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lunes, 12 de agosto de 2013

¿Magos con incontinencia social? (Ahora me ves...)

El cine es magia, afirma el dicho popular, pero Ahora me ves... (2013) de Louis Leterrier --director francés con una breve pero intensa filmografía repleta de títulos de acción-- trata de aplicarlo tan a rajatabla, tan sin dejar el más mínimo respiro al espectador y llevándolo hasta sus últimas consecuencias, que acaba adentrándose en el terreno del sinsentido. Da la impresión de que el filme se ha concebido y producido teniendo muy presentes algunas ideas-fuerza sobre la audiencia contemporánea y el deber del artista ante semejante público: la primera que la mayoría de la gente padece un severo síndrome TDA (Trastorno por Déficit de Atención) por culpa de los infinitos estímulos tecnológicos móviles, lo cual significa que al más mínimo síntoma de aburrimiento dejará de prestar atención o interés a lo que está viendo. Ese mismo TDA severo, siguiendo esta teoría, impide a la gente ir a las salas de cine, ya que es una tarea que requiere planificación y diferir la gratificación que supone; por ese motivo (y aquí va la segunda premisa) el cine actual está obligado a fabricar productos atractivos e impactantes desde el segundo cero, de manera que el espectador, durante la proyección, no sienta que se aburre ni le entre el pánico a estar perdiendo el tiempo, ya sea porque el argumento se ralentiza, entra en detalles, se le invita a reflexionar y/o a avanzar hipótesis sobre lo que va a suceder. El espectador que presupone un filme como Ahora me ves... es alguien que se sube a una atracción extrema de un parque temático esperando un carrusel sensorial, que para eso ha pagado. Todo lo demás es secundario y además carece de interés.

Desde el punto de vista cinematográfico, ese carrusel sensorial equivale a no dejar la cámara quieta ni un instante, a acelerar la trama sin descanso, a encadenar una revelación tras otra: explosiones, sospechosos, persecusiones, saltos, luces, tecnología, efectos, humo... Teniendo en cuenta que el argumento gira en torno a la magia, la fragilidad de nuestras percepciones y esas cosas, el contraste entre estilo y guión no puede ser más acusado y paradójico. Ahora me ves... es un papel de celofán brillantísimo que, con la excusa de que todo lo que sucede es porque hay un truco detrás, se permite el lujo de dinamitar y de prescindir de una mínima lógica cinematográfica, fabricando un enredo en el que las explicaciones o están mal dadas o simplemente no existen. Igual que hace el mago al desviar la atención del público para que no se note el truco, el director lo llena todo de luces, movimientos de cámara y trampantojos imposibles que no se sostienen más allá de la persistencia retiniana. Hacia la mitad de película, el espectador que, como yo, se empeña en atar cabos o anticipar acontecimientos, renuncia a todo y se deja llevar por la corriente de imágenes y de espectacularidad.



Si no hay comienzo ni desarrollo antes es difícil que el final, cuando llega, se pueda considerar abierto; más bien se trata de interrumpir el flujo de imágenes. No se puede acelerar ni retorcer más el ritmo sin comprometer la comprensión y la comunicación, de modo que se tira de tópicos: los personajes se quitan las caretas (sabíamos que las llevaban, pero no tan mal puestas) y explican sus motivos (lo que no sabíamos es que lo harían tan mal); y el clímax final queda convertido --literalmente-- en un tiovivo, un callejón sin salida argumental sin pies ni cabeza. Eso sí, la única certeza que mantuvo el espectador durante toda la proyección se confirma: los protagonistas acaban enrollados, aunque para ello tengan que atravesar océanos y confesar cosas que, tras un mínimo análisis, resultan risibles y ridículas. Louis, te has quedado a gusto....




http://sesiondiscontinua.blogspot.com.es/2013/08/magos-con-incontinencia-social-ahora-me.html
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