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domingo, 3 de mayo de 2015

Frágiles esperanzas en un mundo que debería ir a mejor (Camino a la escuela)

Vivimos en un planeta penosamente organizado, liderado, repartido y, sobre todo, explicado. Con el paso de los eones, hemos adquirido un pensamiento lógico y racional que nos hace únicos en cuanto seres autoconscientes; y de paso nos hemos dotado de herramientas e instrumentos ultrasofisticados capaces de alcanzar lo infinitamente pequeño y lo extremadamente lejano. Y no sólo eso: hemos adquirido capacidad suficiente como para modificar el medio ambiente a nuestro antojo/beneficio. Así que no es porque no sepamos cómo funcionan las cosas, es más bien al contrario: sabemos de qué están hechas y cómo se comportan, pero por lo visto no es suficiente, porque en la práctica nos limitamos a declarar cómo deberían ser y hacer lo contrario. En corto y claro: somos incapaces de garantizar una escolarización universal y digna.

Camino a la escuela (2013) es un documental de anécdota simplicísima capaz de desvelar con mucha más rotundidad y eficacia todo lo que acabo de decir en el párrafo anterior. Le basta con seguir a tres chicos y una chica en su camino a la escuela, un día cualquiera, para hacernos comprender que el progreso no sólo se debería medir en unidades macroeconómicas o en años de paz. Igual que hay tragedias que monopolizan los medios por la crueldad y el dolor que implican, también existen episodios cotidianos tristes y esperanzadores a partes iguales que, de no ser por documentales como éste, no podríamos ni llegar a intuir. Esa y no otra es la clave del dilatado éxito de Camino a la escuela.

Se nota que el propósito del filme es servir de combustible para el ideario esperanzador y bienintencionado de las clases medias occidentales, incidiendo en los mismos argumentos clásicos y archirrepetidos sobre la importancia de una escolarización completa a pesar de numerosos condicionamientos en contra (orográficos, familiares o estrictamente prácticos) que aconsejan lo contrario. Pero también es un documental que pretendería relativizar las quejas y lamentos de los occidentales, bien transportados, resituándolos en la parte baja de su escala reivindicadora: siempre habrá quienes estén peor y, comparado con éstos, podríamos valorar más lo que disfrutamos.



La película no se detiene en las condiciones de pobreza, desigualdad u otros impedimentos paterno-machistas, trata simplemente de mostrar la epopeya diaria a la que se enfrentan en solitario escolares en países no desarrollados: recorrer diaria o semanalmente varios quilómetros para asistir a clase, en colegios precarios, motivados sin duda ante una posibilidad real de mejorar sus vidas, de conseguir un hueco en el ascensor social. Ellos y no otros son los auténticos héroes de la película, reforzando quizá nuestra débil esperanza en un futuro mejor para ellos, aunque sólo sea por el hecho de no rendirse en su reto frente a un penoso camino a la escuela.

Normalmente advertimos a nuestros hijos e hijas acerca de la importancia de respetar los semáforos, de mirar al cruzar las calles; sin embargo, para Jackson y su hermana, en Kenya, se trata de no toparse con leones o elefantes en su recorrido diario a través de la sabana. Recorrido diario, no lo olvidemos. El filme no enfatiza ni juzga, simplemente muestra el entusiasmo y la feliz resignación de Jackson, Carlitos, Zahira y Samuel, seres humanos individuales, en un episodio muy concreto de sus vidas. Se trata de apuntalar voluntades, reforzar convicciones y, de paso, reivindicar esfuerzos anónimos que nunca obtendrán recompensa. Desde ese punto de vista, el documental es inatacable: muestra estrictamente lo que hay, una realidad social y la de sus protagonistas, que la sobrellevan con dignidad y buen humor. Cualquier otra consideración externa/ajena a esos hechos es por cuenta del espectador.

Camino a la escuela es un filme cuyo impacto y valoración dependen mucho del estado de sentimientos con el que nos enfrentemos a él, o de nuestra capacidad para reajustar posibles expectativas previas: podemos salir llenos de esperanza y ternura, las mismas que transmiten a sus hijos, cada vez con más dificultades y menos convencimiento, las clases medias; o afligidos y desmoralizados ante una situación injusta y triste que no tenemos manera de impedir, aliviar o corregir. Experimentar una mezcla indiscernible de ambas sería lo más próximo a la lucidez que podríamos estar.




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