Colapso por rareza (El sonido de la caída)

"El sonido de la caída" (2026) de Mascha Schilinski ahonda en ese cine sensorial que acaba colapsando por rareza.
El sonido de la caída (2026) es el segundo largometraje de Mascha Schilinski --tras un debut prometedor con Dark blue girl (2017), que ya presagiaba una incipiente oscuridad, incluida la del título-- en el que ha apostado fuertemente por ese estilo que se va imponiendo en festivales (y en audiencias cada vez más amplias) que prioriza lo sensorial y anímico antes que lo narrativo, la expresividad por encima del testimonio, lo raro, incomprensible y/o grotesco dejando casi sin espacio al relato, con sus causas, recursos y personajes... Se trata de encandilar por encima de todo, apelar a los sentimientos, a las reacciones viscerales. Es el cine con el que triunfan Lanthimos, Sorrentino, Fennell o títulos tan dispares como Emilia Pérez (2024) y La sustancia (2024). Un cine que le hable al cuerpo, no a la mente.

Schilinski se apunta a este estilo emergente y demuestra conocer a fondo los recursos de moda con los que cimentar su película: temas tabú, cuidada fotografía, buen diseño de producción... y un alarde nada desdeñable de la edición de imagen y de sonido. El sonido de la caída no es un filme amateur, vanguardista o realizado a trompicones por culpa de una financiación escasa o irregular; al contrario, es una producción costosa rodada con medios y un delicado gusto por los detalles inquietantes y desasosegantes. A lo largo de la historia exhibe un amplio catálogo por variedad y originalidad. El problema es cuando la acumulación de repeticiones atrofia, aburre y/o distancia al espectador.


La película atrapa desde el primer minuto con su inmersión turbadora y elegante de la vida rural alemana a principios del siglo XX, marcada por la religión y la certeza omnipresente de la mortalidad, y me recordó mucho a La cinta blanca (2009) de Haneke. La primera escena (incluida una audaz transición temporal sin necesidad de cambio de plano) es deslumbrante e hipnótica, pero a medida que se revela el patrón de la historia, cada iteración pierde fuerza, rozando peligrosamente lo caricaturesco, lo risible, lo anticipable. El filme no pretende ir más allá de la fascinación sugerente y siempre sugerida de un mundo paralelo que asoma de forma imprevisible durante la infancia y la adolescencia, instigada sin duda por un ambiente familiar opresivo, que excita y aterroriza a la vez. Sus protagonistas femeninas son simples cómplices necesarias durante los momentos definitorios de la película, sin apenas recorrido dramático. Una sucesión de secuencias intensas y angustiantes que no intentan ir más allá del umbral de la transgresión.

Da la sensación de que un inexplicable deseo de muerte o de atracción por lo que amenaza con devorarnos se han hecho fuertes en un mundo marcado por extrañas normas que no acabamos de comprender. La cosa es que, en este cine sensorial al menos, con insinuar oscuros abismos (antiguas fotos de muertos, un granero, el fondo de un río...) sin llegar nunca a zambullirse, es suficiente para triunfar. Quizá es tan profundo el temor a descubrir qué hay al otro lado que ni con la ficción lo intentan...

Participar en la conversación

NextGen Digital... Welcome to WhatsApp chat
Howdy! How can we help you today?
Type here...