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sábado, 18 de enero de 2014

El enfado y la pena (Los descendientes)

El tema que atraviesa de arriba abajo Los descendientes (2011) de Alexander Payne es la imperfección. A todos los niveles: la decepción íntima que produce el descubrir que tu familia se ha convertido en una colección de seres extraños o incomprensibles; el cansancio que implica el trato con parientes lejanos y amigos a los que estás obligado a agasajar como si les tuvieras confianza; la perplejidad en el trato con desconocidos que acaban influyendo en tu propia vida. Y, por descontado, el dolor que provoca una serie de verdades reveladas capaces de trastocar el mundo perfecto que creías haber construido a tu medida. La imperfección del mundo, hecha de sucesos inexplicables que hay que afrontar sí o sí, la evidencia de que, a pesar de que creemos haber hecho las cosas bien, de pronto nos despertamos en el lugar opuesto al esperado. Aquello que dejamos al azar, las personas que pensamos que no nos necesitan, accidentes sin explicación trascendental... cosas que nos obligan a pensar más allá de nosotros mismos, pero también a aceptar el reto de estar a la altura de las circunstancias.

Tras haber visto la película por segunda vez, recordando algunas de las escenas y el orden en que estaban presentadas en el filme, me ha parecido que es una muy aceptable traslación --involuntaria, probablemente-- de la teoría de las tres fuentes del sufrimiento humano enunciadas por Freud, tres realidades cuya irreversibilidad son la causa de toda infelicidad humana: la supremacía de la Naturaleza (en este caso, un accidente imprevisible, absurdo e inconveniente que sirve para poner en marcha la historia), la caducidad de nuestro propio cuerpo (y, por tanto, la exigencia autoimpuesta de traspasar un legado) y una manifiesta ineptitud para regular satisfactoriamente nuestras relaciones (familia, amigos, la sociedad en conjunto). Contra un sucedáneo de estos tres frentes debe combatir simultáneamente Matt King --interpretado por un magnífico George Clooney-- para sacar adelante su propia idea de la coherencia: encontrar una forma de estar en el mundo, aprender a compartirlo y aceptar que no será para siempre.



King es un abogado especializado en derecho inmobiliario que, por azares de la lotería genética, acaba siendo el único administrador fiduciario del último paraje virgen de las islas Hawaii, un terreno inmenso heredado de unos antepasados regios que están a punto de dilapidar en una millonaria venta. Cuando la operación está a punto de culminar su esposa sufre un grave accidente que la deja reducida a un coma irreversible. El argumento es básicamente una encrucijada moral completamente artificial muy bien planteada desde el punto de vista dramático, un material que podría servir para lo peor y para lo mejor y que, por fortuna, Payne administra con maestría. Es más, me atrevería a decir que, a partir de una cierta edad, cualquiera que haya tenido hijos, se identifica instintivamente con el personaje de Clooney: su despiste a la hora de tratar con sus hijas (de las que no se ha ocupado en años), sus reacciones ante los descubrimientos que hace acerca de su esposa, sus dificualtades para expresar emociones... Los descendientes es una película repleta de itinerarios morales: el propio King, pero también (y especialmente) su hija mayor, Alex, que descubre de forma brusca que debe madurar y abandonar la adolescencia de niña rica. Basta un apunte: en su primera visita al hospital, Alex se limita a estar sentada junto a su medio novio, mientras su padre lee un libro. En la siguiente visita, en el tercio final de película, Alex también está leyendo un libro, como su padre. Adoro este tipo de detalles; revelan a un sutil narrador visual que no sólo se preocupa por poner en primer plano su estilo, sino que cede la iniciativa a los personajes. El detalle del libro es una manera muy delicada de ofrecer al espectador algunas claves fundamentales del relato sin necesidad de obviedades o diálogos artificiales. Y aunque sí lo está, la historia no transmite la sensación de haber sido preestablecida, sino de que es el resultado de las decisiones de los intérpretes. David Lean era un maestro consumado para este tipo de cosas.

El filme es un drama ingeniosamente oxigenado a base de mínimas píldoras humorísticas, especialmente adaptadas a las aptitudes de Clooney para la comedia: expresividad en el rostro, breves gags, réplicas ingeniosas... gestos y situaciones que evitan que el drama lo ocupe todo. Los descendientes es, sin lugar a dudas, una versión inteligente de La fuerza del cariño (1983). Y aunque a medida que avanza la historia se hace más fácil anticipar acontecimientos, cuando se confirman, están tratados con delicadeza y contención dramáticas (salvo algunas escenas en las que la emotividad se desborda).

Basada en la novela de la actriz y escritora debutante Kaui Hart Hemmings, Los descendientes propone una curiosa caracterización de la familia, equiparándola a un archipiélago: cada miembro es una isla independiente pero, por un azar del destino, hay islas que permanecen juntas en el tiempo; una idea que Payne acierta a plasmar en la imagen final de la película. Un filme que confirma el valor en alza --a la espera de la premiada Nebraska (2013)-- de su filmografía.




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