viernes, 7 de abril de 2023

Una pura y genial gamberrada (Oso vicioso)

Elizabeth Banks se ha desmarcado con un filme que se sumerge absolutamente no sólo en la época en la que se ambienta la historia (un suceso increíble pero real que pasó en el estado de Georgia, en 1985), sino en el estilo narrativo y la caracterización de los personajes según las modas de esos mismos años: en corto y claro, el cine ochentero. El resultado es Oso vicioso (2023), una cuidada mezcla de violencia cruda, ridícula y divertida, que recuerda inevitablemente a los primeros y alocados filmes de los hermanos Coen.

Para empezar, el reparto está compuesto por la misma clase de gente ridícula que puebla las películas de los hermanos Marx: personajes caracterizados a base de elecciones y situaciones absurdas que, indirecta e inteligentemente, contribuyen a incrementar la tensión de un relato que sólo el espectador conoce. Y es que, como exige este género alocado, ningún personaje, en ningún momento, se entera realmente de lo que está pasando. Y todo rematado con unos diálogos muy trabajados, basculando constantemente entre el compadreo de los buddy films, las comedias de adolescentes salidorros y el humor raro del cine indie. Ahí va mi momento favorito como ejemplo de todo esto: la esperpéntica huida en ambulancia con la música de un hit ochentero por excelencia, el Just can't get enough de Depeche Mode. Un cóctel muy bien preparado, dosificado y llevado.


La película también recrea con ingenio la forma de filmar el suspense en los ochenta, la que universalizó Steven Spielberg hasta convertirla en un canon narrativo para los milenials que crecieron con los títulos más comerciales y rompedores de sus primeros años. Es una forma de preparar para el susto y de asustar a la audiencia que, en aquel momento, nos pillaba totalmente desprevenidos, y que percibimos entonces como una vuelta de tuerca a lo que habíamos conocido gracias al maestro Hitchcock. Pero ahora, con el ojo entrenado por tanto cine acumulado en las retinas, mayores y jóvenes lo anticipamos sin problema. En esto la directora parece haber renunciado adrede a introducir algún cambio --por coherencia estilística quizá-- que impida que detectemos antes de tiempo todos y cada uno de los estallidos de acción y violencia. Sin excepción.

No es la película del año, pero sorprende por la habilidad en el despliegue de un enredo colosal a partir de una anécdota mínima. Un entretenimiento comercial claramente por encima de la media que merece que le demos una desacomplejada oportunidad.

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