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lunes, 24 de enero de 2011

Ensanchando el abismo entre el sueño romántico y la realidad (Como la vida misma)

La cosa suele ir más o menos así: encuentros fortuitos, parejas que esperan décadas para reunirse, hombres que se hacen pasar por gais para ligar, mujeres que se enamoran de gais, mujeres con hijos que pillan un marido rico, gais que dejan embarazada a su amiga de toda la vida, padrinos que comparten odio y una ahijada acaban formando una familia, hombres con hijos que consiguen una mujer sensible, delgada e inteligente, compañeros de trabajo que finjen una relación que luego se convierte en realidad, hijos que reúnen a sus padres divorciados, amigos que se redescubren como amantes, amantes que se redescubren como personas, chicos que se enamoran de las novias de sus hermanos, madres que se enamoran de los novios de sus hijas, estancias en islas desiertas que desembocan en intimidad, enamorados en secreto que asisten a la boda del hombre/mujer de sus sueños, embarazos inesperados que cohesionan una pareja impensable, hombres y mujeres que se sinceran de forma simultánea dejando claro que su sentimiento es mutuo. Finales emocionantes, reencuentros inesperados, regresos bajo la lluvia, rescates de última hora, esperas en portales, encuentros a la salida del trabajo, momentos imaginados una y mil veces que se convierten en realidad, honestidad y sinceridad recompensados con creces. Gente adinerada, delgada y guapa, fotografía luminosa, supermercados y comercios que rebosan abundancia y bienestar, estilos de vida acomodados, generaciones claramente marcadas, roles sexuales implícitamente establecidos, entornos familiares cohesionados, confidencias y detallitos, comentarios sobre confidencias y detallitos, emotivas declaraciones delante de la familia y/o las amigas, momentos perfectos... Creo que no me dejo nada.



Como la vida misma (2011) es el segundo largometraje en diez años de Greg Berlanti --no confundir con el filme del mismo título de Peter Hedges con Dianne Wiest y Juliette Binoche-- y contiene algo de ese batiburrillo del párrafo anterior, además de unos pocos diálogos ocurrentes (especialmente al principio) y un par de gags que prometen, aunque sin estar del todo pulidos como para considerar el resultado tan cómico como romántico. El resto no es que sea previsible, es que es inverosímil, igual que los personajes.

Y ahora un poco de contexto de visionado: acompañé a mi hija, mi sobrina y mi hermana (lo sé: debí haberme anticipado a todos los signos que lo advertían), y nos metimos en una sala a rebosar en la que --lo aseguro-- sólo éramos tres hombres. Aun así, hice mías las recomendaciones de Darwin y me adapté al entorno para sobrevivir: comienza la sesión y lo paso bien, me rio con ganas en algunos momentos... Pero llega la escena en que los protagonistas jóvenes y guapos --que se han llevado como el perro y el gato hasta ese momento-- se enrollan y el público estalla en una alegre y espontánea ovación... que se repite al final de la película. Comprendo que el abismo que se abre entre las expectativas de ese público adolescente y la realidad se ensancha a cada título como este. El problema no es la existencia del género en sí, ni siquiera la sobreabundancia de títulos de calidad más que mediocre. El problema es que el mito del romance heterosexual rico y guapo es suficiente para convocar a un público entregado de antemano que cree que se trata de algo más que ficción, de algo a su alcance. El problema es que la comedia romántica, dada su ubicuidad actual, amenaza con subrogarse un papel socializador en el tema de las relaciones, dejando en segundo plano el entretenimiento. El enredo amoroso ya no es tal, ahora es una fábula sobre la necesidad de mantener la coherencia ante las adversidades, aferrarse a los valores tradicionales y, sobre todo, sobre todo, sobre todo, no traicionar nunca a las amigas. Mantenerse en estos principios prácticamente asegura que el muchacho de tus sueños vendrá a por ti: el que te gustaba en el instituto, el tío bueno de la oficina (da igual lo borde que sea) o cualquier hombre capaz de reunir en un mismo cuerpo la perfecta combinación de inteligencia, belleza, humor y sensibilidad. El imaginario femenino no tiene nada que envidiar al masculino en cuanto a irrealidad.

Es curioso cómo un género tan limitado argumental y estilísticamente exhibe semejante variedad de historias tendente al infinito. El mérito, desde luego, es de los guionistas. De las espectadoras, ¿qué se puede decir? ¿Admirar su inagotable capacidad para creer en los finales felices? ¿Confiar en que, llegado el momento, sabrán distinguir entre realidad y ficción? Manuel Rivas escribió que la ficción sirve para crear más realidad, quizá la nueva Generación XXY (la etiqueta me la acabo de inventar) prefiera reinvertirla en mitos que alimenten la travesía de la soledad.

http://sesiondiscontinua.blogspot.com/2011/01/ensanchando-el-abismo-entre-el-sueno.html
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