala conciencia ante cada fracaso. De entre los errores, destaco sobre todo el entorno exageradamente hostil de la comunidad donde vive la madre, un aspecto del guión que realmente está de más para hacerse una idea del conjunto, o centrar exclusivamente el sentimiento de fracaso en la madre (el argumento se las apaña siempre para dejar al margen al padre, que cree que todo son exageraciones de su esposa), un recurso burdo e inverosímil más propio de producciones televisivas o de clásicos obreros al estilo La mano que mece la cuna (1992).



Aun así, no hay que perder de vista --al igual que sucedió con la novela de Lionel Shriver en la que se inspira-- el principal mérito de la película: poner sobre la mesa una faceta de la familia que a menudo se obvia o se oculta intencionadamente y que, en el peor de los casos, se niega con tanta vehemencia como irreflexión: «la institución familiar no está preparada para procesar el odio» (según la precisa formulación de Sergi Sánchez en Fotogramas) y, sin embargo, todo indica que esa situación, aunque poco probable, puede llegar a darse. Acumulamos demasiada pedagogía idealista, buenista, ñoña e irreal, demasiadas narraciones ensalzando los vínculos sagrados del parentesco, asimilándolos a una especie de requisito incuestionado de supervivencia casi evolutiva. El principal demérito de Tenemos que hablar de Kevin, por otro lado, es que escoge un caso extremo para ilustrar el problema: todo el sufrimiento y dudas de la madre se explican a posteriori porque su hijo, en realidad, acabará siendo un asesino; como si ese matiz final justificara las situaciones y actitudes previas. Si Kevin se comportaba así es porque era un ser malvado, y por tanto el sufrimiento de su madre también era lógico, pues se enfrentaba a un persona destinada a hacer el mal. Hubiera sido mucho más devastador un filme ambientado en esas familias con hijos tiranos, egoístas y maltratadores que no matan a nadie, pero que amargan la existencia a sus padres con tanta o mayor crueldad y, a pesar de eso, con el tiempo, se socializan con amigos, se casan, incluso fundan sus propias familias... Esos casos me parecen más habituales y preocupantes. Si la película retratara una realidad doméstica más centrada en lo cotidiano, a esas madres fundamentalistas que afirman que visitarían a sus hijos en la cárcel, incluso aunque cumplieran condena por un asesinato espeluznante o múltiple, les resultaría más difícil argumentar una postura tan indefendible como la suya. Esa es, probablemente, la manipulación más grave en que incurre en filme de Ramsay, como si la gravedad de los sucesos o lo extremo de las situaciones fueran la única manera de convencer al espectador acerca de la naturaleza de un problema que, en la práctica, suele darse de forma mucho más sutil y soterrada.

¿Por qué debemos considerar el amor materno como el fundamento básico de la estructura social, de nuestra civilización incluso? ¿Acaso ese amor es realmente una garantía intersubjetiva de cohesión social? Lo digo con todo el respeto que soy capaz de reunir: me parece preocupante que siga habiendo madres que consideren que la maternidad es un tema sagrado, inatacable y perfecto en todos sus matices; resulta sintomático que tantas mujeres defiendan como lo hacen la relación madre-hijo como una fuente inagotable --e incomprensible incluso para el mundo masculino-- de bondades autocomplacientes y eternos beneficios mutuos. ¿No será que transfieren a una relación, jerárquica y pedagógica por definición, las decepciones sentimentales que una relación, igualitaria y libre por definición, inevitablemente proporciona? Tenemos que hablar de Kevin es una película perfecta para abrir fuego.




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