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martes, 14 de noviembre de 2006

El laberinto del fraude (El laberinto del fauno)

No es que esté de moda la mezcla de géneros, es que ésta forma parte del constante esfuerzo de actualización llevado a cabo por el cine más reciente y experimental: se retuercen tanto en su fusión que uno puede pensar que están a punto de brotar nuevas categorías mejoradas y hasta inéditas. Pero no, resulta que cada aportación desde un género dado permanece inalterada, incapaz de dejar vislumbrar algo medianamente nuevo. Ahí tenemos esas historias entre góticas y gore de guerras de vampiros, o esas sagas siderales con toque de comedia popular, o esos cómics juveniles que rozan temas trascendentes. El laberinto del fauno (2006) es una víctima más de esta labor: bajo la excusa de recrear un universo de ensoñaciones infantiles nos proporciona un recital de casquería banal en versión usuario semiavanzado, y de paso una incursión en los primeros tiempos del franquismo sin que realmente uno salga con la sensación de que de ahí se podía sacar algo original.

Para empezar, diré que el asesinato a sangre fría, al final de la película, de la niña protagonista me parece gratuito y excesivo por la violencia directa y sin tapujos que entraña, un intento patético de sacudir a una audiencia que --desde luego ese es mi caso-- asiste con frialdad al desarrollo de la historia. No me importa revelar aspectos cruciales del argumento porque sé que los auténticos fans de Guillermo del Toro han pasado ya por taquilla, así que mi advertencia quizá sirva a los indecisos de última hora: es perfectamente posible ahorrársela.

Admiro la meteórica carrera del director mexicano, que con un par de títulos interesantes ha sido capaz de colocarse como un valor estable en la difícil industria del Hollywood más comercial --se encargó de Blade 2 (2002), que dicen los expertos es la mejor de todas--, pero a la vez me desconcierta la carga de matices que sin duda quiere introducir en una trama que alterna realidad histórica con fantasía infantil. Si al final ambas líneas coincidieran, o se complementaran más explícitamente, o revelaran ciertas paradojas al uso, pues entendería ciertas elecciones y giros del guión; pero no es así. Cada personaje va por su lado, ceñido al arquetipo que representa (la madre débil, el militar fascista y sádico, la niña sensible, el ama amable, el rebelde íntegro); y luego los fragmentos ambientados en el mundo del fauno por el suyo. Para eso bastaba con situar el argumento en la típica urbanización de adosados y que la niña descubriera la puerta mágica en el descampado de una nueva fase aún por construir, y que resultara que antes había un cementerio (ah no, que eso ya lo vimos en otra película); y así nos ahorramos esa incursión en la guerra civil que (voy a ser pedante) contiene importantes fallos de ambientación.

Si El laberinto del fauno pretende mostrar las capacidades de su director para un cine personal, yo me quedo con el ritmo de Cronos (1993), Mimic (1997) y hasta con Blade 2.
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