domingo, 12 de agosto de 2018

Lección de empoderamiento femenino (Los increíbles 2)

Disney se ha lanzado en estos últimos años a explotar el filón de las secuelas, incluyendo aquellos títulos que en su momento parecían sagrados, obras únicas e irrepetibles. Pero el tiempo todo lo muda y ahí están las secuelas de Toy story (1995), cuya continuación sólo se hizo esperar cuatro años y de la que pronto veremos la cuarta entrega de la saga; Cars (2006), cuya segunda parte se hizo esperar cinco años y el año pasado estrenó una tercera; incluso alcanzó a la delicada y rompedora Buscando a Nemo (2003), aunque ese doble valor hizo que su aura sagrada tardara diciséis años en desvanecerse con Buscando a Dory (2016). Apenas un año escaso más ha durado el aura de Los increíbles (2004), uno de mis títulos favoritos de los que me tocó ir a ver con mi hija. Ni siquiera descarto que caiga una continuación de una obra tan redonda e inclasificable como Wall·E. Batallón de limpieza (2008), cuya inviolabilidad dura ya una década... No lo descartemos tan rápidamente.

El propio Brad Bird se ha encargado del guión de esta segunda parte --Los increíbles 2 (2018)-- y, consciente de los elementos que hicieron triunfar a la primera, apuesta por ellos introduciendo apenas una sutil pero valiosa modificación: si en el primer argumento todo giraba en torno a la crisis masculina --un padre con un trabajo mediocre que no puede ser un héroe ni para su familia ni para la sociedad--, en esta de ahora es la esposa quien toma las riendas. Pero no para cumplir un deseo íntimo no satisfecho, sino para sacar a la familia del bache económico y emocional que amenaza su estabilidad (el matiz daría para sutiles y reveladores análisis, pero eso queda para los expertos). Este desplazamiento de género es sin duda una de las consecuencias visibles del movimiento Me Too que ahora mismo inunda Hollywood. Veremos si toda esta visibilidad en pantalla es capaz no sólo de calar para bien en las jóvenes audiencias a la que se dirige, sino de modificar el statu quo de la industria: dobles raseros económicos, machismo cotidiano en los rodajes y en fiestas... pero también tanto relumbrón y derroche en vestidos y ceremonias... Esto también queda pendiente para debatir otro día.



Lo importante es que ahora la superheroína es la líder de la familia, y no porque Mr. Increíble no esté disponible, sino porque así lo ha decidido la familia (y las encuestas de la televisión). La cosa es que esta vez la aventura intercambia los papeles en una primera parte entretenida: ella salvando el mundo y él convirtiéndose en otra clase de superhéroe cotidiano, al que también hay que reivindicar. Así, los gags domésticos alternan con escenas de acción trepidante, por momentos incluso mareantes debido a la rapidez de los movimientos (como la persecución del monorrail). Es un nuevo enfoque que abre nuevas posibilidades (incluso para una tercera parte), aunque el gran final no se salga de los cánones más clásicos del género: evitar in extremis una catástrofe en la que los niños-héroes juegan un papel importante, tomando la iniciativa y demostrando su madurez y fuertes vínculos con sus padres (a los que literalmente rescatan). El mundo sigue siendo el que es porque las familias se mantienen unidas.

En definitiva, una secuela por encima del nivel medio que viene exhibiendo Disney en su estrategia de alargar la rentabilidad de sus éxitos de hace una década. Un filme entretenido que, gracias a la solidez de sus personajes y su original planteamiento, no necesita introducir grandes cambios para seguir haciendo disfrutar a adultos y menores.


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