Es la segunda trilogía que deja inacabada (Riget, la miniserie de TV, espera cierre también), así que tampoco hay que sorprenderse demasiado. Lo que sí me hace gracia es que von Trier reste importancia al hecho de haber pasado por encima de los mandamientos Dogma que él mismo contribuyó a poner de moda. Recuerdo aquella chorrada de recibir un diploma que acreditaba que la película tenía Denominación de origen Dogma y lo orgulloso que se sentía su director, el revuelo que se montó cuando El desenlace (2005) de Juan Pinzás lo obtuvo, ¡la primera película Dogma del cine español, fíjate tú qué cosas! Pero el tiempo lo ha puesto todo en su sitio: puede que la renovación estilística haya supuesto una aportación, como Celebración (1998), Los idiotas (1998), del propio von Trier, o Italiano para principiantes (2000), pero toda esa ortodoxia como de graduación universitaria aplicada al cine, pues no cuadra muy bien con la creatividad y suena un tanto cutre...
Von Trier por tanto pasa de Washington y estrena El jefe de todo esto (2006), rodada en automavisión, un sistema en el que el ordenador es el que decide lo que se encuadra, cuánto tiempo y desde dónde. De este modo el director, y von Trier lo proclama orgulloso, ya no tiene capacidad de decisión sobre estas cosas, y todo resulta más innovador. Pues no sé qué pensar: es como si un escritor prefiriera que un software especializado llamado Pito Pito Gorgorito decidira por él el tono, la persona y el número de frases en subjuntivo que debe emplear. A mí me parece que eso es dimitir de la narración, y por ahí sí que no paso. Otra cosa es que luego resulte que la película está muy bien y el único elemento prescindible de esta historia es von Trier, que es un pedante dogmático. Aun así nos quedan Dogville y Manderlay para redimirle.