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viernes, 17 de octubre de 2014

Adorables, problemáticas y cinematográficas chicas ((500) días juntos)

¿Son adorables porque, siendo problemáticas, eso las hace vulnerables y dignas de ser adoradas? ¿O son problemáticas porque, siendo adorables, han tenido que blindarse para sobrevivir en un entorno hostil y testosterónico? El dilema podría dar para una tesis doctoral. Quizá no tanto: con una entrada de blog es suficiente para despachar la incertidumbre. Ni una cosa ni otra: las chicas que se han impuesto como icono del cine contemporáneo son las chicas guays (magistralmente desmenuzadas en sus señas de identidad por Carmen Mañana en este preclaro texto, así que por ese lado no insistiré). La entrañable vecinita de al lado, sensible, de inconquistable y blindada intimidad, egoísta y sin embargo atenta a detalles ajenos y con inefables ramalazos de rareza. En el cine, las chicas problemáticas y adorables reúnen lo mejor de ambos mundos en el imaginario masculino: originales y previsibles, caseras y cosmopolitas, básicamente decentes aunque nada mojigatas y sexualmente activas. No les falta de nada, excepto ser reales...

Este arquetipo femenino por excelencia (una de las pocas y originales aportaciones de la ficción cinematográfica) conoció su esplendor en los años sesenta y setenta del siglo XX, pero el pragmatismo y las nuevas tendencias han acabado por arrinconarlo en el museo de las antologías escritas. Probablemente su versión más antigua (por completa y autoconsciente) sea la Holly Golightly de Desayuno con diamantes (1961), unidad de medida con la que comparar las que vinieron después, dedicadas a incorporar mejoras parciales (aunque secundarias y no exentas de encanto). Tuvimos que esperar doce años hasta la siguiente versión: la Katie de Tal como éramos (1973), que demostró que semejante combinación imposible podía encajar en un personaje mucho más verosímil. Y finalmente la Annie Hall de Annie Hall (1976), donde el modelo quedó definitivamente establecido hasta comienzos del siglo XXI: culta, alocada, sexy y ligeramente neurótica (lo justo para no dejar de resultar atractiva).

Desde entonces las chicas adorables, problemáticas y no directamente guays apenas han asomado por la pantalla. Es muy posible que se me hayan pasado unas cuantas, pero la última que tengo localizada es Summer en (500) días juntos (2009). A pesar del tiempo y los cambios experimentados por el género romántico, Summer poco añade al arquetipo básico (vulnerabilidad, irresistible encanto sexual, cuidada imagen informal, indicios de buen gusto artístico y ciertos elementos de chica guay). Para todo lo demás se ciñe a lo establecido por sus ilustres predecesoras: simpática, detallista, desinhibida, reacia a compartir su intimidad y su pasado y propensa a cambiar de humor y de opinión con cara de circunstancias. En fin, el cóctel perfecto que sigue encandilando a cierta clase de jovencitos inseguros y con dificultades para encajar en el mercado continuo de las relaciones.



La película de Marc Webb recupera para la generación erasmus un personaje casi olvidado del cine romántico occidental. Y como los tiempos han cambiado aparece convenientemente tuneada: Summer no atrae porque necesita ser rescatada, es la chica cercana y poco convencional que se mueve (para desesperación de ellos) en la inmensa zona gris de los amigos con incierto derecho a roce. Aun así, su personaje incluye detalles de un realismo desarmante, casi incompatibles con su supuesta función dramática: después de haber roto su relación, ella y su ex Tom se reencuentran en la boda de una amiga común; al final de la fiesta bailan juntos y parecen recuperar viejas sensaciones. Cuando, tiempo después, él la acusa de haber dado a entender una reconciliación a causa de ese baile, ella responde simplemente que le apetecía bailar. En ocasiones, a los hombres nos cuesta procesar una realidad que se empeña en prescindir de todo significado oculto.

El segundo ingrediente en importancia de la película es el desorden temporal (signo de los tiempos) a base de numerar el día en que sucede cada escena. Y luego los secundarios, entre los que destaca la consejera sentimental de Tom, de la que no se sabe qué vínculo les une (le habla como una hermana, pero con la confianza y el aplomo de una imposible exnovia: es una preadolescente); un personaje original que sirve de complemento divertido en un argumento poco sorprendente para espectadores expertos. Tampoco faltan los momentos definitorios, en este caso un guiño casi inapreciable al detalle más sutil y deliberadamente complejo de Annie Hall (cuando Alvy invita a Annie a ver un documental super espeso y le enseña a apreciarlo; tanto que, cuando ya no están juntos, ve cómo ella convence a su nuevo novio para ver la misma película con los mismos argumentos que él utilizó): Tom enseña a Summer su lugar favorito de la ciudad y ella, a su vez, le ayuda a convertirlo en un instante perfecto. Pero sin duda es la falsa dedicatoria inicial la que establece el tono del filme y sitúa al espectador (incluso al más escéptico) en el lugar apropiado para dejarse engañar con lo que vendrá a continuación. El mejor gag del filme.

Un hilo rojo invisible atraviesa el género romántico protagonizado por jovencitas sensuales, problemáticas y de innegable y excitante lado oscuro: resultan atractivas gracias a su casi imposible combinación de belleza, gustos indie y culturetas, sexualidad y voluminosa mochila emocional (y con esto me refiero básicamente a exnovios que no han sido debidamente convertidos en recuerdos indoloros, que es lo que exige el protocolo internacional en estos casos). A pesar de las señales disuasorias que advierten del desequilibrio y las carencias emocionales, los jóvenes, los hombres, nos sentimos indefectiblemente atraídos hacia ellas como polillas a la luz. Para el que todavía no lo haya pillado: nosotros somos ese hilo rojo.




http://sesiondiscontinua.blogspot.com.es/2014/10/adorables-problematicas-y.html


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