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martes, 27 de noviembre de 2018

Lección de historia y de estilo (La muerte de Stalin)

Vi el trailer de La muerte de Stalin (2017) y pensé que sería la típica comedia conservadora que busca el lado cómico a un acontecimiento que sólo el tiempo y la distancia (física e ideológica) pueden convertir en algo digno de parodiar; algo así como la clásica humorada amable con cadáver de por medio y un montón de tipos ridículos alrededor. Como no duró lo suficiente en cartelera creí confirmada mi primera impresión, pero entonces un amigo me comentó lo mucho que le había sorprendido y, como solemos coincidir en gustos cinematográficos, me hice con una copia para revisar mis sentimientos. Y tuve que revisarlos a fondo, porque el filme es vitriolo puro...

Producida en Francia y basada en una novela gráfica del mismo título de Fabien Nury y Thierry Robin, La muerte de Stalin es una dura e inmisericorde parodia sobre con los mediocres patanes que gobernaban la antigua URSS, y que a principios de los años cincuenta habían logrado que el país entrara en paranoia y en manía persecutoria por culpa de una idea deforme acerca de la lealtad ideológica y política, incluso de pensamiento; desembocando en un modo de producción de purgas, deportados y asesinatos en masa. Un terror de Estado comparable al Thermidor de la Revolución Francesa en 1792 o al régimen de los jemeres rojos en Camboya durante 1978 y 1979. Pero la película no escarba en el drama humano ni en la crónica histórica al servicio de una denuncia política, sino que la muerte del dictador sirve para hacer una vivisección demolerora sobre el temor del pueblo a la deportación y un retrato de la indigna patulea de gobernantes próximos a Stalin: Beria, Khrushchev (Steve Buscemi), Malenkov, Molotov (ex-Monty Python Michael Palin) y un inefable mariscal Zhukov (interpretado espléndidamente por Jason Isaacs)... Rivalizando todos en ridiculez y estupidez a medida que transcurren los minutos.



La distancia temporal y el hecho de que sabemos cómo acabó el experimento comunista permite que disfrutemos de una comedia más negra que cualquier agujero negro supermasivo conocido. No sólo es la desopilante verificación de la muerte de Stalin a costa de unos cuantos chistes sobre funciones corporales, es que incluso las ejecuciones sumarias son motivo de un gag recurrente y original. Y por supuesto los diálogos de las intrigas por la sucesión: cada frase es un dardo, una ironía sangrante, un comentario cínico basado en un hecho histórico. Y, de remate, el carácter grotesco y ridículo de todos miembros del Presidium soviético, hecho de miedo a la traición, a quedar descolgados del poder o, simplemente, a no poder salvar el culo de cualquier manera. Todo narrado a la velocidad de la luz, sin dar respiro al espectador, el cual únicamente debe dejarse llevar por la inercia de una comedia muy bien manejada. Un filme brillante en todos los aspectos.

El indudable estilo Coen de la película hizo que me documentara a mitad de película, y todo acabó de encajar: se trata del segundo largometraje de Armando Iannucci, el segundo tras su brillante debut en la dirección con In the loop (2009). Iannucci es el típico producto del humor político británico: graduado en literatura inglesa por Oxford y sólida formación humanística, gracias a la cual explotó al máximo su corrosivo sentido de la parodia en la radio o en la aclamada comedia televisiva The thick of it (2005-2012). De hecho, un punto de vista tan ácido y a la vez realista de la actualidad política suele ser fruto de la estricta moralidad de su autor, un detalle que no suele trascender a la narración, pero que queda latente en el espectador, que se ve forzado casi siempre a reflexionar ante la base real de un tono tan irrespetuoso y directo. Artistas como Ianucci, por su formación y trayectoria, son los mejor situados para detectar los puntos débiles de un sistema que presume de compacto, y también para poner de vuelta y media lo más sagrado de nuestra historia política. Estoy persuadido de que los historiadores de formación son auténticos profesionales del sarcasmo en potencia, un filón que los medios deberían explotar convenientemente.

En definitiva, una película de la que disfrutarán los fans del cine sarcástico y de los buenos guiones; el resto, los que prefieren el humor amable hecho a base de equívocos, después de superar la conmoción inicial ante tanta incorrección política y social, podrán divertirse con la versión no del todo infiel de la demencial sucesión de un miserable cadáver.


jueves, 15 de noviembre de 2018

Fragmentos de un padre en disolución (Somewhere)

Sofia Coppola venía de llamar la atención con Las vírgenes suicidas (1999), reventar de éxito con Lost in translation (2003) y de revelar (modernizado) el legado paterno en su estilo cinematográfico con Maria Antonieta (2006), una especie de experimento en la línea de Corazonada (1981) --aunque bastante mejor culminado que la de su padre-- y que es su filme más inclasificable y arriesgado. Todo esto para recalar, cuatro años después, en Somewhere (2010), el filme más sutil, complejo y resistente al etiquetado unívoco que ha realizado hasta ahora. Con él, Coppola recuperó el tono y el distanciamiento narrativo perfectos de Lost in translation, pero esta vez con una historia más probable y con más posibilidades de desplegarse en detalles.

Como hija de celebridad sabe perfectamente cómo viven la adolescencia los hijos de los famosos: los viajes, el derroche, el lujo cotidiano convertido en algo doméstico, la incomunicación, el picoteo social impuesto... Cleo tiene once años y es la hija de Johnny Marco, un actor de Hollywood en un buen momento de su carrera. Como todo famoso y padre divorciado, no tiene una relación demasiado fluida con su hija, de la que se ocupa lo justo, sin preocuparse de las miserias que deja entrever en sus momentos de convivencia. Hasta que un día Cleo tiene que pasar unos días más de los habituales con su padre y algo prácticamente imperceptible se trastoca...



El filme está indudablemente anclado al punto de vista de Cleo (prometedora Elle Fanning), y aunque su personaje no está presente durante buena parte de la historia, el punto de vista del narrador externo está asimilado a una mirada ajena como la de ella. Coppola se toma su tiempo --quizá demasiado-- para retratar el día a día y el carácter de Johnny: numeritos de softporn en la habitación, picoteo sexual con toda clase de conocidas y desconocidas, apretada agenda de promoción de su última película... Pero aun así es un hombre que se aburre, sin metas ni intereses, para quien las fiestas y los hoteles sirven para llenar sus propios días sin huella. En ese vacío repleto irrumpe Cleo temporalmente y de pronto todo cambia con una naturalidad pasmosa: las diversiones morbosas se interrumpen, los encuentros sexuales son debidamente ocultados con más o menos eficacia, y un montón más de cosas se imponen para llenar el tiempo entre ambos (actividades extraescolares, videojuegos, caprichos...). Aunque entre todas ellas destaco la involuntaria perversión y aceleración de la adolescencia que estimulan los acompañantes de Johnny con los que traba contacto Cleo. Todos la tratan como la mujer que aún no es, sin preocuparse de conocerla ni de adaptarse a su nivel de madurez. Quizá esa es una de las razones por la que muchos hijos e hijas de famosos no parecen demasiado centrados; quizá es algo de lo que escapó la misma Sofia...

Esa forzosa imposición de horarios que provoca Cleo es la que llena la segunda parte de la película, sin revelar apenas la evolución interior de Johnny ni remarcar los cambios a base de diálogos y/o momentos definitorios. La paternidad es, de pronto, un interesante objetivo vital no buscado pero sencillo y llevadero. Por contra, la ingenuidad y la precoz madurez de Cleo establecen un fuerte contraste --entre divertido y reflexivo-- con el carácter de su padre, y también se sitúa en primer plano el desconocimiento de Johnny en todo lo relativo a su hija, a la que trata como si fuera una niña. Cleo parece inasequible a ese mundo al que se asoma de repente y que, en apenas dos años, será el suyo, aunque el desarrollo de la historia demuestra que Coppola está más interesada en los efectos de estos cambios sobre su padre. El factor edad y la experiencia de vida son los dos abismos que les separan.

En definitiva: ritmo deliberadamente lento y pausado, escenas que se alargan más de lo acostumbrado, dando tiempo al espectador para que extraiga más significados de los que los materiales dramáticos sugieren; la misma fórmula de éxito que ya aplicó en Lost in translation y que la aproxima --sin saberlo, sin buscarlo quizá-- al estilo de ciertos directores independientes europeos.


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