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jueves, 17 de septiembre de 2009

Soledades demasiado sutiles (Mapa de los sonidos de Tokio)

Tengo una teoría sobre el cine de Isabel Coixet. Bascula entre dos ejes sorprendentemente estables: la soledad es uno y la intensidad formal y argumental el otro. Líneas rojas que asoman por sus filmes a poco que uno se aficione a ellos. Basta con ver el comienzo de Mapa de los sonidos de Tokio (2009) para comprobar que es cierto: es idéntico al de Mi vida sin mí (2003) y La vida secreta de las palabras (2005): mujeres al borde de la anomia más severa, limitadas a las rutinas que les impone la supervivencia (limpiar aulas universitarias, empacar flejes --o lo que quiera que fueran aquellas bobinas metálicas-- y trocear pescado). Mujeres mudas --más que silenciosas-- que ocultan un secreto, un dolor, una decepción, una convicción, una resignación. Se nota que las vidas al límite son el material preferido de Coixet para poner en marcha sus historias. A continuación, sitúa a esos seres humanos incompletos en un entorno radical que les obliga a enfrentarse con sus fantasmas, y a acabar vomitando (siempre mediante la palabra, aunque también con sonidos) los auténticos motivos que hicieron de sus vidas --hasta ese momento-- un triste ensayo de existencia.

Mapa de los sonidos de Tokio no se sale --en lo fundamental-- del guión radicalmente personal al que nos tiene acostumbrados el cine de Coixet, aunque supone una vuelta de tuerca en cuanto a complicación formal. Es como si las palabras no conmovieran lo suficiente, de manera que apuesta por la capacidad de los sonidos para transmitir sentimientos: un solitario ingeniero de sonido se enamora de una extraña mujer que trabaja en el mercado del pescado de Tokio. Su obsesión le lleva a grabar las conversaciones que mantiene con un español --propietario de una tienda de vinos-- cuya novia acaba de suicidarse. No cabe mayor distancia y desapego por aquello que se narra: apenas los sonidos captados (sin permiso) de existencias ajenas. Para colmo, Coixet decide rodar la historia en Tokio --una ciudad de 14 millones de habitantes donde la soledad es casi un mineral-- para conseguir el máximo efecto de extrañamiento: un continuo de neón, desamparos sobrevenidos y deseos sexuales desatados por azar.



Por desgracia para Coixet, aún se escucha la radiación de fondo provocada por Lost in translation (2003), con la misma combinación de entorno marciano y existencias despistadas (con la diferencia de que Sofia Coppola lo envolvía con la narración mucho más estructurada y convencional del cine estadounidense) y es inevitable establecer comparaciones: las dos protagonistas femeninas (Johansson y Kikuchi) desprenden morrrrrbo por todos sus poros, y los hombres que les dan la réplica son cuarentones triponcetes que se resisten a crecer o aceptar la verdad acerca de sus propios fracasos vitales. Quizá una cierta afinidad cultural y geográfica hagan que prefiera a Sergi López (mucho más verosímil hablando en japonés que en inglés) frente a un Bill Murray que es básicamente un arquetipo. Sin embargo, ambos siguen siendo unos seres que piden a gritos que alguien --excitante, no lo olvidemos-- les rescate.

Un esquema argumental tan sencillo y limitado, además de que se cala enseguida, posee numerosos riesgos: el primero es que finalice de una manera no sorprendente, sino más bien demasiado melancólica (una sorpresa final contribuiría a una impresión final mucho más favorable), aunque se vea compensado por algunos detalles ciertamente conmovedores, no importa que resulten incomprensibles: («Di mi nombre. Di mi nombre»). La verdad es que yo me había montado otro final (que sólo revelaré bajo petición y por correo) y esa fue mi segunda decepción. La tercera y última es que la escena donde Agus colaboró como extra no aparece en la versión final.

Lo importante es que hay muchas otras cosas de Isabel Coixet que me fascinan; quizá por eso sus películas me atraen tanto y consiguen que, mientras espero en la butaca a que terminen los avances, experimente un ansia de intensidad desconocido en mí. Estoy convencido de que la culpa es del profundísimo impacto que me produjo Mi vida sin mí, un filme que también debería ser declarado Patrimonio Cinematográfico de la Humanidad y estudiarse en la ESO como asignatura troncal. También destaco su notable calidad como escritora: me encanta cómo analiza sus rodajes y su capacidad para incluir una dosis suplementaria de intensidad mediante sus eclécticas reflexiones. ¿Quieres una muestra? Pues ahí va: Antony, un abrazo, o Para qué sirven las películas, un texto que ha dejado algo más que una huella en mis ideas sobre el cine (atención al primer párrafo). Finalmente, está esa imagen de pedante, pija, gafapasta, elitista o rara que arrastra en foros y entre espectadores que se niegan a ver sus películas pero no se cortan de ponerlas a bajar de un burro. ¿Por qué cae tan mal esta mujer? ¿No será porque rompe los esquemas en los que más de uno se encuentra tan cómodo?

Quiero terminar recomendando Mapa de los sonidos de Tokio a los que no han visto otras películas de Coixet, porque vale la pena regalarse un punto de vista diferente. A los que siguen su filmografía hace tiempo les advierto que no es tan, tan conmovedora, que insiste en ciertos elementos de estilo y argumento y que la lejanía y un cierto sentido de la transgresión no son suficientes para convencernos del todo. Ya sabemos que el mundo está lleno de gente solitaria y esta película no nos descubre nuevos matices; o puede que no exista suficiente delicadeza para retratarla. Confieso que estuvimos comentándola entre los compañeros del trabajo durante toda la comida, a pesar de que a ninguno nos había gustado del todo, y fue la excusa para una conversación que nos llevó más lejos de lo imaginado. Estoy seguro de que Isabel habría sonreído.
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