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domingo, 17 de diciembre de 2017

La timidez extrema, bien recompensada (Una cita para el verano)

Existe un curioso club de películas en la historia del cine: el de los títulos dirigidos por un actor que se reveló como un interesante director pero que, por circunstancias diversas, no pudo completar ninguno más. En ese club --al que se accede por casualidad, no por méritos cinematográficos-- se incluyen obras maestras como El hombre perdido (1951) de Peter Lorre, La noche del cazador (1955) de Charles Laughton o Johnny cogió su fusil (1971) de Dalton Trumbo; tres auténticas rarezas al más puro estilo filatélico tan prometedoras como irrepetibles. Otros títulos están ahí porque la muerte de su director los hizo únicos: además del Lorre ya mencionado, destacan Atajo al infierno (1957) de James Cagney o El rostro impenetrable (1961) de Marlon Brando. Otros tantos se mantienen en el club de forma provisional, a la espera de que un segundo largometraje los saque de ahí, ya que, por el momento, son excepciones en la filmografía de autores aún en activo. Por último, un cuarto grupo lo forman largometrajes que son aportaciones únicas a la dirección, una mera anécdota en la filmografía de algunos nombres famosos: La rebelión de las máquinas (1986) de Stephen King, El tao de Steve (2000) de Jenniphr Goodman, Roller girls (2009) de Drew Barrymore o A tale of love and darkness (2015) de Natalie Portman. Una cita para el verano (2010) de Philip Seymour Hoffman es un híbrido entre rareza filatélica a lo Peter Lorre y película única por trágicas circunstancias biográficas (Hoffman murió en 2014).

Basada en una obra teatral adaptada al cine por su propio autor, Una cita para el verano ilustra una anécdota menor con un elenco de personajes que, cuanto más cerca se les mira, más reales parecen. Especialmente meritoria es la interpretación de Hoffman (Jack en el papel protagonista, del que sin duda lo que más le atrajo fueron las posibilidades de lucimiento de sus dotes interpretativas), llena de matices y revelando una sensibilidad muy difícil de componer, evitando que no se vaya de las manos en plan exageración histriónica a lo Daniel Day-Lewis. El argumento se centra en la historia de dos relaciones que se cruzan de forma explosiva en sus respectivas trayectorias: una en fase ascendente (la de Jack y Amy) y la otra descendente (Clyde y Lucy), y muestra la manera en que estas situaciones, por muy distinto signo que tengan, están llenas de motivos y deseos ocultos. Una relación, viene a decir la película, se consolida o se va al garete porque una de las dos partes quiere que así sea.



Rodada con los medios justos la película destila un inevitable aire teatral (pocos exteriores, primeros planos, preferencia a las reacciones en los rostros de loa actores) y un deseo de conmover a base de sinceridad y de cercanía. Es inevitable preguntarse ahora, sabiendo cómo han sucedido las cosas, cómo habría sido la carrera de Philip Seymour Hoffman como director, puesto que como actor ya lo había demostrado casi todo. Bienvenido al club Philip, te has hecho un hueco en él para siempre...


martes, 5 de diciembre de 2017

Apoteosis de lo indie (Yo, él y Raquel)

Yo, él y Raquel (2015) es una película tramposa, muy tramposa; y sólo por eso cualquier espectador lo consideraría un fraude. Un fraude de vida y de ficción. Pero a esta película se le perdona, porque emplea exactamente la misma clase de fraude que usamos en la vida real para sortear, evitar o mitigar el dolor. Dirigida por Alfonso Gómez-Rejón, nacido en Texas y asistente y director de segunda unidad de cineastas como Martin Scorsese, Nora Ephron, Robert de Niro, Alejandro González Iñárritu, Kevin Macdonald, Ryan Murphy o Ben Affleck. Debutó como director en TV con la serie Glee (2009–2015) y éste es su segundo largometraje después de la alimenticia Espera hasta que se haga de noche (2014). Una intensa experiencia en diversos registros y formatos que no auguraba la madurez demostrada en esta de ahora.

De entrada, por si eso ayuda a calibrar mejor mi crónica, admito que esta película me ha pasado muy de cerca, y aunque no ha habido impacto directo algunas zonas de mi biografía emocional sí que se han visto afectadas (como los efectos físicos de un meteorito o un tsunami), lo justo para inflamar heridas que uno creía bajo control. Lo más fuerte es que, igual de Greg, el adolescente que se adapta para pasar desapercibido en el instituto y esconder su innata bondad, solemos usar ese mismo dolor para dar salida a nuestra creatividad. El lado oscuro de esa misma actitud es el deseo de muerte y autodestrucción, la forma más antigua de introspección creativa a base de expandir los sentidos con drogas y toda clase de estimulantes. Está claro que también es una estrategia válida, pero poco compatible con una vida larga y estable, y que desde luego reduce al mínimo la posibilidad de servir de ejemplo a una posible descendencia. Lo cierto es que, como Greg en Yo, él y Raquel --aunque ni él mismo lo sepa todavía-- nos da por la creación para superar el dolor, como un paliativo cotidiano para los amores que nunca se concretan, como combustible fundamental de la imaginación; en definitiva, como superación de toda clase de temores y vergüenzas trascendentales. El dolor permite que no nos importe exponernos tal como somos cuando lo experimentamos, y eso es bueno, porque nos ayuda a aceptar una verdad, una pérdida. Estas catarsis dolorosas tienen otra ventaja: con el tiempo, de alguna extraña manera, se convierten en algo nuevo; casi siempre en arte, en ficción, en relatos que hablan de nosotros mismos como si fuéramos un tercero. Como no podía ser de otra manera, Yo, él y Raquel es una historia que Greg se propone contarnos con altas dosis de subjetivismo y legítima manipulación narrativa. Los beneficios de ese dolor, dicen los expertos, se revelan a largo plazo en forma de resiliencia, un sentimiento que no nos devolverá lo perdido, pero sí permitirá afrontar mejor posibles nuevas pérdidas con un 20% menos de desgaste. No es fácil explicar esto en una película que además entretenga, pero como digo quizá deba quitar el IVA de las similitudes biográficas.



La película contiene la mayoría de las señas de identidad de lo indie: relato fuertemente autoconsciente (Greg escribe la historia justo después de que todo haya acabado), distribución en capítulos, homenajes cinéfilos en forma de micropelículas con títulos que parodian a los originales con mucho humor, tomas largas, profundidad de campo, diálogos chispeantes... El modo de vida y la ética indie aparecen por todas partes, pero no como simples tópicos, sino como una fase de la adolescencia que es necesario superar para convertirse en un ser humano completo. Y además la película en conjunto resulta creíble y conmovedora, retirando cuando toca las habituales toneladas de distanciamiento irónico que caracterizan a los personajes, y que otros filmes de mismo género manejan como mero recurso de comedia barata. Y lo hace con de una forma lo suficientemente sincera como para que, ni siquiera a un indie atascado en su inmadurez, le parezca una rendición o una concesión a la babosería. Puede que la actitud de Greg al principio de la película (negación de la realidad, incapacidad para expresar sentimientos, constantes citas y chistes), de tantas veces que la hemos visto recreada en la pantalla, ya forme parte de la personalidad social que aspiramos a construir, o que la complejidad del mundo nos empuje a blindarnos con algo así, no lo sé, pero la película se las apaña para hacer añicos ese arquetipo adolescente y rematar el drama con dignidad.

Yo, él y Raquel retrata el lado doméstico y cotidiano que evitaba un drama inapelable como Bajo la misma estrella (2014): no comprendemos todo en el momento adecuado, ni decimos las palabras que el otro espera cuando las espera; lo cierto es que --como el trío protagonista del filme de Gómez-Rejón-- reaccionamos tarde y mal, nos dejamos arrastrar por las consecuencias de los actos ajenos y escapamos de nuestras propias cagadas como sea. A todos nos gustaría enamorarnos de la chica más guapa del instituto después de atravesar juntos, como por casualidad, una experiencia trascendente y traumática, pero la vida no suele otorgar señales tan claras como las del cine; la película se encarga de dejarlo bien claro. Como espectadores no nos gusta constatarlo en una película, aunque el deseo de que acabe siendo así mantiene nuestro interés.

Y para terminar, cabría preguntarse: ¿por qué las películas sobre transiciones adultas (romances, pérdidas, divorcios, emparejamientos...) no exhiben tanta fertilidad formal ni argumental como las de adolescentes? Puede que la inmadurez y el infantilismo que nos caracteriza como sociedad tenga algo que ver con este déficit; porque por el temor a que los argumentos resulten demasiado retorcidos y/o complejos no creo que sea. La comedia romántica ha alcanzado hoy un alto nivel de inverosimilitud y extravagancia capaz de provocar incredulidad y sonrojo en el espectador medio; así que tiene que ser otra cosa, quizá el blindaje ético y estético de mejor calidad que impide a los adultos sincerarse, ni siquiera en los contados momentos en que los que el dolor nos permitiría hacerlo sin trabas. Además, la excusa de la ficción vendría que ni pintada... Pues ni así.


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