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martes, 30 de octubre de 2007

Negro negrísimo Allen (Cassandra's dream)

¿Qué diríamos de un filme como Cassandra's dream (2007) si no hubiera sido dirigido por Woody Allen? Nos parecería un buen trabajo de guión y de dirección. Si fuera un director joven diríamos --igual que de los toreros-- que sus maneras prometen; si fuera un veterano consagrado, que mantiene afiladas las armas de su estilo. Pero como Cassandra's dream es de Woody Allen no tenemos más remedio que admitir el buen nivel del filme y a continuación compararlo con el resto de su filmografía, más concretamente con su particular evolución como cineasta. De un director que rueda una película al año, sobre el que existe consenso más o menos mayoritario acerca del final de su etapa de madurez --Celebrity (1998)-- sin descartar brillantes fogonazos --Match point (2005)--, y sobre el que cada nueva entrega es como una propina de su creatividad, es imposible valorar cada uno de sus estrenos de forma aislada. El cuerpo nos pide cotejar y yo no pienso resistirme.



Ahora más que nunca Allen repite sin apenas variaciones los elementos y los personajes que pueblan sus guiones trágicos: en Cassandra's dream --como en Delitos y faltas (1989), como en Match point-- retoma el caso del protagonista humilde y ambicioso que trata de acceder --a través de un familiar y de una perturbadora mujer que, según palabras de su padre "necesita mucho mantenimiento"-- a un mundo que le viene grande por ingresos y por educación. Ante las dificultades el camino elegido es siempre el mismo: soltar el oneroso lastre que le ata a un pasado que le avergüenza y recurrir al crimen ("la grapa que une toda tragedia", Allen dixit). Cassandra's dream le ha salido un filme negro; negro por el tema, negro por el retrato de una sociedad que defrauda, negro por las miserias que expone con tanta naturalidad (y negro brillante gracias a la banda sonora de Philip Glass). Allen lleva tiempo instalado en el desencanto vital (siempre ha vivido en sus arrabales), y ahora --parafraseando a Amanda, la protagonista de La flor de mi secreto (1995)-- cuando se pone a escribir en lugar de comedia le sale cine negro, muy negro.

La película sigue el esquema habitual de sus últimas entregas: presentación rápida y bien caracterizada de ambientes y personajes, planteamiento del conflicto y desarrollo a base de escenas perfectamente resueltas a base de una ligera aceleración narrativa a medida que avanza el argumento. Vuelta de tuerca imprevista y final semisorprendente (no a la altura del increíble doble salto mortal de Match point pero tampoco está tan mal) y cierre casi en falso, deprisa y corriendo. Si hay algo que Allen sabe hacer es cortar cuando --una vez más-- ya está todo dicho.
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