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miércoles, 4 de junio de 2014

Afasia argumental de indudable y limitado encanto (Bajo el peso de la ley (Down by law))

Normalmente, todo debut cinematográfico prometedor incorpora temas y puntos de vista novedosos o poco transitados, a veces trazas reformuladoras de la narrativa cinematográfica en algo que podría convertirse en un estilo propio (sucede pocas veces pero entra dentro de lo posible). En su tercer largometraje --Bajo el peso de la ley (Down by law) (1986)-- Jim Jarmusch todavía exhibía con fuerza la principal seña de identidad de su cine: la afasia argumental. Los cineastas noveles suelen tener muchas cosas que decir, Jarmusch dejaba claro (por tercera vez) que lo que tenía que contar es que pocas cosas había que contar, o si las había no merecían un tratamiento ni metafórico ni trascendental ni crítico ni paranoico. Mostración pura y dura.

El cine de Jim Jarmush tuvo la suerte de recalar en un mundo cuyo estado mental tendía descaradamente hacia lo superficial, al descubrimiento de nuevos géneros, arquetipos y puntos de vista más allá de los heredados del cine clásico y dados por muertos en 1960. Todavía aguantaron una década, pero en cuanto sus principales directores y actores se retiraron o desaparecieron conseguimos sacárnoslos de encima. Los argumentos mínimos de Jarmush no se dejan etiquetar así como así: todo parece que fluye hacia un objetivo narrativo que no se declara o se demora sistemáticamente, un significado oculto que estallará en el momento más inesperado y obligará al espectador a reencajar las piezas que ha ido reuniendo. Pues no señor, no hay nada de eso; se trata de un suceso cotidiano y menor que pone en marcha una historia banal, con personajes mediocres y un desarrollo previsible dentro de lo previsible (aunque más de uno se resista a creer que sea así y/o necesite llegar hasta el mismísimo plano final para aceptarlo). Precisamente ahí está la clave de su indudable éxito: en que reivindica una narración hecha de mediocridades excéntricas, lo justo para mantener el interés hasta la siguiente secuencia, en la que comprobamos que hay más de lo mismo. Los argumentos de Jarmusch son una sucesión de momentos extraños, ridiculos y divertidos, siempre sobre un fondo de verosimilitud inalterable que fluye al margen de sus paranoias. A pesar de todo, tenía su público: recuerdo que Bajo el peso de la ley (Down by law) se mantuvo en cartel durante meses en el cine Casablanca de Barcelona, convirtiéndose en referencia cultural de algo que todavía no se sabía muy bien qué diablos era, pero que con el tiempo acabó cayendo del lado del cine indie.



Filmada en impecable blanco y negro, la película está protagonizada por tres actores de trayectoria y estilos completamente eclécticos: todo consiste en enfrentarlos en una serie de situaciones desarrolladas con lógica, pero meritoria y extrañamentemente prolongadas, de manera que surja el humor a base de repeticiones y absurdos verbales que se recrean en una situación sin salida argumental. Conversaciones que no llevan a ningún sitio, personajes que no evolucionan, tan sólo se deslizan por la vida, e improvosan sobre la marcha; se trata de una variante de la dilación narrativa de Tarantino, sólo que --en lugar de la tensión violenta-- se basa en la ironía y en lo grotesco (de ahí su inevitable atractivo entre audiencias jóvenes) que hizo concebir esperanzas sobre un cineasta renovador. Hasta que se cruzó Noche en la Tierra (1991) --el primer filme declaradamente global antes de la globalización-- y se vio claro que la fórmula estaba agotada; aunque para entonces sus seguidores podíamos consolarnos con la primera parte de su filmografía y dar por bueno el balance creativo.

La película se sostiene totalmente gracias a la capacidad de improvisación de sus tres protagonistas --Tom Waits, John Lurie y Roberto Begnini-- y en la habilidad para enlazar narrativamente largas escenas para que interactúen los tres. Para el espectador novato o contemporáneo, Bajo el peso de la ley (Down by law) no deja de ser una vuelta de tuerca a los filmes carcelarios sobre fugas, con el atractivo de que omite todos los tópicos del género y añade muchas cosas raras y divertidas, el retrato de un mundo absurdo donde no hay espacio para la trascendencia ni la seriedad. Exactamente como requería la estética ochentera de aquellos años.

En Bajo el peso de la ley (Down by law), como en toda la primera parte de la filmografía de Jarmusch, no hay más cera que la que se muestra: parecía que finalmente iba a ser posible un cine que expresara únicamente aquello que mostraba, que no había nada más allá de la realidad de la pantalla, sin significados ocultos, sin metáforas ni metonimias sobre la vida y el amor también. Cine en presente, sin la carga del pasado y sin complicaciones futuras. Fue bonito mientras duró.




http://sesiondiscontinua.blogspot.com.es/2014/06/afasia-argumental-de-indudable-y.html


miércoles, 3 de abril de 2013

Elogio moral de la inmadurez (Amor y letras)

La segunda película de Josh Radnor --la primera fue la sorprendente Happythankyoumoreplease (2010)-- ha dado muy cerca del blanco, por lo que aviso que este texto va a ser espectacularmente subjetivo.

¿Has estudiado Humanidades o Filosofía y Letras en la universidad? ¿Durante tu etapa universitaria sucumbiste al poder brillante de la literatura, la música, el cine o cualquier actividad artística? ¿Crees que ese enriquecimiento cultural --por iniciativa propia o en alguna asignatura de grato recuerdo-- que te proporcionó te ha modificado interiormente y te ha convertido en un ser humano mejor? ¿Crees que tu destino emocional es encontrar alguien que vibre con las mismas obras de arte que a ti te desarman? ¿Crees que puedes usar tus títulos favoritos como criterio infalible para filtrar posibles relaciones importantes y profundas en un océano de banalidad y superficialidad? ¿Estás, en definitiva, enamorado/a (total, parcial, directa o tangencialmente) de la parte de tu juventud que coincide con tus estudios superiores? ¿Te has dotado de alguna versión homologable y exhibible (selectiva aunque cierta en lo básico) de aquella etapa gracias a una elaborada yuxtaposición de momentos definitorios, que curiosamente guardan significativas semejanzas y/o paralelismos con otros que has leído o visto? ¿Estás en plena catarsis de los cuarenta, a punto de pasarla o (crees que) recién superada? En mi caso todas las respuestas son afirmativas. A cualquiera que haya admitido un solo «Sí» en esta batería de preguntas le recomiendo sin dudar que vaya a ver Amor y letras (2012).

¿Cumples todo los requisitos anteriores pero en lugar de Humanidades has estudiado ingeniería o cualquier otra rama científica? Lo siento chaval, esta no es tu película.



Radnor ha hecho una película para poner en su sitio a todos esos bichos raros que producen las facultades de humanidades de todo Occidente, especialmente hombres, incapaces de admitir que la mayoría de la gente --incluso ellos mismos la mayoría del tiempo-- se rigen por modelos banales, temporales, acomodaticios y previsibles. A esta gente es difícil convercerla --allá por la treintena-- de que es inútil esperar que sobrevenga una revelación universal, súbita y sincronizada que haga comprender a la Humanidad entera (pero especialmente la parte que ellos tienen cerca) que se comporta de forma insoportablemente convencional. Y si además te das de bruces con una jovencita de buen ver, chapada a la antigua, deseosa de conocimiento, simpática y que entra al trapo de tus opiniones sobre arte y literatura, la activación automática del Síndrome de Pigmalión es inevitable.

Amor y letras describe con el aplomo y el verismo de quien forma parte del problema, el limbo idealizante y de eterna espera que define a determinados estudiantes de humanidades, atrapados en la bruma de las obras maestras de la literatura universal, que filtran y etiquetan a los demás por sus opiniones sobre determinadas obras y autores. Personas que ansian sensaciones y momentos absolutos y odian desgastarse en lo cotidiano y doméstico; que todavía creen que una cita perfecta debe culminar en una conversación hasta la madrugada en la que se produce una interacción genial donde ambos descubren una pasión común por García Márquez o vete a saber qué compositor renacentista. Citas llenas de detalles encantadores, únicos y significativos que servirán para que, años después, en plena efervescencia treintañera, ellos puedan componer un relato perfecto de lo que fue el inicio de la relación fuerte, duradera, sensible y, sobre todo, cultivada e inquieta en lo cultural, de la que ahora presumen.

Radnor retrata con humor y sentido crítico toda la galería de arquetipos y tópicos: el entusiasmo inicial, basado en una afinidad mutua por las conversaciones sobre temas profundos desde un punto de vista ligeramente cínico y una implícita, nunca verbalizada, atracción física; la obsesión por recomendar obras o conseguir que se admiren los mismos autores; el desajuste generacional (modas, preferencias de ocio, la manía de comparar todo con el pasado propio); el giro dramático inesperado... Tan sólo patina en un aspecto: la irreal y absurda actitud del protagonista ante la posibilidad de sexo, tanto con una joven estudiante como con una de sus antiguas profesoras (en este caso disculpable porque sirve de excusa para un buen gag y una posterior reflexión).

Amor y letras no es una comedia romántica al uso (como tampoco lo era Happythankyoumoreplease) pero se mantiene peligrosamente cerca. La filmografía de Radnor necesita un giro que le lleve más allá de la prolongación de Ted Mosby --el personaje que interpreta en la telecomedia Cómo conocí a vuestra madre (2005-2013)-- que le ha dado fama y la oportunidad de saltar a la dirección. El filme explota con habilidad y naturalidad situaciones bien conocidas, incorporando un punto de vista humorístico y suavemente crítico, y aunque el desarrollo posterior evita toda complacencia narrativa, en general el argumento no se aleja demasiado de los amoríos y desengaños del género romántico.

Lo mejor de la película es la idea que la pone en marcha: tomando como excusa la realidad semidisfuncional de los humanistas enamoradizos con tendencias narcisistas, Radnor se las apaña para ajustar cuentas con su generación, con la de tantos y tantos universitarios que creyeron encontrar en determinadas obras de arte el sentido último de sus preferencias sentimentales; quizá incluso consigo mismo (la película está ambientada en la universidad de su Ohio natal)

Y por último: gracias Ted Mosby, por conseguir que tu fama televisiva y tus coqueteos con un género consagrado hayan arrastrado a mi hija hasta el santuario de mis versiones originales y no le haya parecido tan mal la experiencia. Hay futuro.




http://sesiondiscontinua.blogspot.com.es/2013/04/elogio-moral-de-la-inmadurez-amor-y.html

jueves, 18 de octubre de 2012

Llevar el rostro por máscara (El tao de Steve)

Doy las gracias al dios menor del zapeo nocturno por haber permitido, hace unos diez años, que diera sin causa, motivo ni voluntad conscientes, con El tao de Steve (2000) de Jenniphr Goodman. Contra todo pronóstico, y por razones aún más inexplicables, me quedé a verla (estaba recién empezada) a pesar de que, por su argumento y apariencia, se trataba de una comedia romántica; eso sí de bajo presupuesto y con un estilo descaradamente indie. Con la perspectiva que otorgan los años transcurridos, los sucesivos visionados, así como la concurrencia de detalles y coincidencias muy personales, siento que puedo explicar por qué he quedado atrapado en El tao de Steve. Ahí va...

En primer lugar, el filme es una auténtica rareza: se trata del único título en la filmografía de su directora. En IMDB no aparecen más datos sobre ella, ni siquiera como colaboradora en guiones, cortometrajes previos o posteriores... nada. Es como si una única película hubiera bastado para colmar sus necesidades/expectativas de creatividad. En segundo lugar, al no disponer de otros títulos con los que contrastar, no hay manera de saber si el estilo que exhibe es fruto de la casualidad, del aplomo característico de una gran promesa o la verosimilitud que otorga el hecho de rodar sobre cosas que se conocen por experiencia propia o muy cercana (los créditos mencionan que el guión está basado en un tal Duncan North, el cual tiene un breve papel en la película, en sus conocimientos y teorías sobre la vida y el amor).



En el siguiente bloque, las curiosas coincidencias en lo personal: de entrada, Dex --el protagonista masculino, interpretado por Donal Logue, actor de dilatada carrera en películas mediocres y numerosas teleseries y telefilmes, entre las que cabe mencionar sus apariciones en Urgencias (2003-2005)--, es un treintañero (más o menos mi edad cuando vi por primera vez la película) que destaca entre sus amigos y conocidos por su enorme capacidad para improvisar/reciclar --de manera curiosa, divertida, informal y amena no exentas de verdad-- teorías sobre las relaciones entre hombres y mujeres; en especial de la filosofía clásica. Dex es un auténtico quiropráctico del comportamiento que debe observar un hombre si quiere obtener de la mujer una mínima dosis de sexo sin compromiso. Basándose en sus conocimientos de filosofía, los adapta a sus necesidades para deslumbrar, marear o divertir (según convenga) a sus presas. Por supuesto que incurre en flagrantes y frecuentes contradicciones, y comete graves errores de bulto achacables a su ignorancia y a no ser capaz de ver lo que tiene delante, pero de todo ese cúmulo de experiencias y aciertos parciales ha ido extrayendo una serie de premisas fundamentales que resultan verdaderas y universales a un determinado nivel de sentimientos, las cuales no duda en compartir con amigos y no iniciados. Otra cosa es que sea plenamente consciente de que su validez se limite a contextos muy concretos, no sólo de las relaciones, sino de las actitudes que adoptamos ante las relaciones. Precisamente de eso va la película.

A diferencia de otros personajes típicos del género romántico, Dex no es un ligón guaperas ni un Don Juan ni un Casanova (ni refinado, ni cosmopolita, ni bien dotado). Su atractivo más bien consiste en que es una persona del montón: fumador, bebedor, triponcete, dejado en el vestir, descuidado con sus cosas, egoísta... Defectos o vicios que compensa gracias a unas poderosas ventajas competitivas: misantropía (imprescindible para superar el rechazo), sentido del humor tendente al sarcasmo (ideal para dar sensación de seguridad y ocultar con habilidad los verdaderos sentimientos e intenciones); y lo más importante, como él mismo afirma en un momento dado de la película, suple sus carencias de atractivo físico con grandes dosis de alharaca verbal.



Dex, a pesar de su buen expediente académico y de amigos que le reprochan que puede aspirar a más, trabaja como monitor en una guardería. Prefiere un empleo sencillo y gratificante y poder dedicarse así a lo que más le gusta: comportarse como un auténtico francotirador para las relaciones del tipo hasta-que-el-amanecer-nos-separe. Ha ido puliendo sus teorías, basadas en diversos pensadores y filósofos, las cuales aplica para conseguir de las mujeres lo que desea. La diferencia es que, gracias a su facilidad de palabra, las mujeres no siempre son conscientes de la manipulación de que son objeto: Dex es, en este sentido, un gurú respetuoso con el medio ambiente en el que se mueve. La película lo presenta en el apogeo del éxito de sus técnicas; con todo, su personaje --tanto el que encarna el actor de carne y hueso como el que construye a su medida para la película-- no es un mentiroso ni un cínico embaucador, sino alguien que lleva el rostro por máscara (Octavio Paz dixit), fingiendo que su auténtico yo es una ficción, una protección de segundo nivel mal implantada (en realidad inexistente) para evitar daños en un fondo sensible que ellas creen percibir y al que desean acceder por curiosidad o para introducir mejoras (en el mejor de los casos). El rostro por máscara es algo así como el posmodernismo para pobres: con el único nivel de personalidad que te puedes permitir finges tener dos. Dex encara el flirteo como lo que en realidad es: un proceso de ingeniería social en el que un cierto margen de ocultación de verdad, deformación de la realidad y exageración de los propios sentimientos están permitidos. ¿Y en que me parezco a Dex? Prácticamente en todo: misantropía, borderío crítico, sentido del humor, estudios superiores, elocuencia, capacidad de reacción, reflejos mentales, sensibilidad artificialmente blindada... Tan sólo nos diferenciamos en un aspecto: soy lo opuesto a Dex en cuanto a resultados.

Cuando vi la película por primera vez, en los albores del siglo XXI, tenía una percepción algo distinta acerca de la posibilidad de existencia de una praxis verosímil para el arte de ligar: aparte de no haber leído aún el libro de Neil Strauss, El método (2005), que estableció definitivamente las bases de algo así, estaba persuadido de que era un conocimiento conscientemente escamoteado de nuestra educación pacata y mojigata. Pero no, se trata de un despliegue social que los dotados de precondiciones innatas por la lotería genética (guaperas, gente con morro) y los agraciados por la buena fortuna (pastosos, enchufados) exhiben con pasmosa naturalidad; en cambio, los artesanos (los del montón que hemos tenido que aprender el oficio desde cero, luchando contra nuestros instintos) que lo hemos interiorizado artificialmente a base de ensayo y rechazo, en cuanto parece que la cosa empieza a funcionar, en lugar de disfrutar de los resultados sin asomo de mala conciencia, nos da por profundizar y pulir la consistencia lógica de un arte compuesto en cuatro quintas partes de intuición. Teorías convenientes para mi mentalidad es mi aportación a este extraño género.



Mi intuición principal, aun así, era correcta: no todo en las relaciones puede/debe fiarse al aspecto externo y al azar, porque tarde o temprano es posible que debas luchar contra una fama que te precede. En mi descargo debo alegar que era (relativamente) joven y que subestimé el poder de la realidad. Pero también es necesario advertir que, carencias propias al margen, no todas las mujeres reaccionan como en las películas ni les hacen gracia comentarios que a mí me parecen infalibles y demoledores. Ahora no le doy tanta importancia al asunto y redimo mis penas y errores con un despreocupado escojo mal a las mujeres...

El tao de Steve me parece una obra maestra porque ilustra con un verismo no exento de amenidad las contradicciones en las que todos los hombres --tarde o temprano-- incurrimos, escudándonos tras brillantes teorizaciones con el objetivo nunca declarado de evitar decepciones, desengaños y padecimientos por culpa del rechazo. Y también para evitar/retrasar/modificar lo que consideramos (de entrada) la institución social más parecida a la muerte que existe: la monogamia. Dex practica un depurado tao de tres sencillas reglas para tratar con mujeres de las que únicamente desea obtener sexo. El nombre de Steve hace referencia a Steve McQueen (1930-1980) el icono masculino por excelencia gracias a su irrepetida combinación de sensibilidad sin menoscabo de lo testosterónico, aunque también toma elementos de Steve Austin (Lee Majors), el protagonista de la serie El hombre de los seis millones de dólares (1973-1978) y de Steve McGarrett (Jack Lord), protagonista de la versión original de la serie Hawaii 5-0 (1968-1980). El tao establece tres sencillas pautas:

1.-Adoptar una actitud distante respecto a ella, como si no nos interesara. Esto lo hacemos instintivamente desde la adolescencia, pero casi siempre sucumbimos por inexperiencia o precipitación. Consiste, una vez acumulados suficientes dosis de experiencia y autocontrol, en alejarte de aquello que deseas. Las mujeres están demasiado prevenidas contra los trucos masculinos, que dejan entrever enseguida sus auténticas intenciones. El hecho de parecer desinteresado ante la posibilidad de todo contacto las despista y hace que se interesen más por ti. Es una actitud que resulta complicado mantener debido al diseño de nuestros instintos más básicos, pero ahí debería acudir la filosofía para compensar determinadas pulsiones.

2.-Hacer algo excelente en su presencia. Esto también es algo que de jóvenes supimos que resultaba útil, pero siempre lo enfocábamos con un exceso de perspectiva: ser actor famoso, escritor, diseñar puentes, descubrir vacunas, inventar cacharros, hacerse millonario de la noche a la mañana... Dex comprende que la primera premisa sola no basta, ya que si te alejas deliberadamente de alguien lo más probable es que no suceda nada. Es necesario un gesto que nos sitúe en el mapa conceptual de nuestro objeto de deseo, y para eso nada mejor que llevar a cabo, en su presencia, algo admirable, o simplemente entrañable. Puede consistir simplemente en dejar que ella te vea jugando con los niños y niñas de tu clase; o ser capaz de improvisar un divertido monólogo entre trascendente y frívolo mientras ilustras la preparación de un cóctel. Estas cosas sirven como algo excelente y son, afirma Dex, la mejor manera de venderse como candidato, precisamente porque --de acuerdo con la primera norma-- previamente no hemos dejado caer ningún indicio de que estamos trabajando para nuestro propio interés.

3.-Después de haber hecho algo excelente, debes retirarte. Es decir, regresar al punto 1. Normalmente, cuando hacemos algo admirable esperamos del otro lado una reacción favorable e inmediata a nuestros intereses (en este caso el sexo) y ahí está el error, porque al darlo por hecho es cuando ellas pueden pensar que todo consistía (en realidad lo es) en un montaje para llevarlas al huerto. Si el punto 2 parecía complicado, el tercero exige algo aún más complicado: retirarnos sin intentar nada. El tao requiere, en definitiva, que actuemos en contra de nuestro instinto. Los hombres que se han encontrado en esas circunstancias conocen perfectamente el esfuerzo que eso supone y las ingentes cantidades de energía (en términos freudianos) que se dilapidan...

El tao de Steve no pretende levantar un enredo de comedia romántica sustentado en una serie de aforismos más o menos graciosos (hay infinidad de títulos así, la mayoría mediocres), aquí se trata de poner en imágenes unas incipientes nociones de ingeniería social, aplicadas a una realidad bastante cotidiana, y expresadas a través de un género cinematográfico parcialmente devaluado. Dex sintetiza magníficamente el tao con este contundente apotegma: aléjate de aquello que deseas.

No perdamos la perspectiva: ¿en qué contexto y por qué razón me parece todo esto deslumbrantemente cierto? En primer lugar, está claro que no es aplicable más que a una pequeña parte de nuestra biografía sentimental, toda aquella que no está presidida por el acatamiento de la monogamia. En segundo lugar, no sirve como criterio ético universal al estilo kantiano, a pesar de la forma que tiene Dex de enunciarlo; ni siquiera como máxima para estimar o apreciar a la gente que nos rodea. No estoy diciendo que El tao de Steve sea un clásico porque descubre el bosón de Higgs de las relaciones urbanas, ni mucho menos; lo que quiero dejar claro es que:

a) El tao de Dex es una praxis de relación posible y admisible.

b) Es un código de conducta compatible con la realidad de muchos singles del montón, ofreciendo alternativas a determinadas circunstancias que funcionan como una desventaja en el terreno de juego de las relaciones.

c) Es una de las formas más lúcidas y sanas de encarar esas etapas de la vida marcadas por el descompromiso (el palabro me lo acabo de inventar y lo pienso incorporar a mis teorías convenientes).

Pero es que, además, la película --escrita y dirigida por una mujer, no lo olvidemos-- revela exactamente cuándo, dónde y de qué manera los hombres quebramos todas nuestras bonitas teorías para conseguir mujeres en términos opuestos a los que teníamos previstos. Las premisas, las poses, los gestos, las palabras, todo sucumbe sin excepción al deseo por una mujer en concreto; cuando sentimos que queremos a esa y no a otra y, a partir de ese instante (y esto es lo más revelador), dinamitamos nuestras convicciones y actuamos ante los demás como si nada hubiera cambiado, pero a solas con ella lo hacemos de un modo opuesto (a lo que siempre hemos defendido). Siempre creemos tenerlo todo bajo control, siempre negamos esta esquizofrenia imposible. Siempre, en definitiva, acabamos cruzando a la orilla del tao femenino del que siempre renegamos...



Es preferible que una mujer haya dirigido esta película y no un hombre; una mujer que quizá haya sido víctima de un comportamiento así, porque las películas de Nora Ephron, desde luego, no mostraban este lado oscuro de la actitud masculina. Jenniphr Goodman se atreve a ofrecer una explicación al por qué somos como somos, incluso va más allá: al por qué las mujeres perciben nuestro mundo como lo perciben (incluyendo juicios de valor y críticas que son lugares comunes) y, en fin, por qué la humanidad funciona como lo está haciendo. En cualquier caso, El tao de Steve me resulta un filme cercano, muy cercano; pero incluso si eliminamos los comodines del paralelismo biográfico, creo que es posible disfrutar de él gracias a la frescura de su estilo indie, la renuncia a la mayoría de arquetipos del género (excepto al final) y la indudable cercanía de los protagonistas, puede que a la misma altura que algunos filmes escogidos de Jean Renoir.

Es más, puede que el principal mérito de la película sea que, una vez ilustrado el proceso adecuado para conseguir a la mujer de sus sueños, Dex --y el espectador también-- es consciente de estar renunciando a su querido tao. En realidad, simplemente ha dejado de funcionar porque ha entrado en otro sistema físico (el planeta monogamia), regido por motivaciones y fuerzas que escapan al mero egoísmo que regía su vida hasta ese momento. Pero esto es algo anecdótico, porque está claro que podrá retomarlo en cuanto lo abandone. El tao de Dex es una ética muy útil para sobrevivir durante las fases de soltería en todas sus manifestaciones; incluso, parapetados tras él, algunos hacen de él su filosofía de vida y optan por no franquear nunca de sus límites. La importancia del gesto de Dex, al final de la película, como el de tantos y tantos hombres, es saber renunciar al tao, poner cara de circunstancias y aceptar jugar con las normas que establecen ellas, más y mejor orientadas a la durabilidad de la relación, todo hay que decirlo. Syd, su chica, vale la pena: es inteligente, divertida, culta y además (aunque esto no se debe mencionar porque es anecdótico a pesar de ser un requisito del género) es delgada, rubia y guapa.

Mi pregunta es: si ella no cumpliera todos estos requisitos (especialmente los tres últimos), ¿Hubiera renunciado Dex a su tao? Todavía está por rodar una comedia romántica en la que la protagonista sea poco atractiva o, por decirlo en corto y claro, fea. Sí que hay argumentos sobre hombres que se enamoran de mujeres feas, pero siempre con el objetivo intermedio de distanciarse de los arquetipos del género que pretenden ridiculizar o criticar; porque luego ellas siempre aprenden (si son sensibles) o consienten (si son inteligentes) en vestirse y maquillarse de forma sexy, como si todo se redujera a una mera cuestión de atracción inicial y de retener la mirada de los hombres. Por esta razón, porque esta distorsión sigue vigente, todavía no hay ninguna película romántica protagonizada por una fea-fea que no sea en realidad una guapa mal aprovechada. Por una razón muy parecida sigue vigente el tao de Dex.




http://sesiondiscontinua.blogspot.com.es/2012/10/llevar-el-rostro-por-mascara-el-tao-de.html

martes, 19 de abril de 2011

A diez segundos de la comedia romántica (Happythankyoumoreplease)

Debut en la gran pantalla de Josh Radnor, más conocido entre el público televisivo por la serie Cómo conocí a vuestra madre y otros productos similares de la sitcom. Aparte de su reputación bien afianzada como actor cómico, ahora Radnor demuestra sus cualidades como guionista y director, facetas ambas en las que exhibe detalles prometedores. Tampoco es que para esta película se haya desplazado excesivamente de su territorio habitual, pero se nota que ha querido transmitirle un toque que --desde su punto de vista-- considera que le falta al actual romanticismo teñido de humor. No estamos ante un cambio radical de estilo ni nada de eso, simplemente una aportación personal que deberá consolidarse en el futuro.

La película narra la historia de tres relaciones de treintañeros: una que surge durante la película (formada por el propio Radnor y Kate Mara, mi nuevo fetiche del mes), otra que está a punto de alcanzar el ecuador de su nivel de compromiso y otra que trata de abrirse camino a pesar de ciertos desastrosos y respectivos precedentes. Tres momentos cruciales en todo romance que, con los consabidos contrapuntos cómicos, aportan el clásico punto de vista indie y coral a esta producción primeriza.



Happythankyoumoreplease (2010) --así, escrito todo junto-- me parece una película conscientemente contenida, precisamente para evitar caer en el adocenamiento acaramelado. Y es que a veces bastan diez segundos sobre la mesa de montaje para marcar la diferencia: finalizando la escena cuando ya sabemos que habrá reconciliación, beso o intercambio de frases emotivas, evitando recrearse en la obviedad pastelosa; o retrasando ese mismo tiempo la entrada de la música en los momentos perfectos. Radnor sabe que transita por un género que se ha convertido en una autopista, razón por la cual es difícil distinguirse del resto, así que al menos evita caer en los mismos errores y tópicos. Si además de todo esto, sucede que esos mismos momentos perfectos te pillan con la guardia baja y la emotividad se cuela por la puerta de atrás gracias a unos diálogos originales (modificaciones moleculares que hacen que, un segundo después de enamorarte del tipo que no te va en absoluto, le veas completamente diferente e incluso atractivo) pues es seguro que la película ha cumplido su función con creces.

Mención final, una vez más, para la banda sonora, cuidadosamente seleccionada entre un gran repertorio de bandas acústicas (de esas cuyos poco conocidos nombres gustan de exhibir los iniciados) y letras con la dosis adecuada de languidez soñadora y ritmo evocador. No había pasado ni una hora desde que salí del cine que ya la tenía como lista personalizada en mi Spotify. Me sorprende que los productores no se hayan molestado en publicarla de forma oficial en esta plataforma porque es una inmejorable mercadotecnia viral.

En fin, que Happythankyoumoreplease consigue evitar convertirse en la pastelada romántica al uso, y sin ser desopilante ni de argumento completamente original al menos presenta tipos humanos creíbles en sus contradicciones. Respiro aliviado: todavía hay esperanza para un género amenazado por el colapso.


http://sesiondiscontinua.blogspot.com/2011/04/diez-segundos-de-la-comedia-romantica.html

martes, 7 de diciembre de 2010

Porque la vida es así de generosa... (Bon appétit)

David Pinillos dirá lo que quiera, pero Bon appétit (2010) es una muestra condenadamente eficaz de lo que debe ser una comedia romántica indie. Sin embargo, en sus declaraciones, remacha su intención de presentar unos personajes reales, con sus altibajos y contradicciones, en las antípodas de lo que solemos ver en este género. Puede que sea así, pero la banda sonora, la selección de escenas y su desarrollo lo desmienten con sutil rotundidad: es posible que estadísticamente demos con una secuencia de acontecimientos como los que muestra la película en la vida real, pero es tan inverosímil como la letra de cualquier bolero. Pero eso es normal, y es bueno que sea así en Bon appétit, porque significa que es una buena comedia romántica.

O si no cómo explicar la forma tan divertida, encantadora y nueva que tiene el filme de dar a conocer a Hanna (una Nora Tschirner que se ha ganado el puesto de Fetiche del mes), desprendiendo encanto en su mirada, su pelo y sus gruesos jerseis de cuello alto (gracias Lapor). Yo también quiero que una mujer como Hanna me eche miraditas mientras compro en el mercado, o que se asome a la cocina cuando medio discuto con mi madre por cosas de la vida y del amor. Seamos realistas: eso sólo sucede en el cine romántico más clásico.



Al final, los requisitos de toda ficción se imponen a los deseos de realidad imperfecta que propone Pinillos, y no porque le haya salido el tiro por la culata, todo lo contrario. Quizá el deseo de distinguirla de la legión de filmes románticos que se estrenan cada mes le llevaran a desmentir su propio e impecable trabajo.

Creo que la mejor definición de la película es la de Irene Crespo en Cinemanía, quien señalaba que el imaginario laboral y sentimental (en una palabra, generacional) que refleja es el de los erasmus nostálgicos que tan bien mitificó para la ficción Cédric Klapisch. Jóvenes casi en la treintena que se lo pasaron de miedo durante seis meses en alguna universidad europea y que asocian un trabajo --creativo, por supuesto-- en el extranjero al éxito personal. Una actividad que, de paso, les permite experimentar una especie de prolongación de su alocado pasado universitario: conocer gente nueva, sexo sin compromiso, fiestas, alcohol y debates hasta la madrugada... Una vida con billete de vuelta garantizado, porque siempre quedará la familia, los amigos y una ciudad natal adonde regresar con una chica encantadora y charlar de los recientes viejos tiempos. La generación erasmus comienza a tomar el relevo y eso tiene que notarse en su cine. De momento las primeras impresiones son favorables.

Bon appétit es una excelente muestra de ese cine español que apuesta por rodajes en inglés, con reparto y localizaciones internacionales. Otro buen debut en el largometraje a la altura de cualquier director occidental. Probablemente sea la mejor vacuna contra el costumbrismo casposo que ha atrofiado durante décadas la industria del cine autóctono.

http://sesiondiscontinua.blogspot.com/2010/12/porque-la-vida-es-asi-de-generosa-bon.html

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