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domingo, 6 de julio de 2008

Borrador de la temporada 6½ (Sexo en Nueva York. La película)

Me encanta que el estreno de Sexo en Nueva York. La película (2008) me ofrezca una excusa para recrearme en la serie de televisión, de la que soy un rendido fan [crujida de dedos frente al teclado]: como hombre, admito que gracias a ella he aprendido muchas cosas sobre las mujeres en general y las treinta-cuarentañeras en particular. No sé si es revelador o paradójico que haya recomendado/descubierto la serie únicamente a mujeres por debajo de esa edad, que cada cual saque las freudianas conclusiones que considere. En cualquier caso, no renuncio a ofrecer esta larga introducción.

Sexo en Nueva York (1998-2004) tuvo el típico recorrido de todo producto televisivo cuyo argumento se alarga en el tiempo debido al éxito de público: el crecimiento de la audiencia es inversamente proporcional a su frescura, su capacidad para romper los estereotipos o aportar novedades. Siempre habrá un/a pedante que afirme que las dos primeras temporadas eran las mejores, que la 3 y la 4 conservaban el equilibro entre el sexo y el romance y que la 5 y la 6 eran directamente convencionales. Del otro lado está la mayor parte de la audiencia que se enganchó a una serie ya consolidada (a partir de la 3 o la 4) y que probablemente se ha dejado deslumbrar por los aspectos más superficiales: el mundo del lujo y de la moda. Así que nadie se extrañe si la película es un éxito incontestable de público mientras la crítica y los seguidores de la serie aseguran que es conservadora y/o mala, porque es casi una ley sociológica: cuanto más amplia es la audiencia más convencional es el mensaje; tópico insoslayable que ni siquiera en este caso encuentra argumentos para establecer una excepción. ¿Que la película defrauda a los iniciados? Es natural, puesto que uno compara instintivamente el filme con los momentos culminantes de las seis temporadas anteriores, aquellos en los que los puntos de vista sobre las relaciones entre hombres y mujeres eran más audaces, la vida asomaba con pasmosa verosimilitud (el tema de la maternidad), o los sentimientos se desbordaban rozando prácticamente unas vidas de carne y hueso (Carrie confesando a su novio Aidan que le ha sido infiel en la primera boda de Charlotte, un momento cenital que me emociona con la misma intensidad en cada revisión; aunque hay muchos más que no caben aquí).



Para quien quiera convertirse en un/a experto/a, informo que los vaivenes (pero también las virtudes) de la serie se constatan cuando se ven todas las temporadas en orden cronológico:

Temporada 1: es la más transgresora en lo que respecta al tema de la sexualidad desde el punto de vista femenino, ofreciendo de paso un contra-análisis de la masculina. Los capítulos tienen formato de diario (basados en los artículos que escribe Carrie) e incluso en ocasiones la protagonista habla directamente a la cámara. Otro elemento distintivo son las numerosas encuestas callejeras en el tercio final del episodio, en las que se ofrecen --por parte de personajes del capítulo o desconocidos-- puntos de vista sobre el asunto principal, y además aportan grandes dosis de humor. El tema central, no obstante, es la actitud de las mujeres hacia el Gran Amor y los atributos clásicos de la masculinidad (poder, dinero, vigor), encarnados por Mr. Big.

Temporada 2: se produce un ligero cambio de rumbo tras el repaso al catálogo de filias y fobias de hombres y mujeres acerca del sexo y el amor. En esta temporada se abordan otros aspectos cruciales que ya no tienen que ver con los arquetipos: fundamentalmente las rupturas y las reconciliaciones, así como algunas parafilias que quedaron en el tintero en la primera (el sadomasoquismo, la bisexualidad).

Temporada 3: es la más verosímil y también la más humana. Repasa algunas maldades y zonas oscuras que surgen en las relaciones estables y consolidadas, el miedo a perderse otras cosas, a «estar acabada» para el mundo, el trauma de abandonar el mercado de la soltería, los efectos de la edad sobre el carácter (la treintena femenina es tanto o más crucial que la cuarentena masculina). Carrie descubre, en un doloroso trance vital, que tiene pánico al compromiso, y que la irracionalidad y cierta dosis de crueldad no son patrimonio exclusivo del hombre.

Temporada 4: es casi una continuación de la anterior. Ahonda de nuevo en el tema de las rupturas y las reconciliaciones. La ventaja es que el personaje de Aidan tiene muchos más matices que Mr. Big, lo que beneficia claramente al tono general de la serie. Charlotte y Miranda recorren caminos casi paralelos y complementarios al de Carrie, mientras que Samantha se consolida como un complemento humorístico-sexual en una serie en la que cada vez hay menos sexo y más romance.

Temporada 5: la más breve y desigual (un síntoma de que el propósito inicial de la serie estaba agotado o en vías de hacerlo), lastrada por el embarazo de Sarah Jessica Parker, los episodios no guardan la coherencia de las anteriores temporadas. Lo más interesante es la evidencia del paso del tiempo, un detalle que hay que anotar en el haber de los responsables de la serie, las reacciones que provoca en las cuatro protagonistas ver a mujeres más jóvenes (más audaces, más desinhibidas, más preparadas) aprovecharse de sus logros y sin embargo perseguir los mismos sueños que ellas, y abocadas también a cometer los mismos errores. Las contradicciones que esto provoca no son suficientes para consolarlas, pues Carrie, Miranda, Charlotte y Samantha sienten que todavía no han encontrado su sitio, o si lo saben hay obstáculos imprevistos que se lo impiden.

Temporada 6: en ella, a pesar del evidente agotamiento de la fórmula original (sexo y punto de vista femenino), se afronta con realismo, adaptado a la edad y condición sentimental de cada una, el cierre de la serie. Esta vez los temas estrella son la búsqueda del hombre adecuado cuando la edad y el reloj biológico aprietan, los problemas relacionados con la fertilidad, el efecto deslumbrador y distorsionador que ejerce el poder y el lujo en un hombre, la necesidad de encontrar un nuevo rumbo vital, las enfermedades, la monogamia, afrontar la transición de pareja a familia... El tono sentimental y de balance sube a medida que se acerca el final; el epílogo en París no está a la altura, pero el hecho de ser sus protagonistas viejas conocidas de la audiencia suple todas las carencias.

Mi capítulo favorito es «El hombre, el mito y la viagra» (temporada 2), especialmente la escena del restaurante que cierra el episodio: Carrie quiere presentar a Mr. Big a sus amigas (son pareja por segunda vez) y Miranda acaba de conocer a Steve (su futuro marido) pero no quiere salir con él porque cree que sólo ve en ella sexo fácil. El argumento central del capítulo sostiene que, a pesar de tanta posmodernidad, las mujeres siguen necesitando mitos urbanos sobre los que proyectar sus expectativas de pareja (los hombres apenas nos damos cuenta de que para ellas es fundamental): sentimientos, emociones y hasta un carácter. A nosotros, en cambio, nos basta una serie muy básica de ideas-fuerza: buenas tetas, buen culo, buen tipo, desinhibición, sentido del humor...

Mi personaje favorito es Miranda: su ironía, su cinismo desencantado respecto a los hombres, su total desconfianza respecto a los lugares comunes de las relaciones de pareja... Una serie de muros que sin embargo no impiden que los sentimientos se le desborden cuando las circunstancias lo requieren. Su humor verbal, además, se asemeja mucho al mío, razón por la cual me parece la más atractiva de las cuatro: el carácter, digáis lo que digáis las mujeres, sí que influye en la imagen que nos hacemos de vosotras.

Como explica Michael Patrick King, el director de la película y uno de los principales guionistas de la serie (normalmente de los primeros y últimos capítulos de cada temporada), Sexo en Nueva York nació para dar voz a las mujeres solteras en un mundo en el que las relaciones entre los sexos estaban cambiando enormemente gracias a los beneficios --ya maduros y extendidos-- de la revolución feminista de los setenta y ochenta del siglo XX. Cada una de las cuatro protagonistas representa un arquetipo básico: la cínica y desconfiada (Miranda), la pija clásica (Charlotte), la devora-hombres (Samantha) y la indecisa que reúne en sí a todas las demás (Carrie). Una vez llenado ese segmento sociológico y de ficción, los personajes evolucionaron para hacerse más humanos, pero --otro gran acierto de la serie-- sin perder de vista la realidad ni la necesidad de hablar del sexo de forma desenfadada. Las tres últimas temporadas ilustran a la perfección los enormes vaivenes sentimentales que sufren las solteras entre los 30 y los 37 años, demostrando que no hay tantas opciones en un mundo aparentemente liberado de la tiranía masculina: la soltería militante, la maternidad en cualquiera de sus variantes o el amor verdadero que acaba mutando en familia parecen seguir siendo las únicas opciones para el 97,99% de las mujeres. Ese baño de realismo es lo que probablemente salvó la serie cuando todo estaba dicho sobre el sexo.

Ahora le toca a la película: el problema de Sexo en Nueva York. La película es que toca temas que ya trató la serie en profundidad, con lo que las situaciones del filme suenan a déjà vu, ahondando innecesariamente en determinados momentos dramáticos que no lo parecen tanto porque los vemos por segunda vez. Lo que más he echado de menos es la voz en off de Carrie puntuando con fina ironía sus avatares y los de sus amigas, y que servían de pegamento a la rápida sucesión de escenas en la serie. Al haberse eliminado casi en su totalidad en el filme la sensación de vértigo narrativo hace que pasemos (sobre todo en el primer tercio) a toda velocidad sobre un montón de acontecimientos que ponen en marcha el drama que se desarrollará a continuación (básicamente crisis de parejas). Pero sin duda el error más grave es que no hay personajes secundarios nuevos --excepto Louise, la asistente personal de Carrie, un acierto total-- de manera que todo lo llenan los habituales de la Temporada 6, sin que exista la sensación de que han pasado tres años ni han cambiado las cosas, tal como se remarca al principio del filme. Tampoco explotan el filón de las relaciones entre personajes secundarios ya conocidos, como por ejemplo las que se establecen entre las parejas de las protagonistas; esto podría haber proporcionado algunos momentos divertidos y dramáticos inéditos para los fans de la serie.

La sala estaba abrumadoramente compuesta por grupos de mujeres, los pocos hombres que había --incluido yo mismo-- íbamos acompañados de mujeres que salvaguardaban nuestra masculinidad a priori. Durante la proyección, celebraban especialmente los apotegmas de Samantha acerca de los hombres, o los gags de rigurosa comedia clásica (algunos realmente divertidos). En determinadas escenas clave --los encuentros gastronómicos de las cuatro amigas, (mitificados por la serie), las relacionadas con la moda o los ambientes de lujo, las escenas románticas-- un murmullo recorría las butacas, un claro indicio del efecto que ciertos temas, aparentemente superados, todavía provocan entre el colectivo femenino del siglo XXI.

Y acabo con las recomendaciones según el tipo de público: si no has visto la serie (o sólo capítulos sueltos y desordenados en Cosmopolitan TV) ves a verla, porque todo te parecerá divertido, instructivo y nuevo; si eres un rendido fan de la serie ves a verla porque es tu deber, pero no esperes mucho o saldrás defraudado; si eres hombre y tienes novia acompáñala para escalar posiciones en su ranking; si eres mujer y tienes novio ves a verla con muchas amigas y reafirma tu identidad, luego queda con tu novio y pídele --como recomendaba Madonna en aquella canción de los ochenta-- que te haga aquello que más te pone.
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