El antropólogo culpable (La risa y la navaja)

"La risa y la navaja" (2025) de Pedro Pinho, un filme desprejuiciado sobre nuestra mirada poscolonial. Admitir crueldades no nos hace unos blandos.
En algún momento de mi dos últimos años de especialización en antropología en la UAB, leí --sin que me lo recomendara nadie en la facultad, ni estudiante ni profesor/a-- El antropólogo inocente (1983) de Nigel Barley, un relato divertido, ameno y, sobre todo, desmitificador, de la profesión antropológica, concretamente lo que tiene que ver con el trabajo de campo, una práctica sacralizada por todos mis profesores, algo así como la esencia de la profesión a la que aspirábamos. En aquella época sólo había leído Tristes trópicos (1955) de Lévi-Strauss, que era todo lo contrario al texto de Barley: una calculada introspección filosófico-metodológica sobre la actividad del antropólogo en la que, tangencialmente, él mismo se situaba en primer plano, y nunca para ejemplificar errores o falsedades de la disciplina, o para deslizar confidencias sobre las imposiciones, omisiones y encubrimientos de una rama de las ciencias humanas que se consideraba a sí misma --y se considera aún hoy-- libre de prejuicios, gracias al corpus de conocimientos etnográficos y de teorías explicativas que produce. En realidad, la antropología, en los años jóvenes de Lévi-Strauss era de todo menos neutral. Así que el texto de Barley me pareció como una valiente impugnación/atenuación del clasismo académico acerca del trabajo de campo en tierras tal como me lo describían en las aulas. Al parecer, existía más allá de la universidad una antropología menos solemne, abierta al error, la digresión y el cambio de opinión. Ahí podía haber una grieta para mis eclécticos textos y puntos de vista.

En la facultad, en los ochenta del siglo XX, eran pocos los filmes relacionados y/o interesantes desde el punto de vista antropológico que traspasaran semejante filtro de exigencia, casi siempre por motivos reivindicativos y/o de conveniencia. Lo cierto es que casi no había títulos que dieran para un debate que no consistiera simplemente criticar inexactitudes menores en el retrato de las culturas primitivas. Recuerdo la deliberadamente fantasiosa Yeelen (La luz) (1987) del sudanés Souleymane Cissé, un filme que no pretendía provocar ningún debate antropológico, pero estaba ambientado en África y eso bastó para que casi nadie mirara más allá de la ambientación etnográfica, la impugnación colonial y esas cosas; Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972) de Sidney Pollack, un producto tìpico del crepuscular Hollywood cuyo único mérito antropológico era que contenía una mención muy coherente del desconocimiento del sistema de parentesco omaha que a nosotros, estudiantes pedantes y pardillos, nos encandilaba en aquella época; o Sebastiane (1976) del británico Derek Jarman, que se atrevía a tocar temas sobre identidades sexuales durante el imperio romano que no se abordaban en el presente con tanta crudeza. Y poco más recuerdo, aparte de En busca del fuego (1981) del comercial Jean-Jacques Annaud, que destripamos por sus errores y licencias de ambientación en la clase de prehistoria. Ya licenciado se estrenó Mister Johnson (1990) de Bruce Beresford, basada en una novela de Joyce Cary, un funcionario colonial británico que integró en sus ficciones a las tribus que estaban bajo su jurisdicción y a los indisciplinados antropólogos que se empeñaban en estudiarlas. Este mismo autor había escrito seis años antes An american visitor (1933), que desde siempre me ha parecido un texto ideal para ser adaptado al cine, por su desequilibrada mezcla de etnografía y experiencias personales en contextos lunáticos por causa de los prejuicios culturales de sus protagonistas. Y aunque algo de esto también está presente en Mister Johnson, cualquier elemento crítico o incómodo está atenuado por el típico humanismo torpe aunque bienintencionado del cine comercial estadounidense.


Y entonces llega Pedro Pinho, un cineasta portugués de breve filmografía como director en la que hay tanto documental como ficción, pero que destaca por su interés en temas tan poco comerciales como la emigración, la desigualdad o el viaje como itinerario de conocimiento. Y un deseo, quizá no del todo consciente, por explicar(se) las sociedades africanas que emergieron del colonialismo, concretamente del portugués, que es el que a él le interpela como heredero directo y privilegiado de una época que choca con la legitimidad ética, la equidad y la libertad que los partidos políticos dicen defender. Ese gesto valiente de mirar un pasado vergonzoso y abrasador, repleto de violencia, omisiones y lugares comunes ahonda en las heridas y los legados --no siempre orgullosos-- de los países opresores que, precisamente por eso, provocan auténtico terror a políticos en ejercicio y votantes anestesiados que sólo quieren asociar colonialismo con un esplendor pasado. Así pues, no debe sorprender que Pinho debutara en la dirección con Bab Sebta (2008), un documental sobre la inquebrantable voluntad de miles de desheredados africanos que luchan por hacerse un hueco en el progreso occidental, y que es justamente la razón por la cual es imposible controlar --y mucho menos detener-- los flujos de emigrantes que reclaman los partidos. Mientras no se acepte esta premisa, será imposible hacer política con la emigración. Una realidad tozuda que interpela al mundo desarrollado, dejando de paso al descubierto la incómoda verdad de unos flujos comerciales que benefician descaradamente a los mismos países que, mira tú qué casualidad, hace apenas 150 años eran potencias coloniales.

La risa y la navaja (2025) plantea un situación que hemos visto antes en muchas películas: un europeo --aquí es el ingeniero ambiental Sergio Coragem-- desembarca en Guinea-Bissau, país del que desconoce(mos) su historia, sus costumbres y sus gentes, atraído por un abstracto afán humanitario-altruista de contribuir en un proyecto de desarrollo de cuyos intereses ocultos y consecuencias reales tampoco tiene ni puta idea. La diferencia respecto a esos otros filmes es que esta vez Pinho se ocupa de mostrar desde el minuto uno el choque interior de Sergio tras su desembarco físico, ético e ideológico, y que se podría resumir así: los países a los que ayudan las ONG son bastante más modernos y complejos de lo que creemos, y sus necesidades no son siempre las que el mundo desarrollado cree. Aparte de necesidades incuestionables como sanidad, educación y alimentos, hay organizaciones que se centran en lo secundario/absurdo, lo que consideran fundamental desde su punto de vista gazmoño/eurocéntrico: instalar letrinas donde no hacen falta, salvar especies en extinción cuando humanos se están yendo al carajo, hacer carreteras que empobrecerán a muchas comunidades y enriquecerán a las empresas y países del primer mundo que se llevan la pasta, se largan al terminar su trabajo y se desentienden de todo lo demás.

Esa mirada desprejuiciada y natural (a través de Sergio) a los diferentes grupos sociales del país (donde por descontado hay conflictos y desigualdades) es lo mejor de la película; empezando por la hirviente marginalidad de la sexualidad trans (nada que ver con nuestras rígidas normas para las identidades sexuales). En Guinea-Bissau, como en cualquier país capitalista, los pobres son mayoría y se buscan la vida como pueden, y las elites locales --que hace tiempo tomaron el relevo a los colonizadores europeos-- buscan acumular poder e influencia política y les repatea sobremanera que vengan a decirles cómo gestionar sus asuntos. Y por último, la inmersión directa en las tierras y comunidades afectadas por la construcción de la carretera, el auténtico trabajo de campo de Sergio como antropólogo culpable (y hasta cómplice, a pesar de la integridad moral que demuestra). Las bondades de de su proyecto pueden tener las mejores intenciones sobre el papel, pero sus efectos sobre el terreno --el que por fin se atreve a visitar-- son tan dolorosos como contradictorios. En todos estos ambientes desembarca Sergio, con su discreción y su deseo de no interferir, para poco a poco asistir al derrumbe silencioso --nunca se expresa ni mediante diálogo ni momentos definitorios-- de sus convicciones occidentales, incluyendo una extensión no contemplada del territorio de su sexualidad, replantearse su papel de pelele en el proyecto y una revisión a fondo de su ética de la supervivencia, que se ve obligada a admitir una casi infinita gama de grises. De manera que Sergio se sumerge poco a poco a la vida de un país que bulle de creatividad, pero también agoniza de pobreza de pobreza inducida por terceros y, a veces también, autoinducida. Y a partir de ahí, encontrar su nuevo lugar en el mundo; aunque eso vaya a suceder justo después del final de la película...

La risa y la navaja se toma más de tres horas para explicar todo esto, en parte porque renuncia completamente a introducir escenas o diálogos que interpelen al espectador acerca del sentido último de lo que está viendo (lo contrario de lo que suele hacer el cine aparentemente no colonialista que sin embargo no renuncia del todo a justificar la labor de los países desarrollados, los mismos que producen la película). Pero son las escenas finales, en las que realiza el verdadero trabajo de campo que requiere su estudio ambiental, las que inciden directamente el en trasfondo que las tres horas anteriores tan sólo revelan tangencialmente. Al igual que los antropólogos y sus estudios de campo, Sergio comprende que su trabajo forma parte de una estrategia de dominación, que el conocimiento que obtenga se utilizará tarde o temprano en contra de las comunidades de los que se extrajo. El pecado original de la antropología es el mismo de muchas ONG de ayuda al desarrollo. Sergio parece comprender finalmente (nunca lo expresa directamente) que debe despojarse de sus prejuicios, aceptar su culpabilidad y reflejar en su informe la realidad de un proyecto al servicio de intereses económicos de terceros países. Coherente con el estilo narrativo del filme, Pinho se niega a ofrecer un final con certezas, se limita a dar unas levísimas pistas en los últimos minutos, hasta el abrupto final en mitad de un plano de relleno de una escena que parece anunciarse como reveladora. Una especie de síntesis del itinerario moral de Sergio en Guinea-Bissau: todo se muestra sin señales previas, sin filtros, sin explicaciones posteriores. Sucede y punto.

Me pregunto si será posible que las antiguas potencias coloniales se atrevan de una vez a producir ficciones como La risa y la navaja, llamando a las masacres y las injusticias por su nombre, planteando una autocrítica desprejuiciada y sincera. Hacerlo no nos convertirá en cómplices ni en unos blandos por admitir errores y crueldades; simplemente nos enseñará un camino para actuar sabiendo que el pasado, en estos países sometidos, forma parte indisoluble de su presente, porque todavía abrasa. Hacerlo seguro que nos lleva a descubrir nuevos puntos de conexión con esas sociedades, a admitir que habrá cosas que nos podrán enseñar. Menos navajas y más risas.

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