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jueves, 2 de agosto de 2012

Aquella mañana de enero...


Lo tengo muy claro: mi momento cinematográfico favorito de todos los tiempos es la imagen del protagonista de El pequeño salvaje (1970) de François Truffaut bebiéndose su tazón de leche de la merienda mientras mira el paisaje por la ventana. No es por la composición, tampoco por su valor narrativo o sentimental, sino por las modificaciones que ha introducido, de una extraña y alambicada manera, en mi conducta.

Igual de claro, pero esta vez por motivos estrictamente narrativos y sentimentales: mi escena favorita de todos los tiempos (entendiendo por escena un fragmento con significado completo aunque no independiente respecto al filme al que pertenece) es la que cierra Adiós muchachos (1987) de Louis Malle, concretamente desde el momento en el que el soldado alemán irrumpe en la clase hasta el abrumador plano que clausura la película. Me parecen quince minutos perfectos y completos que transmiten la idea más depurada que jamás he visto sobre lo que deba ser la narración aplicada al arte cinematográfico.

Cuarenta años tardó Malle en poner en imágenes un recuerdo de infancia tan vívido que le persiguió con la misma brutal intensidad durante toda su vida: en una gélida mañana de enero de 1944 una dotación de soldados alemanes, acompañados por colaboracionistas franceses, se presentó en el colegio de jesuitas donde estudió durante la guerra. Vienen a arrestar a su director --el padre Jean-- y a tres alumnos cuyo único delito consistía en su condición judía. El propio Malle dejará claro que el jesuita y los tres muchachos murieron en campos de concentración.



La escena presenta, con una planificada naturalidad, cada maldito instante de aquella mañana: la figura del soldado irrumpiendo en un entorno tan seguro como el aula de los dos protagonistas --Julien, el alter ego de Malle, y Jean Bonnet--, la visión del enemigo armado tan real y tan próxima sin duda resultaba más fascinante que el miedo y la noticia de la detención de unos compañeros (uno de ellos el propio Bonnet). Es el anuncio de un universo confiado y feliz que está a punto de desmoronarse. En esos quince minutos, respetando casi el tiempo real, se completan todas las tramas abiertas durante el filme: el delator confiesa sus motivaciones; Julien y Bonnet ven truncada su incipiente amistad y deben decirse sus últimas palabras sin apenas ser conscientes de que lo son (coinciden en el dormitorio de forma casual); los instantes de tensión mientras tratan de localizar al último fugitivo, escondido en la enfermería (momento al que también asiste Julien); comprender la naturaleza generosa de algunos de sus profesores, dispuestos a jugarse la vida por un semejante. Incluso añadir detalles tan realistas como el soldado alemán que se toma su tiempo para ponerse las gafas antes de comenzar a leer.

Adiós, muchachos es un filme aún más redondo porque no se conforma con recrear un momento en la vida de un adolescente francés durante la Segunda Guerra Mundial (como hacen tantos filmes dramáticos al estilo El imperio del sol (1987) de Steven Spielberg): incorpora con habilidad un adecuado contexto histórico que sirve de contrapeso a la trama principal. Malle posee una rara habilidad para dotar a los personajes de la necesaria carga ideológica, de manera que ilustren los diferentes posicionamientos en conflicto. Escenas como la del restaurante equivalen a una clase magistral de historia contemporánea de Francia, funcionando como una síntesis modélica con dos niveles de significado: por un lado el suceso concreto que afecta a los protagonistas, y por otro un resumen perfecto de las diferentes posiciones ideológicas y políticas en aquel momento.

Y, finalmente, el patio: la nieve por los rincones, el vaho saliendo de las bocas de los chicos, el canto indiferente pero reconfortante de los pájaros, los estudiantes formando como soldados, más bien como presos; los profesores a un lado, detrás la comunidad jesuita. Unas niñas aparecen con un soldado que las ha detenido en la capilla. El jefe colaboracionista las deja marchar con ese falso paternalismo que otorga el fascismo racista y que ellos confunden con una pedagogía del sentido común... Pero aún no es suficiente: los soldados traen su propia lista de sospechosos de antecedentes israelitas (como decían entonces con aparente corrección política) y los van llamando para que abandonen la formación y se coloquen en el muro opuesto, de cara a sus compañeros, como si estuvieran ante un pelotón de fusilamiento. Ahora la fascinación inicial deja paso al miedo; la perspectiva de una anécdota o aventura para recordar se desvanencen por completo: no se trata de un juego. En ese momento se produce la única licencia dramática que Malle se permite: el soldado alemán que está leyendo interrumpe su lectura ante la aparición del padre Jean y los tres chicos, custodiados por dos soldados más. Atraviesan el patio en dirección a una puerta lateral. Se hace un silencio tenso, respetuoso, hasta que se oye un tembloroso Au revoir, mon frère que al poco se convierte en un clamor infantil, en una lúcida despedida. La comitiva se detiene y el padre les responde, en el mismo tono que ha usado siempre en sus bendiciones, con un Au revoir, les enfants. No hay tiempo para más: los soldados les obligan a reemprender la marcha y salen por la pequeña puerta del muro. Primero uno de los soldados, luego el padre Jean, dos de los muchachos, suavemente empujados por la espalda por el segundo soldado, que de este modo deja en último lugar a Bonnet. Una sutilísima y eficaz composición actoral al servicio del efecto final, casi una coreografía que permita combinar la perfección dramática con la verosimilitud narrativa y la intensidad. Bonnet se detiene antes de atravesar el umbral (los otros ya han desaparecido) para mirar a Julien. No es una despedida, ni siquiera un mensaje; es una mirada. En la mente de los dos muchachos puede que coincidieran sensaciones o pensamientos muy diferentes, pero aun así quedaron alineados para siempre en aquella mirada. Apenas un segundo después, aparece la mano de un soldado para arrancarlo de allí, de la pantalla, del mundo de los vivos... Bonnet apenas ha tenido tiempo de ver el tímido saludo con la mano que le dedicaba Julien.

Queda el plano fijo de la puerta vacía con el sonido ambiente completamente atenuado: la desaparición de Bonnet parece una ensoñación irreal. Cambio de plano a Julien, de una duración superior a la que precisaría cualquier significación narrativa. Ahora toca procesar lo instintivo. Y entonces, la voz en off de Louis Malle remacha el último clavo: «Bonnet, Negus y Dupré murieron en Auschwitz. El padre Jean murió en el campo de Mauthausen. La escuela reabrió sus puertas en octubre de 1944. Han pasado más de 40 años. Pero, hasta el día de mi muerte, recordaré cada segundo de aquella mañana de enero». Suenan los primeros compases del Momento Musical Nº 2 de Schubert. Fundido a negro. Créditos. Ya no es un recuerdo, tal y como podría dar a entender ese plano final y la mínima manipulación técnica del sonido ambiente; ahora es un fragmento del pasado convertido con maestría en un momento cenital.

Vida, narración y técnica forman en esta escena una combinación perfecta que permite algo muy, muy difícil de lograr: transmitir a otros seres humanos, incluso salvando el obstáculo del tiempo y la propia existencia, una experiencia íntima y personal sin apenas pérdida de detalles e intensidad. Es mucho más que un instante cinematográfico inspirado, como el de L. A. Crash (2004), sino la recreación de una vivencia personal, modificada y universalizada gracias al cine.




http://sesiondiscontinua.blogspot.com.es/2012/08/aquella-manana-de-enero.html
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