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jueves, febrero 07, 2008

El verdadero siglo de las mujeres (Juno)

Juno (2007) es la sorpresa de la temporada. Lo tiene todo: un guión excelente, una buena dirección --de Jason Reitman, hijito de Ivan Reitman, el de Peligrosamente juntos (1986)--, una calculada parodia del mundo adulto y/o acomodado y una situación al límite de lo políticamente correcto tratada con humor y sentido de la realidad. Juno es un ejemplo más de ese cine estadounidense hecho al margen de la maquinaria de Hollywood --lo cual significa menos medios pero también el plus de creatividad de los primeros títulos de una filmografía--, y de paso demuestra que no todo lo que se rueda en EE UU tiene que ser comercial ni conservador ni lleno de efectos digitales. Juno enlaza con una corriente crítico-alternativa que resurgió para el gran público --en parte gracias a los premios que obtuvo-- con Lost in translation (2003) y que, visto lo visto, tiene cuerda para rato: La camarera (2007), Pequeña miss Sunshine (2006), Thirteen (2003)... Todas ellas curiosamente se centran en el despiste vital y en el extrañamiento del mundo que eso provoca.



Juno aborda el tema del acarajotamiento (=atontamiento) vital de determinadas adolescentes --inteligentes y sarcásticas, con gustos culturales opuestos a lo mayoritario y una familia al borde de la desestructuración mental (que no física)-- que descubren gracias a sus inoportunos embarazos que los adultos no están mucho más centrados que ellas. En el caso de Thirteen y Juno --y lo digo aquí porque no sería ético cambiar mi voto de los Oscar a estas alturas-- buena parte de su éxito y sus opciones a premio hay que anotárselo a sendos guiones escritos por jovencitas de adolescencia conflictiva, basados en experiencias de primera mano, que luego se socializan gracias a la interpretación o la escritura: Nikki Reed, nacida en 1988, y Diablo Cody (alias de la escritora Brooke Busey), nacida en 1978, respectivamente. Sin ellas estas películas no parecerían tan verosímiles en su retrato del mundo juvenil y la estupidez adulta que lo rodea.

El arranque de Juno es vertiginoso: la noticia del embarazo se presenta con total desparpajo e intrascendencia, y a una velocidad que descoloca. A continuación las desopilantes reacciones de la amiga más amiga y de los padres, y a partir de ahí, todo un catálogo de escenas que dicen mucho más de lo que muestran sobre la juventud, el amor, el egoísmo, el convencionalismo y la responsabilidad. Destaco por encima de todo la de la ecografía, la parodia inmisericorde de los treintañeros (ellos, enamorados de su juventud, negándose a crecer; ellas, obsesionadas por alcanzar el aura de prestigio que otorga la maternidad para compensar un pasado lleno de tópicos heredados y asumidos sin más) y el retrato de unos padres anclados en sus posiciones de generación acomodada que no quieren que sus hijos les metan en excesivos problemas. Todo ello salpicado de diálogos brillantes y algunas réplicas demoledoras de la protagonista. Al llegar a casa todavía me reía acordándome de algunas.

Aparte de los aciertos de guión están los de tratamiento, y con esto me refiero a la habilidad de Reitman para sortear el lado serio de determinados aspectos del argumento (lo roza peligrosamente a veces) ni soslayarlo a base de parodia (o de ignorarlo sin más). Los dos momentos cruciales son: la posibilidad de abortar y, sobre todo, el parto (por un momento pensé que estaba volviendo a ver La camarera). Cuando la realidad debe eclipsar a la ironía, lo hace sin complejos y sin dejar sitio al sentimentalismo: Juno, su madrastra y la futura madre adoptiva se pondrán manos a la obra para enderezar este asunto de mujeres (al margen de los hombres ¡qué novedad!). Emotiva escena en la nursery y detallazo final en la habitación del bebé.

El siglo XXI será el verdadero siglo de las mujeres, digan lo que digan las feministas, y puede que el cine (o lo que venga después y sirva para narrar con imágenes) el medio idóneo que escojan --por su capacidad de transmisión instintiva de estados de ánimo-- para expresar sus puntos de vista. O es eso o tengo una extraña facilidad para dar con filmes que conectan y potencian, más allá de lo mayoritario, mi lado femenino (Bosé dixit).

domingo, diciembre 02, 2007

Princesas 2.0: esas pequeñas esquizofrenias pedagógicas de nuestra cultura popular (Encantada)

El pack clásico de princesas Disney está compuesto por Blancanieves (1937), Cenicienta (1950), La bella durmiente (1959) y La bella y la bestia (1991). En ocasiones el merchandising amplía el grupo con Ariel --La sirenita (1989)-- y Jasmine --Aladdin (1992)--, ofreciendo una versión más étnica y políticamente correcta; cuestión de gustos y de contextos. El caso es que el mito de la princesa que conoce al príncipe y se enamora para toda la vida es el que predomina hoy por hoy en el imaginario de las niñas occidentalizadas de entre cuatro y nueve años (a mucho estirar). Lo que sucede --y de esto hasta la misma Disney es consciente-- es que se trata de cuentos pasados de moda, desconectados del mundo, anclados en una ideología patriarcal y muchas otras cosas cutres y ñoñas. Así que los de Disney se han puesto manos a la obra para poner al día el producto sin romper radicalmente con el pasado (al fin y al cabo las princesas son un poderosísimo gancho en sus parques temáticos), ampliar la nómina de las princesas (la última, Bella, es de hace 15 años), y de paso dar un zarpazo a toda esa competencia de modernas heroínas que amenazan su hegemonía, aunque todas sean de la misma Disney: Raven (2003), W.I.T.C.H. (2005), Hannah Montana (2006) o los recientes modelos adolescentes universalizados por la saga High School Musical (2006, 2007). Si hay algo que admiro de Disney es su capacidad para adaptarse a los tiempos y llegar simultáneamente a todo tipo de público infantil: a cada edad su mito calculadamente transgresor.



El de la princesa, por tanto, es el primero que aterriza en las mentes de nuestras niñas y demuestra una eficacia arrolladora. Otra cosa es que ese mito forme parte de una pedagogía extraterrestre sin ninguna conexión con la realidad; pero es inevitable plegarse a él cuando se tienen niñas. Primero porque el merchandising es omnipresente y socializador, y segundo porque --reconozcámoslo, papás sobre todo-- es compatible con nuestra idea tradicional de que las mujeres deben ser recatadas y esperar al hombre adecuado. Encantada (2007) es una película que acepta este reto y se lanza a establecer una conexión entre mito y realidad: Giselle,"la quinta princesa", aterriza --hay que fijarse bien: cae encima, no debajo, de la tapa de alcantarilla que la conecta con el mundo real-- en el Nueva York actual desde su mundo dibujado, acaramelado e idílico, empujada por una malvada bruja que la quiere expulsar de su cuento. En la ciudad aprende que no es suficiente con conocer al príncipe, que hay que "tener citas" y "salir" con él varias veces para conocerse mejor. Es cierto: para las mujeres, creer todavía en los príncipes azules, que aparecerán de pronto para rescatarlas de sus adocenadas vidas, es una utopía absurda; pero --y eso es lo que viene a defender la película-- sigue siendo la energía que alimenta su subconsciente sentimental. Y si no que se lo digan a Nancy (la novia de Robert hasta que aparece Giselle), que reacciona como lo hace cuando recibe unas flores en forma de corazón, creyendo que las ha mandado enviar su estirado novio. La praxis princesil que propone Encantada permitirá a Disney extender el mito (y el negocio) de la princesa quizá hasta los doce o trece años.

Las películas Disney de acción real se han caracterizado tradicionalmente por su reparto de desconocidos no demasiado buenos actores y por estar basadas en guiones flojitos, flojitos. Encantada no es en absoluto una excepción a esta norma, menos por la interpretación posmoderna y refrescante de Susan Sarandon (quién le iba a decir que encarnaría lo que sin duda será un clásico de la cabalgata Disney la noche de Halloween). Aun así el filme contiene algunos aciertos parciales de indudable valor (los enumero por estricto orden de preferencia): los fractales créditos finales, la divertida confección de los vestidos de Giselle, la banda sonora de Alan Menken --toda una garantía, responsable también de La sirenita, Aladdin, La bella y la bestia, Pocahontas (1995), El jorobado de Notre Dame (1996) y Hercules (1997)--, la súplica de Robert (Patrick Dempsey) a Giselle (Amy Adams) rogándole que no cante para exteriorizar sus sentimientos, la impagable serie de guiños a otros tantos clásicos animados Disney, incluyendo al príncipe protagonista abatiendo un ogro que por supuesto recuerda a Shrek (2001, 2004, 2007) y a la princesa salvando al príncipe en el último minuto. Disney alcanza en este final el grado máximo de posmodernidad que se puede permitir sin socavar las bases mismas de su negocio: los papeles puede que se hayan intercambiado, pero el rescate "debe" existir.



Aunque yo por un momento creí que la película iba a consistir en un catálogo de los clásicos personajes animados encarnados por actores reales, estableciendo un contrapunto divertido o irónico entre lo que fueron como dibujos y lo que son como humanos; pero el gag del gruñón es una lágrima en la lluvia. Aun así, hay cosas que nunca podrá ser Encantada: a pesar de bordear caminos peligrosos, ciertamente interesantes, se trata de territorios prohibidos por axioma. Cuando Giselle acaricia el pecho de su salvador siente un acaloramiento que sin duda es fruto de algo que está sistemáticamente elidido en todos los clásicos Disney, y sin embargo ese calor está ahí... Aún falta un cuarto de siglo para que se pueda rodar un filme Disney protagonizado por una princesa que acaba de terminar de leer --pongamos por caso-- El segundo sexo (1949) de Simone de Beauvoir. Y más de un siglo para que se estrene "Princesonas", la última vuelta de tuerca al tema desde el punto de vista de la teoría queer, puesta al día por Judith Butler en El género en disputa (1990). Y me quedo corto, puesto que hay mucho terreno para avanzar, pero paro porque se me empieza a ir la olla...

domingo, noviembre 25, 2007

Asuntos de mujer... embarazada (La camarera)

Aviso a los lectores (no a las lectoras): La camarera (2007) es una inmersión integral en el universo femenino, así que no esperen encontrar las cosas donde solemos dejarlas los hombres. La camarera es una película diferente y especial: en primer lugar porque es la última que rodó su directora antes de morir asesinada, y eso --admitámoslo, el mundo es así-- es un factor que aumenta sus posibilidades de distribución. También es una película escrita mientras Adrienne Shelly --la guionista y directora-- estaba embarazada de su hija, a la cual le hubiera gustado transmitir su pasión por la repostería. Y sólo en último lugar, La camarera es una película entretenida y a ratos lúcida, pero de una lucidez universal, apta para hombres y mujeres.



Shelly es el resultado de lo mejor que tiene EE UU, la sociedad civil de la costa Este: nacida en Long Island, estudió en Boston y enseguida se introdujo en los ambientes de la vanguardia teatral y cinematográfica de Nueva York. Sus textos, cortometrajes y documentales siempre giran alrededor de la condición femenina, no sólo desde el punto de vista de la reivindicación, sino de la singularidad... Amiga de Hal Hartley, fue éste quien le proporcionó sus primeros papeles destacables como actriz. Su penúltima aparición en pantalla había sido Factótum (2005), con Matt Dillon. Pero no olvidemos que el tema de Shelly es la feminidad, y La camarera es el canon de los filmes sobre la preñez, escritos por preñadas y dirigidos por madres. Y aunque la historia, los personajes y el ambiente se parecen mucho a The good girl (2002) --el único filme dramático protagonizado hasta la fecha por Jennifer Aniston, única razón por la que fui a verlo-- no tiene nada que ver con esta en cuanto a desarrollo.

La camarera no es la crónica en femenino de unas expectativas vitales que se desvanecen definitivamente por culpa de la combinación de los dos factores que más abruman a las mujeres: una cierta edad y la evidencia de un matrimonio fracasado; en la película de Shelly, esto es sólo el punto de partida, al que hay que añadir un tercer ingrediente también exclusivamente femenino: el cortocircuito mental que supone un embarazo inesperado. A partir de ahí, asistimos a un proceso de maduración en el que se cruzan algunos de esos mitos femeninos que tanto nos cuesta valorar a los hombres: el primero y más universal es el encarnado por el Dr. Pommater --interpretado por Nathan Fillion, el capitán Mal de Serenity (2005)--, el nuevo ginecólogo de cabecera de la protagonista, el típico hombre guapo que no es consciente de serlo con un puntito de torpeza encantadora, algo que por lo visto resulta irresistible para ellas. Arquetipo que es el reverso de la versión masculina: heroína femenina de cuerpo y rostro perfectos que sabe encontrar el equilibrio entre la comprensión de nuestros egoísmos y una sensualidad que no llega al nivel de buscona ni se queda en la mojigatería (si es que somos tan básicos que lo queremos todo...). Hasta culminar en la escena del parto, donde la simple aparición del bebé basta para desencadenar la fuerza y la determinación interiores que, por lo visto, provocan la maternidad en las mujeres y a los hombres nos deja con la boca abierta.

La camarera es auténtico cine estadounidense, equiparable a cualquier producto europeo independiente y de bajo presupuesto, ese que habla de un país que ni por casualidad asoma en los filmes de Hollywood: comunidades pequeñas, vidas reales, gente contradictoria, problemas cotidianos. La protagonista es Jenna --Keri Russell, conocida gracias a la serie de TV Felicity (1998-2002)--, una camarera dotada de una enorme imaginación para inventar pasteles, en los que vuelca lo mejor y lo peor de su existencia (atención a los nombres que les pone). Ella y sus compañeras-amigas de trabajo representan cada una diferentes formas de encarar el amor desde el punto de vista femenino: uno esencialmente práctico (Becky está casada con un inválido y busca consuelo entre las fuertes manos de su jefe, también casado por supuesto), otro auténticamente idealista y extraterrestre (Dawn --interpretada por la misma Shelly-- es una mujer que se marchita en soledad porque no tiene novio que finalmente encuentra un amor ridículo y grotesco que sin embargo acaba transformando a todos, incluso a ella misma). Y por último Jenna, el ejemplo perfecto de ese material sin brillo en que se transforma el amor tras el primer fogonazo: casada con, y embarazada de, un cafre celoso y maltratador, encuentra en el guapito ginecólogo un mundo olvidado y oculto por toneladas de rutina: el valor de una vida independiente.

A quienes decidan ir a ver La camarera yo les recomendaría que lo hicieran, o bien después de haber tomado una buena cena, o de haber reservado antes mesa en un restaurante donde hagan buenos postres, porque las escenas de la elaboración de los pasteles despiertan hambre, mucha hambre. Más consejos: si se va en pareja heterosexual, que él asuma que, o bien deberá dar por buenos actitudes y detalles cuyo sentido final se le escapan o, si es capaz de conectar con su lado femenino, pedirle a ella después que se los explique (que lo hará encantada y además revalorizará el concepto que tenga de la sensibilidad de él). A los grupos de amigos no les aconsejo nada porque ninguno irá a verla (en todo caso irán por separado arrastrados por su pareja); y a los grupos de amigas tampoco les puedo aconsejar nada porque son ellas quienes me deben hacer ver la gran cantidad de detallitos que, como hombre, se me han pasado por alto en esta crónica.