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domingo, 11 de mayo de 2008

Cuando ni los sueños están a la altura (Héroe por accidente)

Héroe por accidente de Stephen Frears es una de esas películas que –de tanto en tanto-- produce el cine estadounidense para poner de vuelta y media el circo mediático que todos sabemos se esconde tras las cámaras de la televisión, pero que aun así no deja de fascinarnos. En los años cuarenta del siglo XX el objetivo fueron los grandes rotativos nacionales --sensacionalistas por definición-- aunque desde los setenta la televisión es el entorno preferido para ambientar este tipo de filmes. La idea-fuerza de todos ellos –de hecho la misma que ya posee de antemano el público-- es que los medios de comunicación están podridos y hace tiempo que han vendido su alma al diablo a cambio de una exclusiva. La verdad ya no interesa, es solamente la excusa para escarbar en las vidas y asuntos ajenos; lo que se persigue desesperadamente es el impacto sentimental, conmover a la audiencia, porque es lo único que nos acaba clavando frente a las pantallas. Esto lo descubrieron los mismos estadounidenses, a pesar de lo cual no han hecho nada para impedir que esa doble moral se convierta en su práctica asumida e incontestada: la mentira y el sensacionalismo presentados como si se trataran de información y búsqueda incansable de la verdad. Buena parte del desprestigio actual de la prensa proviene de que este discurso, a estas alturas, casi nadie se lo traga.

Pero Héroe por accidente me parece algo más que un simple repaso a la peor forma de hacer televisión, es la mejor mezcla del bien y del mal encarnada en un personaje antológico: Bernard Laplante, interpretado magistralmente por Dustin Hoffman. Bernard es un tirado, un pringado que no tiene donde caerse muerto después de que su ex-mujer le haya embargado el sueldo por no pagar la manutención de su hijo Joey de nueve o diez años. Ni siquiera sabe la edad que tiene, porque lo único que le interesa a este hombre es conseguir dinero, de cualquier manera y por cualquier medio, y eso implica traficar, robar o vender a su abuela por dos huevos duros; siempre delitos de poca monta, lo justo para que no le veamos como un delincuente ni un aprovechado, sino como un desesperado. Además, Bernard posee la lucidez pesimista de todos los desheredados, sabe que lo único que mueve el mundo es la ambición, que la gente miente constantemente por propia conveniencia. Pero a la vez –y esto es lo que le convierte en un ser humano y por tanto contradictorio-- es un miserable al que no le importa engañar a sus amigos y seres cercanos si puede conseguir un beneficio. Su filosofía de la vida destila un odio y un resentimiento permanentes hacia todo aquello que no posee, y que resultaría desagradable si no fuera porque Hoffman le da al personaje un toque humorístico que lo hace entrañable.

Una noche Bernard, casi a regañadientes, salva a los pasajeros de un avión que se estrella justo ante sus narices. Bernard rezonga y se queja durante todo el salvamento, a pesar de que, intentando sacar del aparato en llamas al padre de un niño que se lo pide desesperadamente (de la misma edad que el suyo, razón por la que muy probablemente accede a jugarse la vida), rescata también a un señor calvo que se llama Smith y a una famosa y agresiva reportera llamada Gale Gayley (Geena Davis) que viene de recoger un premio en Nueva York. Después, cuando los bomberos y la policía se hacen cargo de la situación y finalmente el avión estalla sin que haya víctimas, nadie se ocupa de un tipo como Bernard, con pinta de indigente y que busca entre el barro el zapato que ha perdido.

Y ya está liada: Gale –parte de la noticia y reportera a la vez-- se obsesiona con ese misterioso personaje que prefirió el anonimato a la fama, y como el público responde con su interés al tratamiento de semejante enigma informativo la propia cadena trata de hacer salir del anonimato al héroe ofreciéndole un millón de dólares a cambio de una entrevista (en exclusiva, por supuesto). La única pega es que quien se presenta es John Bubber (Andy García), un amigo ocasional a quien Bernard contó todo lo sucedido porque le recogió en la carretera y que casualmente se quedó con su zapato, lo cual constituye para los pediodistas la prueba definitiva de su identidad.

Los medios de comunicación necesitan fabricar héroes, gentes a las que poder presentar ante su audiencia como seres ejemplares, y John Bubber es perfecto gracias a su mezcla de timidez y de emotividad sincera. Mientras tanto, Bernard se pudre en la cárcel porque le pillaron intentando vender las tarjetas que le robó a Gale mientras la sacaba del avión. El mundo es un lugar desagradable, la gente apesta, todo está podrido... Las circunstancias le dan toda la razón al pobre Bernard, a pesar de que nadie –empezando por su ex-mujer y su hijo-- le crea. Lo curioso del caso es que, a pesar de ser un impostor, John Bubber es un buen hombre que cree en la justicia y en la solidaridad y que aprovecha su tirón mediático para hacer mejores a la gente que le admira, incluso Gale se siente atraída por él debido al efecto que provocan sus palabras, tan ingenuas y alejadas del mundo en el que se mueve, en los demás; las mismas que sin embargo usa ella para tratar de conmover artificialmente a su público. A mitad de película, uno tiene la sensación de que las cosas, si son justas, tienen que ser necesariamente buenas, aunque en el interior las motivaciones sean miserables y egoístas. Esa idea y la forma de presentarla, sin renunciar al drama verosímil y a la comedia, son las dos cosas que más me fascinan de Héroe por accidente.

Las charlas de Bernard con su hijo deberían ser objeto de debate en cursos pedagógicos para padres, porque plantean muy bien algunos de los problemas y actitudes que surgen cuando nos toca educar. La pedagogía y la corrección política han convertido la infancia en un parque temático en el que hemos eliminado conscientemente toda tristeza, decepción y sufrimiento; pero cuando llega la adolescencia y todo eso se les queda pequeño les arrojamos sin transición ni aviso en la selva de la vida real (así define Bernard la sociedad), sin más armas que un montón de ingenuas historias sobre verdad, bondad, honestidad, coherencia, integridad, solidaridad.... Paparruchadas y mamarrachadas: cuando nos hacemos adultos descubrimos con dolor que es necesario deformar la verdad hasta que se ajuste a nuestras necesidades. Pero lo más grave de todo es que, en el colmo de la esquizofrenia, nos permitimos en lujo de blindar nuestra actitud a base de complicados razonamientos que justifiquen nuestras acciones y nos presenten ante los demás como buenas personas. En eso consiste ser adulto, en vivir rodeados de permanentes contradicciones que tratamos de colar como la mejor elección o la única salida posible entre varias.

La ironía es una forma superior de humor y cualquier comedia que la explote tiene garantizada su vigencia durante al menos una década; pero incluso la ironía tiene un límite, que no está ni en el buen gusto, ni en la corrección política, ni en el respeto de los sentimientos de los demás... El límite está en los hijos. Si no se tiene descendencia puede uno burlarse, despreciar y criticar todo lo que quiera durante toda su vida, porque la ironía –con el tiempo convertida en cinismo-- ofrece distancia y un cómodo refugio contra el compromiso y la responsabilidad. Pero en cuanto se tienen hijos (y por tanto la obligación ineludible de educar) se acabó la risa: no se puede educar con ironía, primero hay que sentar una sólida base hecha de certezas y verdades que no sean incompatibles con las ventajas de preferir el bien sobre el mal, la justicia al egoísmo, la sensibilidad al sarcasmo... Un montón de cosas que deben permitir a nuestros hijos confiar en la sociedad como invento para sobrevivir y en la posibilidad de cambiarla (aunque sea sólo un poco) cuando haga falta. Después, cuando crezcan, a base de desengaños o por cierta predisposición de carácter, ya tendrán tiempo de adoptar puntos de vista más desencantados y reírse hasta de lo más sagrado.

Mientras son pequeños los hijos necesitan estabilidad emocional y modelos de conducta, y eso es lo que no proporciona Bernard a su hijo a pesar de que sabe que debe hacerlo: en su deseo de que no se convierta en un fracasado como él y de impedir que la miseria le convierta en un pringado se salta la fase de aculturación positiva y comienza directamente en la casilla en la que les dejamos a los quince o dieciséis años. Bernard trata de transmitirle enseñanzas que le sirvan para cuando ya sea un desencantado de la vida (justo en lo que curiosamente trata de impedir que se convierta), de manera que no se desengañe ni sufra más de lo necesario. En el fondo, Bernard está construyendo el mismo parque temático que todos tratamos de levantar, sólo que con materiales muy diferentes. Su hijo Joey, como es natural, no entiende los complicados (y divertidos para nosotros) razonamientos sobre la naturaleza humana, porque a su edad se necesitan consejos que ayuden a crecer como una buena persona y modelos como John Bubber. Bernard es un héroe, pero está tan obsesionado por su supervivencia que no se da cuenta de que no es tan mala persona como aparenta. Bernard salva a los pasajeros del avión porque existe un límite físico para la ironía, y ese límite existe porque Bernard tiene un hijo que aún no se ha echado a perder.

El enredo sigue las pautas habituales en este tipo de filmes-denuncia, pero en lugar de cerrarlo con un aleccionador alegato en favor de unos valores perdidos o deformados hasta quedar irreconocibles, prefiere dejarlo todo como está: al fin y al cabo, la gente necesitará seguir creyendo en héroes, aunque sean falsos y sus motivaciones íntimas egoístas, porque la mayoría tienen hijos que educar y se necesitan modelos que sirvan de guía al resto. La obsesión de Gale --que se conozca la verdad, la auténtica verdad de la historia-- es en realidad un asunto que únicamente conviene resolver en la intimidad, cuando las cámaras no pueden acceder a los verdaderos motivos de cada cual. Los únicos instantes de sinceridad de toda la película sólo se producen en la soledad de la cornisa --desde la que John Bubber amenaza con saltar y donde ni siquiera entonces puede evitar Bernard tratar de sacar tajada-- y un poco después entre el mismo Bernard y Gale, que necesita por encima de todo saber si fue él quien la salvó de morir sin esperar nada a cambio.

Los héroes no existen, todo depende de las circunstancias, y no de las personas, que somos una indiscernible mezcla de grandezas y miserias; aunque eso no significa que no los necesitemos, porque sin ellos estaríamos todavía en esa selva que obsesiona tanto a Bernard. Después de digerir semejante enredo, nos queda un divertido epílogo entre Bernard y su hijo en el zoo, rematado con un exagerado gag final; la mejor forma de rubricar una película que claramente rebasa su humilde propósito de poner a parir el circo mediático.

Hay muchas y buenas películas dedicadas a denunciar la corrupción del mundo de la información; empezaré por las que no recurren al humor: Ciudadano Kane, que además de ser un clásico de todos los tiempos por motivos que no vienen al caso, es un retrato cruel de la prensa de principios del siglo XX; El gran carnaval, sobre un minero atrapado cuyo rescate es manipulado por un periodista con el propósito de conseguir una noticia impactante; Network, un mundo implacable, de Sidney Lumet, se centra en los despiadados cambios de poder en las grandes cadenas de televisión; desde un punto de vista europeo y con algo más de thriller que de crónica social destaca Noticia de una violación en primera página, de Marco Bellocchio; y sin salir del cine italiano, La dolce vita retrata a esos cronistas de la alta sociedad que acaban convirtiéndose en parte del problema que critican; El dilema (The insider), se ocupa de las consecuencias de la extremada presión que son capaces de ejercer los medios cuando detrás está la audiencia y el beneficio económico; aunque si buscas una crítica pasada de vueltas que no dé un respiro al espectador ahí tienes Asesinos natos, cuyo guión y montaje revelan claramente lo cabreado que estaba Oliver Stone con las televisiones cuando la rodó; o la más reciente Buenas noches y buena suerte, centrada en la paranoia comunistoide que vivió EE UU en los años cincuenta del siglo XX, aunque no tanto en plan crítica sino de reivindicación de ciertos principios de progreso en un pasado hostil. Y luego las que prefieren el humor y destilan ironía como una forma más instintiva y corrosiva de conseguir su efecto: la sutil y alocada comedia Luna nueva se convierte 34 años después en sarcasmo puro gracias al remake rodado por Billy Wilder (Primera plana).

Parafraseando en positivo el eslogan de los Independent Awards (“No risk. No award”): si hay ironía, hay vigencia.
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