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jueves, 22 de octubre de 2009

Las buenas ondas neoyorquinas o la máquina del tiempo (Si la cosa funciona)

Woody Allen ha vuelto a ambientar sus historias en Nueva York, ha vuelto a sus obsesiones y a sus protagonistas característicos, a las situaciones que conoce perfectamente y en las que inserta sin esfuerzo diez réplicas ocurrentes en menos de cinco minutos. Por ese lado, nada que objetar: Allen se encuentra en plena forma por lo que respecta a sus constantes artísticas. La probable razón es que Si la cosa funciona (2009) es un antiguo guión recuperado ahora, y supone algo así como enfrentarse a un Allen que quedó superado, no sé si por convicción propia (deseoso como parece estos últimos años de adaptar su cine a lo que él considera el gusto europeo) o por pura evolución creativa.



Si la cosa funciona nos devuelve ese pesimismo vital que culminó con Celebrity (1998), la idea obsesiva del mundo sin recompensa en el que a pesar de todo preferimos el bien al mal. Esta vez quien encarna al angustiado alter ego de Allen es Larry David, uno de los creadores de la mejor serie de humor de la historia de la televisión, Seinfeld (1990-1998), en la que plasmó su propia y amarga idea de la existencia en el antológico George Costanza, un ser egoísta y despreciable que exhibe sin complejos su lógica miserable y rastrera, no exenta de lucidez, sinceridad y sentido común. Quizá este punto --y la edad-- sea el único punto en el que Allen y David coincidan, y por eso el protagonista --Boris Yellnikoff, aparentemente un físico de partículas jubilado, misántropo y encantado de haberse conocido-- se parece tanto al divertido Woody atormentado de, por ejemplo, Hannah y sus hermanas (1986).

La historia, en cambio, contiene un punto de partida y un desarrollo que recuerdan mucho al de Poderosa Afrodita (1995): Boris acoge temporalmente a una jovencita atontada e inexperta que ha huido de su Nueva Orleans natal --Evan Rachel Wood es ya, oficialmente, mi fetiche del mes para lo que queda de año--, pero el trato diario y el síndrome de Pigmalión hacen que Boris se acostumbre a ella sin admitirlo. A partir de ahí, los protagonistas adquieren matices menos arquetípicos mientras los padres de la joven aportan el contrapunto cómico. Cada tanto, las puyas a la religión católica (qué diferente la reacción si fuera la musulmana) y al puritanismo proporcionan los momentos más cómicos, uno de los rasgos que ha caracterizado siempre a Woody. En todo el filme hay sólo dos momentos en los que el drama auténtico asoma por derecho propio y sin ironías interpuestas, pero los reconduce sin dar tiempo material al espectador de hacerse a la idea que puede haber otro punto de vista que no sea el de la diversión intrascendente. Da igual, sus fans la disfrutamos como siempre, admirando su capacidad de síntesis y su inteligencia sin variaciones, sabiendo que no habrá sorpresas ni imprevistos, excepto los que afecten estrictamente al argumento.

No quiero acabar sin calzar una (más) de mis teorías, esta vez sobre el sentido final de los filmes de Allen: en sus títulos clásicos --Annie Hall (1977), Manhattan (1979), La rosa púrpura de El Cairo (1985)-- el final infeliz es el detalle que ha permitido que se mantuvieran vigentes y atractivos más tiempo que si terminaran a lo Frank Capra. Pero a partir de Granujas de medio pelo (2000) sus argumentos concluyen invariablemente con una llamada al optimismo y a la esperanza en ese mismo universo vacío y aleatorio. ¿La razón? Estoy convencido de que la paternidad le hace ser consciente de su deber de ofrecer un legado positivo, no a sus espectadores, sino a sus hijas. Es una especie de prolongación coherente entre lo que defiende en la intimidad y lo que ellas acabarán comprendiendo que filmaba.

Y es cierto una vez más: Allen repite su modelo, con claros síntomas de agotamiento, pero sigue siendo capaz de hacer pasar un rato divertido, la diferencia es que ahora sabemos que el final será indefectiblemente positivo, no cargado de tristeza y de nostalgia, como en su época dorada (1977-1995). Puede que a muchos --incluso antiguos incondicionales de Allen-- no les guste ni esta ni ninguna otra de sus comedias-clon, pero a mí me compensa porque, al contrario que la religión, su cine sigue sin exigir el sacrificio de la inteligencia.
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