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jueves, 18 de octubre de 2012

Llevar el rostro por máscara (El tao de Steve)

Doy las gracias al dios menor del zapeo nocturno por haber permitido, hace unos diez años, que diera sin causa, motivo ni voluntad conscientes, con El tao de Steve (2000) de Jenniphr Goodman. Contra todo pronóstico, y por razones aún más inexplicables, me quedé a verla (estaba recién empezada) a pesar de que, por su argumento y apariencia, se trataba de una comedia romántica; eso sí de bajo presupuesto y con un estilo descaradamente indie. Con la perspectiva que otorgan los años transcurridos, los sucesivos visionados, así como la concurrencia de detalles y coincidencias muy personales, siento que puedo explicar por qué he quedado atrapado en El tao de Steve. Ahí va...

En primer lugar, el filme es una auténtica rareza: se trata del único título en la filmografía de su directora. En IMDB no aparecen más datos sobre ella, ni siquiera como colaboradora en guiones, cortometrajes previos o posteriores... nada. Es como si una única película hubiera bastado para colmar sus necesidades/expectativas de creatividad. En segundo lugar, al no disponer de otros títulos con los que contrastar, no hay manera de saber si el estilo que exhibe es fruto de la casualidad, del aplomo característico de una gran promesa o la verosimilitud que otorga el hecho de rodar sobre cosas que se conocen por experiencia propia o muy cercana (los créditos mencionan que el guión está basado en un tal Duncan North, el cual tiene un breve papel en la película, en sus conocimientos y teorías sobre la vida y el amor).



En el siguiente bloque, las curiosas coincidencias en lo personal: de entrada, Dex --el protagonista masculino, interpretado por Donal Logue, actor de dilatada carrera en películas mediocres y numerosas teleseries y telefilmes, entre las que cabe mencionar sus apariciones en Urgencias (2003-2005)--, es un treintañero (más o menos mi edad cuando vi por primera vez la película) que destaca entre sus amigos y conocidos por su enorme capacidad para improvisar/reciclar --de manera curiosa, divertida, informal y amena no exentas de verdad-- teorías sobre las relaciones entre hombres y mujeres; en especial de la filosofía clásica. Dex es un auténtico quiropráctico del comportamiento que debe observar un hombre si quiere obtener de la mujer una mínima dosis de sexo sin compromiso. Basándose en sus conocimientos de filosofía, los adapta a sus necesidades para deslumbrar, marear o divertir (según convenga) a sus presas. Por supuesto que incurre en flagrantes y frecuentes contradicciones, y comete graves errores de bulto achacables a su ignorancia y a no ser capaz de ver lo que tiene delante, pero de todo ese cúmulo de experiencias y aciertos parciales ha ido extrayendo una serie de premisas fundamentales que resultan verdaderas y universales a un determinado nivel de sentimientos, las cuales no duda en compartir con amigos y no iniciados. Otra cosa es que sea plenamente consciente de que su validez se limite a contextos muy concretos, no sólo de las relaciones, sino de las actitudes que adoptamos ante las relaciones. Precisamente de eso va la película.

A diferencia de otros personajes típicos del género romántico, Dex no es un ligón guaperas ni un Don Juan ni un Casanova (ni refinado, ni cosmopolita, ni bien dotado). Su atractivo más bien consiste en que es una persona del montón: fumador, bebedor, triponcete, dejado en el vestir, descuidado con sus cosas, egoísta... Defectos o vicios que compensa gracias a unas poderosas ventajas competitivas: misantropía (imprescindible para superar el rechazo), sentido del humor tendente al sarcasmo (ideal para dar sensación de seguridad y ocultar con habilidad los verdaderos sentimientos e intenciones); y lo más importante, como él mismo afirma en un momento dado de la película, suple sus carencias de atractivo físico con grandes dosis de alharaca verbal.



Dex, a pesar de su buen expediente académico y de amigos que le reprochan que puede aspirar a más, trabaja como monitor en una guardería. Prefiere un empleo sencillo y gratificante y poder dedicarse así a lo que más le gusta: comportarse como un auténtico francotirador para las relaciones del tipo hasta-que-el-amanecer-nos-separe. Ha ido puliendo sus teorías, basadas en diversos pensadores y filósofos, las cuales aplica para conseguir de las mujeres lo que desea. La diferencia es que, gracias a su facilidad de palabra, las mujeres no siempre son conscientes de la manipulación de que son objeto: Dex es, en este sentido, un gurú respetuoso con el medio ambiente en el que se mueve. La película lo presenta en el apogeo del éxito de sus técnicas; con todo, su personaje --tanto el que encarna el actor de carne y hueso como el que construye a su medida para la película-- no es un mentiroso ni un cínico embaucador, sino alguien que lleva el rostro por máscara (Octavio Paz dixit), fingiendo que su auténtico yo es una ficción, una protección de segundo nivel mal implantada (en realidad inexistente) para evitar daños en un fondo sensible que ellas creen percibir y al que desean acceder por curiosidad o para introducir mejoras (en el mejor de los casos). El rostro por máscara es algo así como el posmodernismo para pobres: con el único nivel de personalidad que te puedes permitir finges tener dos. Dex encara el flirteo como lo que en realidad es: un proceso de ingeniería social en el que un cierto margen de ocultación de verdad, deformación de la realidad y exageración de los propios sentimientos están permitidos. ¿Y en que me parezco a Dex? Prácticamente en todo: misantropía, borderío crítico, sentido del humor, estudios superiores, elocuencia, capacidad de reacción, reflejos mentales, sensibilidad artificialmente blindada... Tan sólo nos diferenciamos en un aspecto: soy lo opuesto a Dex en cuanto a resultados.

Cuando vi la película por primera vez, en los albores del siglo XXI, tenía una percepción algo distinta acerca de la posibilidad de existencia de una praxis verosímil para el arte de ligar: aparte de no haber leído aún el libro de Neil Strauss, El método (2005), que estableció definitivamente las bases de algo así, estaba persuadido de que era un conocimiento conscientemente escamoteado de nuestra educación pacata y mojigata. Pero no, se trata de un despliegue social que los dotados de precondiciones innatas por la lotería genética (guaperas, gente con morro) y los agraciados por la buena fortuna (pastosos, enchufados) exhiben con pasmosa naturalidad; en cambio, los artesanos (los del montón que hemos tenido que aprender el oficio desde cero, luchando contra nuestros instintos) que lo hemos interiorizado artificialmente a base de ensayo y rechazo, en cuanto parece que la cosa empieza a funcionar, en lugar de disfrutar de los resultados sin asomo de mala conciencia, nos da por profundizar y pulir la consistencia lógica de un arte compuesto en cuatro quintas partes de intuición. Teorías convenientes para mi mentalidad es mi aportación a este extraño género.



Mi intuición principal, aun así, era correcta: no todo en las relaciones puede/debe fiarse al aspecto externo y al azar, porque tarde o temprano es posible que debas luchar contra una fama que te precede. En mi descargo debo alegar que era (relativamente) joven y que subestimé el poder de la realidad. Pero también es necesario advertir que, carencias propias al margen, no todas las mujeres reaccionan como en las películas ni les hacen gracia comentarios que a mí me parecen infalibles y demoledores. Ahora no le doy tanta importancia al asunto y redimo mis penas y errores con un despreocupado escojo mal a las mujeres...

El tao de Steve me parece una obra maestra porque ilustra con un verismo no exento de amenidad las contradicciones en las que todos los hombres --tarde o temprano-- incurrimos, escudándonos tras brillantes teorizaciones con el objetivo nunca declarado de evitar decepciones, desengaños y padecimientos por culpa del rechazo. Y también para evitar/retrasar/modificar lo que consideramos (de entrada) la institución social más parecida a la muerte que existe: la monogamia. Dex practica un depurado tao de tres sencillas reglas para tratar con mujeres de las que únicamente desea obtener sexo. El nombre de Steve hace referencia a Steve McQueen (1930-1980) el icono masculino por excelencia gracias a su irrepetida combinación de sensibilidad sin menoscabo de lo testosterónico, aunque también toma elementos de Steve Austin (Lee Majors), el protagonista de la serie El hombre de los seis millones de dólares (1973-1978) y de Steve McGarrett (Jack Lord), protagonista de la versión original de la serie Hawaii 5-0 (1968-1980). El tao establece tres sencillas pautas:

1.-Adoptar una actitud distante respecto a ella, como si no nos interesara. Esto lo hacemos instintivamente desde la adolescencia, pero casi siempre sucumbimos por inexperiencia o precipitación. Consiste, una vez acumulados suficientes dosis de experiencia y autocontrol, en alejarte de aquello que deseas. Las mujeres están demasiado prevenidas contra los trucos masculinos, que dejan entrever enseguida sus auténticas intenciones. El hecho de parecer desinteresado ante la posibilidad de todo contacto las despista y hace que se interesen más por ti. Es una actitud que resulta complicado mantener debido al diseño de nuestros instintos más básicos, pero ahí debería acudir la filosofía para compensar determinadas pulsiones.

2.-Hacer algo excelente en su presencia. Esto también es algo que de jóvenes supimos que resultaba útil, pero siempre lo enfocábamos con un exceso de perspectiva: ser actor famoso, escritor, diseñar puentes, descubrir vacunas, inventar cacharros, hacerse millonario de la noche a la mañana... Dex comprende que la primera premisa sola no basta, ya que si te alejas deliberadamente de alguien lo más probable es que no suceda nada. Es necesario un gesto que nos sitúe en el mapa conceptual de nuestro objeto de deseo, y para eso nada mejor que llevar a cabo, en su presencia, algo admirable, o simplemente entrañable. Puede consistir simplemente en dejar que ella te vea jugando con los niños y niñas de tu clase; o ser capaz de improvisar un divertido monólogo entre trascendente y frívolo mientras ilustras la preparación de un cóctel. Estas cosas sirven como algo excelente y son, afirma Dex, la mejor manera de venderse como candidato, precisamente porque --de acuerdo con la primera norma-- previamente no hemos dejado caer ningún indicio de que estamos trabajando para nuestro propio interés.

3.-Después de haber hecho algo excelente, debes retirarte. Es decir, regresar al punto 1. Normalmente, cuando hacemos algo admirable esperamos del otro lado una reacción favorable e inmediata a nuestros intereses (en este caso el sexo) y ahí está el error, porque al darlo por hecho es cuando ellas pueden pensar que todo consistía (en realidad lo es) en un montaje para llevarlas al huerto. Si el punto 2 parecía complicado, el tercero exige algo aún más complicado: retirarnos sin intentar nada. El tao requiere, en definitiva, que actuemos en contra de nuestro instinto. Los hombres que se han encontrado en esas circunstancias conocen perfectamente el esfuerzo que eso supone y las ingentes cantidades de energía (en términos freudianos) que se dilapidan...

El tao de Steve no pretende levantar un enredo de comedia romántica sustentado en una serie de aforismos más o menos graciosos (hay infinidad de títulos así, la mayoría mediocres), aquí se trata de poner en imágenes unas incipientes nociones de ingeniería social, aplicadas a una realidad bastante cotidiana, y expresadas a través de un género cinematográfico parcialmente devaluado. Dex sintetiza magníficamente el tao con este contundente apotegma: aléjate de aquello que deseas.

No perdamos la perspectiva: ¿en qué contexto y por qué razón me parece todo esto deslumbrantemente cierto? En primer lugar, está claro que no es aplicable más que a una pequeña parte de nuestra biografía sentimental, toda aquella que no está presidida por el acatamiento de la monogamia. En segundo lugar, no sirve como criterio ético universal al estilo kantiano, a pesar de la forma que tiene Dex de enunciarlo; ni siquiera como máxima para estimar o apreciar a la gente que nos rodea. No estoy diciendo que El tao de Steve sea un clásico porque descubre el bosón de Higgs de las relaciones urbanas, ni mucho menos; lo que quiero dejar claro es que:

a) El tao de Dex es una praxis de relación posible y admisible.

b) Es un código de conducta compatible con la realidad de muchos singles del montón, ofreciendo alternativas a determinadas circunstancias que funcionan como una desventaja en el terreno de juego de las relaciones.

c) Es una de las formas más lúcidas y sanas de encarar esas etapas de la vida marcadas por el descompromiso (el palabro me lo acabo de inventar y lo pienso incorporar a mis teorías convenientes).

Pero es que, además, la película --escrita y dirigida por una mujer, no lo olvidemos-- revela exactamente cuándo, dónde y de qué manera los hombres quebramos todas nuestras bonitas teorías para conseguir mujeres en términos opuestos a los que teníamos previstos. Las premisas, las poses, los gestos, las palabras, todo sucumbe sin excepción al deseo por una mujer en concreto; cuando sentimos que queremos a esa y no a otra y, a partir de ese instante (y esto es lo más revelador), dinamitamos nuestras convicciones y actuamos ante los demás como si nada hubiera cambiado, pero a solas con ella lo hacemos de un modo opuesto (a lo que siempre hemos defendido). Siempre creemos tenerlo todo bajo control, siempre negamos esta esquizofrenia imposible. Siempre, en definitiva, acabamos cruzando a la orilla del tao femenino del que siempre renegamos...



Es preferible que una mujer haya dirigido esta película y no un hombre; una mujer que quizá haya sido víctima de un comportamiento así, porque las películas de Nora Ephron, desde luego, no mostraban este lado oscuro de la actitud masculina. Jenniphr Goodman se atreve a ofrecer una explicación al por qué somos como somos, incluso va más allá: al por qué las mujeres perciben nuestro mundo como lo perciben (incluyendo juicios de valor y críticas que son lugares comunes) y, en fin, por qué la humanidad funciona como lo está haciendo. En cualquier caso, El tao de Steve me resulta un filme cercano, muy cercano; pero incluso si eliminamos los comodines del paralelismo biográfico, creo que es posible disfrutar de él gracias a la frescura de su estilo indie, la renuncia a la mayoría de arquetipos del género (excepto al final) y la indudable cercanía de los protagonistas, puede que a la misma altura que algunos filmes escogidos de Jean Renoir.

Es más, puede que el principal mérito de la película sea que, una vez ilustrado el proceso adecuado para conseguir a la mujer de sus sueños, Dex --y el espectador también-- es consciente de estar renunciando a su querido tao. En realidad, simplemente ha dejado de funcionar porque ha entrado en otro sistema físico (el planeta monogamia), regido por motivaciones y fuerzas que escapan al mero egoísmo que regía su vida hasta ese momento. Pero esto es algo anecdótico, porque está claro que podrá retomarlo en cuanto lo abandone. El tao de Dex es una ética muy útil para sobrevivir durante las fases de soltería en todas sus manifestaciones; incluso, parapetados tras él, algunos hacen de él su filosofía de vida y optan por no franquear nunca de sus límites. La importancia del gesto de Dex, al final de la película, como el de tantos y tantos hombres, es saber renunciar al tao, poner cara de circunstancias y aceptar jugar con las normas que establecen ellas, más y mejor orientadas a la durabilidad de la relación, todo hay que decirlo. Syd, su chica, vale la pena: es inteligente, divertida, culta y además (aunque esto no se debe mencionar porque es anecdótico a pesar de ser un requisito del género) es delgada, rubia y guapa.

Mi pregunta es: si ella no cumpliera todos estos requisitos (especialmente los tres últimos), ¿Hubiera renunciado Dex a su tao? Todavía está por rodar una comedia romántica en la que la protagonista sea poco atractiva o, por decirlo en corto y claro, fea. Sí que hay argumentos sobre hombres que se enamoran de mujeres feas, pero siempre con el objetivo intermedio de distanciarse de los arquetipos del género que pretenden ridiculizar o criticar; porque luego ellas siempre aprenden (si son sensibles) o consienten (si son inteligentes) en vestirse y maquillarse de forma sexy, como si todo se redujera a una mera cuestión de atracción inicial y de retener la mirada de los hombres. Por esta razón, porque esta distorsión sigue vigente, todavía no hay ninguna película romántica protagonizada por una fea-fea que no sea en realidad una guapa mal aprovechada. Por una razón muy parecida sigue vigente el tao de Dex.




http://sesiondiscontinua.blogspot.com.es/2012/10/llevar-el-rostro-por-mascara-el-tao-de.html

domingo, 7 de octubre de 2012

La noche que Woody Allen perdió la partida (El nombre)

La familia es como una calle mal iluminada: las afinidades están muy claras cerca de las zonas de luz (las celebraciones), pero también hay numerosos rincones oscuros --conocidos por todos-- que se evitan conscientemente por conveniencia, necesidad, incluso piedad. Hay quien cree que las familias se comportan con excesiva superficialidad en sus reuniones, en los que cada cual adopta un papel y no lo abandona porque se encuentra cómodo (el progre, el gracioso, la moderna, el serio, la anfitriona...), y por esa razón se desperdician ocasiones inmejorables para estrechar lazos, arrinconar prejuicios, conocerse, dar la bienvenida a nuevos miembros (novietes, segundas parejas). Pero no es cierto, nos mantenemos en las zonas de luz para evitar que suceda lo que describen, de forma exagerada pero verosímil, Matthieu Depalorte y Alexandre de la Patellière en El nombre (2012).

La película plantea los mismos retos técnicos, interpretativos (el reparto, excepto uno de los actores, es el mismo de la versión teatral) y de adaptación de un texto teatral previo que la aclamada Un dios salvaje (2011), pero con la diferencia de que se trata de una comedia, por lo que la comparación inevitable se establece con La cena de los idiotas (1998) --con dirección y adaptación del propio autor, Francis Weber-- un clásico del teatro contemporáneo, con un humor vitirólico y misógino que la convierten en algo atemporal. Y algo hay de eso, pero con un objetivo secundario, declarado por los propios autores/adaptadores/directores: ridiculizar las conversaciones de sobremesa que hace la generación setentera (probablemente la década más ideologizada del siglo XX) cuando derivan en política o arte, abarrotándolas de citas, paradojas, declaraciones pomposas... Y todo para acabar encallados en el mismo punto de la misma y machacona argumentación recíproca con el mismo adversario de siempre (un suegro, una cuñada, un amigo). El cine --europeo y estadounidense-- ha abusado hasta la saciedad de este cliché: para vertebrar sagas legendarias, dramatizar mejor determinados filmes históricos, incluso para ilustrar crónicas costumbristas; pero nunca para caricaturizar tan declaradamente un determinado tipo sociológico.



La película cubre, sin apenas elipsis temporales y escasas licencias de montaje, la velada entre dos hermanos, sus respectivas parejas y un amigo común, en la que, tras una fuerte discusión por el nombre del futuro hijo de uno de ellos, se encadenan nuevas broncas por temas diversos, casi siempre opiniones sobre parientes de esas que ocultamos por educación pero que, tras un calentón, soltamos sin pensar delante de todos en el momento más inoportuno. Y eso sirve para acallar con un incómodo silencio las demás conversaciones, incluso para destapar crisis en nuestra propia relación. Todo esto lo lleva a cabo con un clasicismo impecable El nombre, enlazando cada bloque (dedicado a uno de los cinco personajes) con ingenio, alternando los momentos cómicos --especialmente al inicio-- con los dramáticos, llevando y trayendo las escaramuzas verbales con naturalidad. Aun así, el resultado no es un filme tan redondo como los de Polanski o Weber, pero sí muy entretenido.

Con todo, El nombre quedará para la historia de mi evolución cinéfila por otra razón, completamente casual y personal: por primera vez en 26 años --desde aquel preestreno dominical de Hannah y sus hermanas (1986) en el cine Coliseum-- entre un filme de Woody Allen y otro cualquiera de la cartelera he optado por éste último. Allen ha quedado como segunda opción y, en esta ocasión, la comedia francesa se ha llevado el punto (aunque no sea de partido). No es nada sorprendente, incluso alguien podría acusarme --con razón-- de haber tardado demasiado tiempo en dar el paso. Cuesta dejar atrás rutinas eficaces; lo bueno es que nunca faltarán títulos nuevos para poner en su sitio mi nostalgia...




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