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domingo, 11 de febrero de 2007

Excelentísimas chorradas (Noche en el museo)



Ya es prácticamente una ley: cuando las películas se fabrican pensando exclusivamente en el público infantil, aparte de los obligados dibujos animados digitales, está el requisito de la fantasía, de la ciencia ficción, de lo raro, de los bichos... Todo vale para encandilar a los pequeñajos: pingüinos, robots, superhéroes... En cambio, cuando es una película de esas "para toda la familia", de las que se supone que debe agradar por encima de criterios generacionales, pues también está muy claro: imagen real, actores famosos con tendencia al payaseo y al histrionismo (aquí depende de cada cual: para algunos valdrá Jim Carrey, Ben Stiller a mí no me desagrada, pero sí Robin Williams) y, esto es lo que ya está definitivamente consagrado a nivel argumento, el padre divorciado que trata de demostrar a su hijo que es un líder, de decantar su admiración hacia él y no hacia el nuevo novio de mamá.

La verdad es que las familias divorciadas ofrecen una situación argumental impecable en este tipo de películas, y Noche en el museo (2006) sabe explotarla sin rubor, aunque tampoco sin cargar excesivamente las tintas; sólo lo justo para que funcione todo. La rubita mona pero de poco pecho y excesivamente controladora es la madre, el tecnócrata sin alma es el nuevo novio, y el tiradete pero sensible que debe ganarse a su hijo es Ben Stiller. Luego está la morena pechugona que curiosamente no tiene plan los sábados por la noche y que se convertirá casi sin esfuerzo en la nueva novia de papá; pero eso no viene al caso. Como tampoco importa revelarlo aquí porque no hay nada nuevo en esta película que no hayamos visto ya.

No. Hay algo nuevo. La constatación de que un guión mediocre, unos personajes un tanto absurdos y cogidos por los pelos, unos efectos bien dosificados y una serie de gags no demasiado originales pueden acabar enganchando a todo tipo de espectadores. La razón es que Noche en el museo conoce perfectamente a lo que aspira y el terreno que pisa, y usa todo ello con un único y sincero objetivo: hacer que pasemos un buen rato. Y bien que lo hace, y además saca nota en el cuarto de hora final, donde el ritmo y el humor finalmente cuajan en algo muy parecido al buen cine de sesión de tarde familiar.
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