Cine de verano en Sesión discontinua 2026
Breve repaso al cine que he visto durante este verano de 2026.
Aunque las vacaciones ya son el pasado para mí, debo decir que las he aprovechado --entre baños y siestas-- para ver varias películas que tenía en lista de espera --algunas durante demasiados meses-- y liberar así algo la presión de ponerme al día en novedades que ya no lo son, fondo filmográfico y caprichos personales. Como son unas cuantas, he decidido hacer un pack y dejar unas breves líneas por si alguien se anima a verlas o busca argumentos para pasarlas por alto.Aguas tranquilas (2014): uno de los primeros largometrajes de la japonesa Naomi Kawase de la que hace no mucho vi la interesante y sensible Madres verdaderas (2020), sobre embarazos no deseados y adolescencia. La película persevera en la predilección de su directora por argumentos pausados y situaciones que inviten a la reflexión, centrados en cuestiones universales (tránsitos vitales, muerte, amor) y donde el paisaje, la fotografía y los encuadres sirven de metáfora o metonimia de los sentimientos de los personajes. Una película que se recrea en lo absoluto pero que pierde interés a medida que se comprende que el desarrollo argumental no va a facilitar nada la tarea al espectador: demasiada teatralidad e idealización. Algunos momentos resultan conmovedores, pero el conjunto me pareció quimérico y artificial.
Leer 'Lolita' en Teherán (2024): filme dirigido por Eran Riklis, director judío formado en Inglaterra, y producida por el estado de Israel en plena masacre de Gaza y su obsesiva búsqueda de justificación para lanzar un ataque contra Irán, a quien considera la principal amenaza para su existencia. Se trata de una modélica adaptación del libro del mismo título (publicado en 2003) por Azar Nafisi --profesora iraní formada y exiliada en EE UU desde 1997-- en el que relata su regreso a Irán tras la caída del Sha en 1979, pensando ingenuamente --como muchos otros iraníes exiliados en aquella época-- que el país se democratizaría por fin. La película describe la involución ideológica del régimen de los ayatolás a partir de una visión rancia e inexistente del islam, con el constante recurso a la violencia como instrumento de control ideológico y moral, especialmente contra las mujeres. A pesar de su bien fundamentada denuncia, no puedo dejar de pensar que el objetivo político de Israel al financiar la película es proporcionar una coartada moral a sus bombardeos y a cualquier hipotética intervención militar. Un producto dirigido a audiencias judías y/o proisraelíes, mientras que, en cualquier otro país fuera de esa órbita ultrasesgada, la película se considerará una reivindicación de la lucha feminista (de fuertes influencias occidentales) frente a un estado patriarcal y corrupto. La protagonista --interpretada por la magnífica actriz Golshifteh Farahani-- brilla especialmente en un filme cívico con intenciones espurias.
Una cena... y lo que surja (2024): segunda versión de la comedia Sentimental (2020) del catalán Cesc Gay --tras la italiana Vicini di casa (2022)--, dirigida por los franceses Olivier Ducray y Wilfried Méance. Se trata de un argumento muy popular que explota cómicamente uno de los mayores tabús sexuales de las clases medias occidentales: incorporar el sexo grupal, las parejas abiertas y demás parafilias a las parejas mon ogamas de toda la vida. Es una frontera que, desde los tiempos de los boomers y aún con los milenials, el cine mainstream sigue sin atreverse a traspasar; no ha ido más allá de chapotear en la superficie del debate, sin dejar atrás la mojigatería y utilizando el humor como coartada. Es cierto que, con el paso de los años, los guiones suelen ser cada vez más atrevidos, pero el argumento siempre se las apaña al final para evitar quebrar la sagrada norma de la monogamia (como mucho unas comidas de papo y unos buenos refregones por el camino). Y así, esas parejas aburridas y con problemas de cama refuerzan con una nueva energía su sometimiento a la fidelidad exclusiva (incluso los partidarios del sexo libre reniegan de su modernidad y confiesan su impostura en un cambio de bando irreal e impostado). O ya puestos, en una decisión muy signo de los tiempos, deciden romper la pareja tras aceptar que ni siquiera el sexo libre será suficiente para arreglar una relación que se degrada por el mero paso del tiempo. La película busca convertirse en la típica comedia sexual francesa, un microgénero que tuvo su esplendor en los sesenta y setenta del siglo XX al que los usos y costumbres de las nuevas generaciones han convertido en objeto de museo, incluso en guiones difícilmente admisibles hoy día. Buen enredo humorístico, buenas interpretaciones y giro final no sorprendente.
Puedo escuchar el mar (1993): es la única película producida por Ghibli que no fue dirigida, escrita o adaptada por alguno de sus fundadores. Es una revisión muy nostálgica de la adolescencia, con sus amores no confesados, oportunidades perdidas y malentendidos, muy en la línea de Recuerdos del ayer (1991) de Isao Takahata. La película destaca por su sensibilidad, con situaciones en las que cualquiera se puede reconocer, incluso evocar gracias a ellas algún recuerdo personal. La cultura japonesa es muy reglamentada y estricta, y seguramente por eso posee esta fuerte tendencia a la melancolía, como una válvula de escape a tanta rigidez; así que no es extraño que, en el cine japonés, la nostalgia eclipse el relato, convertido en una sucesión de pequeñas victorias y escaramuzas de los protagonistas. Si no tienes una tendencia natural a la revisión de tu relato vital, es probable que la película te parezca falta de interés, incluso ingenua; pero es que así son los amoríos de la adolescencia, marcados por una intensidad inexplicable, la inexperiencia, los pensamientos ridículos y el deseo más desbocado e irreal. Puedo escuchar el mar no es una obra maestra olvidada que sorprenda o encandile, pero revela hasta qué punto el estudio Ghibli tenía desde su fundación un proyecto estético sólido, único y absolutamente a contracorriente. Hay que reconocer que el tiempo les ha dado la razón.
La viajera (2024): filme escasamente narrativo del veterano director coreano Hong Sang-soo --más conocido por la interesante En la playa sola de noche (2017)-- y protagonizado por una de mis actrices fetiche favoritas: Isabelle Huppert. Se trata de un ejercicio sobre la dramatización y la improvisación actoral, aprovechando la singular simplificación de su bagaje de las personas que viajan a países cuyo idioma desconocen y deben comunicarse con otro que no se domina: nos vemos obligados a entendernos a base de frases sencillas y tópicos. La película prácticamente replica una misma situación con mínimas variaciones: Iris (Huppert), de viaje por Corea, pone en práctica un ecléctico y escasamente efectivo método de enseñanza del francés para ganar algo de dinero, y lo que consigue es una inesperada reversión del pasado en sus alumnas, quienes, contra todo pronóstico, creen por ese mismo motivo que el método funciona. Sang-soo no llega al extremo de Flirt (1995) de Hal Hartley (donde tres parejas en ciudades y situaciones muy diferentes repiten palabra por palabra los mismos diálogos en un extraño y audaz ejercicio dramático), pero insiste en repetir momentos y réplicas y ver cómo reaccionan los intérpretes. Un filme no pasa de esbozo o experimento narrativo ante el cual el espectador suele reaccionar fiándolo todo a una resolución a la altura, la cual defrauda cuando llega.
La vida de Chuck (2024): basada en un relato breve del prolífico Stephen King, le permite a su director --Mike Flanagan-- atreverse con una historia sensible sin salirse del género de terror y fenómenos paranormales, el único que ha cultivado hasta ahora. Narrada al revés al estilo Memento (2000), el primer tercio plantea una serie de situaciones sin explicación, cuidando los detalles, dosificando la información crucial, sugiriendo causas sin revelarlas del todo. El tono combina a la perfección una tensión al estilo King con altas dosis de delicadeza. El segundo arranca con una escena hipnótica impecablemente rodada, pero su impacto se disuelve de la misma forma inexplicable que la resolución de este segundo fragmento, en el que apenas se esclarecen los enigmas del anterior. Del tercero diré únicamente que no es capaz de superar a los dos anteriores ni consigue un desenlace a la altura.
El último vikingo (2025): comedia negra negrísima que se las apaña con ingenio para no ridiculizar en ningún momento a unos protagonistas (entre los que brilla un grandísimo Mads Mikkelsen) con graves neuropatías que aportan los momentos más descacharrantes de la película. Es el mismo complicado equilibrio que ya logró con Jinetes de la justicia (2020): sarcasmo, momentos surreales, personajes veraces, gags bien trabajados, ritmo percutante..., sólo que con un tema bastante más delicado (superar la pérdida de una madre tras un atentado terrorista). La única pega es que para rodar El último vikingo apenas ha variado este esquema ganador; lo que sí resulta incontestable es el talento de Anders Thomas Jensen --guionista de la aclamada Después de la boda (2006)-- para este subgénero ciertamente complicado de levantar y mantener. Por mí puede seguir reformulando una y otra vez este patrón, porque pocos cineastas --los Coen-- lo hacen así de bien y me encanta.
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