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domingo, 26 de noviembre de 2017

Nos mueven los sueños rotos (Pequeña Miss Sunshine)

Pequeña Miss Sunshine (2006) es una rara obra maestra que ni envejece ni se deja encajar en ninguna moda o estilo. Es una película única que brilla por el guión modélico del debutante Michael Arndt (ganador de numerosos premios, incluyendo el Oscar), sus trabajados y divertidos gags, sus personajes imposibles pero verosímiles y, especialmente, por la oscura --a veces oscurísima-- realidad social estadounidense que atraviesa su anécdota central de arriba abajo. Es una película que divierte mientras nos recuerda que lo mismo que nos hace reír es tan patético como algunas de nuestras obsesiones más íntimas y/o domésticas. Dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris, dos consagrados artistas del vídeo musical (especialmente vinculados a la carrera de Red Hot Chili Peppers) a quienes sólo les apetece meterse de lleno en la ficción convencional muy de vez en cuando. O simplemente porque no tienen nada que les inspire para dirigir su mirada crítica y ácida sobre la realidad. De hecho, se lo han tomado con calma, porque acaban de estrenar La batalla de los sexos (2017), su segundo largometraje en once años.

El arranque de la película es modélico, un caso de estudio de economía y de eficacia narrativas: consume veinte minutos, pero los aprovecha al completo para presentar y definir de forma perfecta a cada miembro de la familia protagonista: un padre obsesionado con el triunfo, una madre desbordada e histérica del coño que además se acaba de hacer cargo de su hermano --recién salido del hospital tras un intento de suicidio--, un abuelo que consume drogas en secreto, un hijo adolescente que se niega a hablar y que únicamente piensa en ser piloto y una hija de apenas siete años que vive inmersa en el mundo ridículo e irreal de los concursos de belleza. Un prólogo que además establece los objetivos inmediatos de cada uno de ellos antes de embarcarlos, de forma coherente aunque obligada, en el viaje iniciático y físico que llenará la película: llevar a Olive a un concurso infantil de belleza.



Con semejante arranque, el espectador tiene todo el derecho de acomodarse ante la perspectiva de un viaje que promete grandes momentos. El primero --que se repetirá varias veces-- a costa de la manera en que deben arrancar la furgoneta durante todo el trayecto, un gag que de paso sirve para rematar de forma hilarante cada final de escena. Luego surgirán imprevistos que obligan a cada miembro de la familia a enfrentarse a la realidad y descubrir que su vida es una farsa. Y por si eso no fuera suficiente, aún siguen obligados por las circunstancias --el guión se las ingenia para que así sea-- a seguir acompañados de semejante patulea de indeseables. Y así hasta que al final sólo queda un sueño intacto: el de Olive, el único que no puede ser traicionado sin provocar un daño irreparable. La película exhibe el clásico esquema de bola de nieve a base de gags perfectamente encajados en la historia (incluyendo el típico cadáver imprevisto), pero sin necesidad de pasarse de rosca en cada ocasión. El filme se las apaña para ensamblar una serie de imprevistos cotidianos en los que el humor surge por la reacción de los personajes, que revelan así su incompletitud como seres humanos. Esa y no otra es la carga letal que late tras las risas de Pequeña Miss Sunshine.

Ni siquiera para culminar la historia Pequeña Miss Sunshine abandona el clasicismo formal: recurre a la catarsis --el método preferido por los estadounidenses para la superación de las adversidades y reafirmar proyectos de vida-- para dejar bien claro su mensaje y su crítica final. Durante el accidentado trayecto hasta el concurso de belleza infantil cada uno de los protagonistas ha debido renunciar a algo, forzar las normas para superar una adversidad sobrevenida, exponer sus sentimientos en público y suplicar sin temor al ridículo. En otras palabras: desvelar los hilos rojos de la gigantesca y grotesca conspiración en la que hemos convertido nuestro mundo. Aun así, como no podía ser de otra manera, la familia alcanza una precaria y momentánea reconciliación por medio del dudoso honor de ridiculizarse y ridiculizar a personas que son, casi con toda seguridad, igual de ridículas que ellos. Sin duda esta habilidad --que divierte, juzga con dureza y reconforta sentimentalmente (estrictamente por este orden)-- es el secreto del éxito de la comedia americana como género y, en especial, de Pequeña Miss Sunshine. Dudo que existan más de diez comedias de este tipo en toda la historia de Hollywood que no cierren su anécdota con este recurso, tan brillante desde un punto de vista cinematográfico como demoledor y gratificante para el espectador.


jueves, 16 de noviembre de 2017

Nuevos gritos del silencio (The visitor)

Hace diez años la guerra en Siria aún no había comenzado. Faltaban cuatro años para el 15/03/2011 --el nefasto Día de la Ira que supuso el inicio de un conflico aún abierto-- y por eso The visitor (2007) no podría haber sido la película que es. Tom McCarthy es su guionista y director, pero antes fue un actor de dilatada carrera: las series de TV Profesores de Boston (2000-2004) y la mítica The Wire (2002-2008) apuntalaron su fama, reforzada con largometrajes de éxito diametral, como Buenas noches, y buena suerte (2005) y The Lovely Bones (2009). En cambio, su carrera como guionista incluye títulos como Up (2009) --tramas adicionales-- o la polémica --y por eso oscarizada-- Spotlight (2015).

The visitor fue su segundo largometraje, ya como autor completo --guión y dirección-- y resulta tan incómoda como el inapelable recorrido moral de su protagonista, y que sirve para desplegar los temas del argumento. Walter, un viudo y mediocre profesor universitario, desilusionado y abúlico, va a Nueva York para dar unas conferencias y encuentra que en su piso se ha instalado una pareja: Tarek, un músico sirio, y su esposa. Pero que quede claro (es importante para caracterizar a la pareja): no habían entrado a la fuerza en el piso, sino porque un tercero se lo había alquilado con todo el morro del mundo. Ese es el plausible suceso que pone en contacto los dos mundos que describe el filme: el de los occidentales acomodados, anestesiados contra nuestro entorno gracias a nuestro poder adquisitivo y a las rutinas que nos hemos impuesto; y el de los inmigrantes forzosos e ilegales, improvisadores por definición, acostumbrados a vivir con lo puesto y a mantener precisamente por eso una actitud mucho más vital, sencilla y directa.



De ese contacto mínimo, pronto queda claro que el único que puede sacar algo es Walter: primero porque redescubre la importancia de dedicar tiempo a lo que de verdad le gusta (en su caso la música: Tarek le hace entender que es mejor que se dedique a la percusión con el yembe; cuando Walter estaba empeñado en aprender piano, el instrumento que tocaba su difunta esposa), a valorar --quizá por primera vez en su vida-- las cosas que posee y su privilegiada posición geopolítica. Pero de paso algo más importante: a toparse de bruces con la cruda realidad de la inmigración, a ponerse en la piel de quienes viven con el miedo constante a ser descubiertos, detenidos, deportados... No sólo ser testigo directo de su precariedad y penuria material (la deducimos al primer vistazo con un mínimo de empatía), sino nuestra manera de mirar a otro lado cuando nos hace sentir vergüenza por nuestra abundancia. Walter se ve lanzado de repente contra el mismo muro de indiferencia y silencio que con que nos segregamos de los inmigrantes, contra el muro físico que los oculta de nuestra mirada (los campos de internamiento) y, finalmente, del muro kafkiano que resulta ser la burocracia migratoria estadounidense. Todo esto la película lo presenta sin estridencias ni dramatismos, sino revelándolo a medida que el protagonista quema etapas en su descubrimiento de un mundo desconocido, más bien ignorado. The visitor muestra el itinerario moral del estadounidense con estudios superiores respecto a las inmensas zonas oscuras que ocultan los entresijos de la política migratoria de su país.

Además, Walter redescubre un sentimiento dormido, pero la lógica de la historia le impide que aflore con naturalidad, porque la política convierte esa situación en antinatural. El incipiente amor que experimenta por la madre de Tarek (a la que ha acogido en su casa) surge espontáneamente, pero no sólo es inconveniente, sino que puede interpretarse como que Walter aprovecha de forma ventajosa la desigualdad legal que les separa. Ella da la sensación de que no se da cuenta, o que prefiere limitarse conscientemente a su papel de agradecmiento constante por todo lo que recibe, lo que hace comprender a Walter aún más rápidamente sus nulas posibilidades. Y no por un tema étnico o jurídico, sino porque el drama de Tarek se interpone entre ambos. Una eficaz metonimia de un problema mucho más complejo.

En Los gritos del silencio (1984) se cuenta la historia de un drama que pone a prueba la amistad de dos amigos: un periodista estadounidense destinado en Camboya y un médico local que le sirve de intérprete y guía en vísperas del sangriento conflicto de los jemeres rojos. El terrible genocidio a que dio lugar aquella guerra los separó violentamente, pero ambos demuestran que, a pesar de todo, su amistad perdura hasta el emocionante día en que se vuelven a reunir. The visitor expresa una variante muy actual e igualmente dolorosa de ese mismo drama: dos personas que se encuentran por casualidad, experimentan una mutua simpatía y luego, de pronto, se ven separados por culpa de decisiones políticas de difícil justificación humanitaria. The visitor no entra a valorar la emigración como fenómeno social, sino desde el lado estrictamente humano, el de las personas que se comunican, que se ayudan mutuamente a convertirse en mejores personas... Desde este punto de vista el retrato es triste y esperanzador a la vez, pero se materializa a través de un filme nada desdeñable, airado, sensible, auténtico.


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