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jueves, 21 de julio de 2011

La generación que aún no sabía que lo era (Los amigos de Peter)

Jugaré una vez más el comodín de pertenencia a la generación de la que quiero hablar: recuerdo perfectamente que la persona que me hizo notar que Los amigos de Peter de Kenneth Branagh era una película generacional no pertenecía a la generación ochentera (que es la que retrata el filme), sino que era más joven y probablemente ahora esté buscando algún otro título que refleje el espíritu de su propia generación, la noventera. También recuerdo que esa misma persona supo ver todo aquello porque el argumento tocaba directamente un tema que le resultaba muy cercano: un grupo de universitarios que se dedica a cantar y bailar en pequeñas fiestas privadas se reúne diez años después de no verse. En el momento del estreno, hacía apenas tres años que los ochenta habían quedado definitivamente empaquetados para la historia y el cine ya nos ofrecía un primer informe de daños generacional. En eso nos dimos prisa, aunque no tanta como los que vinieron después...

Todo esto viene al caso porque Los amigos de Peter me reveló dos cosas: que yo pertenecía a una generación --la ochentera-- y que el tiempo que uno dispone para expresarse como tal (la juventud) se terminaba. Era hora de componer con todas esas vivencias un relato, y esta película hizo que de repente me sintiera mayor, que comenzara --casi de forma instintiva-- un balance interior que culminó años después con una lúcida entrada sobre mi generación en la Frikipedia. De paso, descubrí el subidón interior que puede provocar la nostalgia de una juventud definitivamente perdida, aunque feliz en lo básico, convenientemente dosificada. Todo esto lo explota muy bien la película de Branagh.



Branagh comenzó de forma brillante y prometedora su filmografía. Su primera película --Enrique V (1989)-- es una novedosa versión de la misma obra con la que Laurence Olivier (sin duda su principal referencia artística por aquellos años) debutó en sus adaptaciones shakespearianas. Cuatro años después retomó este proyecto personal con Mucho ruido y pocas nueces (1993), pero antes llegaron Morir todavía (1991), un thriller menor junto con su pareja en la vida real --Emma Thompson-- y Los amigos de Peter (1992), que le confirmaron como actor/cineasta culto y moderno, un director todo terreno que aspiraba a convertirse en referente del cine contemporáneo de autor (a pesar de que por entonces esta etiqueta ya había perdido todo su significado). Tras otra adaptación de un clásico literario --Frankenstein de Mary Shelley (1994)-- culminó su particular trilogía shakesperiana con una versión casi literal de Hamlet (1997). A partir de ahí su carrera sufrió un vuelco inesperado: en primer lugar, su cine se resintió de la ruptura del tándem creativo/interpretativo que formaba con su esposa; sus películas dejaron de tener ese valor añadido que aporta siempre Emma Thompson; por otro lado, su nueva adaptación de un texto de Shakespeare (esta vez muy libre y con un género interpuesto: el musical) resultó un fracaso. Trabajos de amor perdidos (1999) supuso el inicio de una travesía del desierto creativo, puntuada tan sólo por apariciones en filmes menores, hasta que La huella (Sleuth) (2007), basada en una famosa pieza teatral ya versionada por Mankiewicz en 1972, le devolvió parte de su notoriedad perdida. Ese mismo año rodó una personal versión de La flauta mágica de Mozart que no provocó demasiadas reacciones favorables, para embarcarse a continuación en la enésima versión cinematográfica de un cómic Marvel: Thor (2011), un producto claramente comercial que, en todo caso, se distingue del resto por ciertas dosis de trascendencia isabelina que le ha añadido Branagh.

Cuando Branagh dirigió e interpretó Los amigos de Peter se encontraba en pleno apogeo de su creatividad, y la crítica encantada de ver confirmadas sus expectativas respecto a él. El público, por su parte, respondía favorablemente a su combinación de trasfondo culto expresado con un estilo directo, sencillo y sin pedanterías. La película arranca en 1982 con una actuación musical de los protagonistas, la última que hacen antes de lanzarse cada cual a sus proyectos personales. Diez años después, Peter, hijo de una acaudalada familia británica, tras la muerte de su madre, les invita a reunirse un fin de semana con el aparente objetivo de recordar los años de juventud. El grupo está compuesto por una previsible aunque variada tipología de personajes, cada cual encarnando una diferente actitud ante el pasado, el fracaso, el éxito o el arrepentimiento: la editora solterona, culta y mojigata; la (entonces) chica sexy aferrada ahora al efecto de su belleza en declive, únicamente capaz de atraer a hombres casados disfuncionales; la pareja que se consolidó en el grupo --ahora matrimonio-- que sigue componiendo junta y tiene un hijo; el guionista prometedor que abandonó un proyecto teatral junto a Peter por un trabajo bien pagado en una sitcom estadounidense, cuya protagonista es su propia esposa. De Peter, el anfitrión, apenas sabemos nada de su actividad en esos diez años: se limita a tratar de encajar las deformadas piezas en que se han convertido sus amigos, a reconstruir un bienestar amenazado por las constantes discusiones y revelaciones de cada cual.

La primera paradoja de esta historia sobre ochenteros es que la acción no se desarrolla en los ochenta, sino en los noventa. En la película, igual que en la vida real, el pasado es ese lugar adonde no es posible regresar, y la nostalgia una droga cuyos efectos son lo más parecido a la experiencia de revivir tiempos pasados que es posible conseguir. En Los amigos de Peter no hay saltos atrás, ni repaso con los ojos del presente a anécdotas de juventud; la película se limita a retomar a los protagonistas una década después de su separación y son lo que son. Lo que fueron se deduce a través de sus palabras y sus actos. Por fortuna, Branagh no cae en la tentación de hacer un filme que mira hacia atrás; es más, aprovecha el salto temporal entre el prólogo y el inicio de filme para colar, junto con los créditos, una (ahora) nostálgica crónica de los ochenta acompañada por Everybody wants to rule the world de Tears for Fears. A esto hay que añadir el estilo de Branagh, claramente inspirado por el formalismo creativo de Orson Welles (el plano secuencia inicial, cámara al hombro, es un ejemplo perfecto), o su clara preferencia por las tomas largas, dejando a los actores llevar el peso de la escena, un recurso que Woody Allen popularizó en sus títulos de los ochenta. Y por supuesto, el reparto, de lo mejor que había en Gran Bretaña en aquel momento: además del propio Branagh y Emma Thompson, destacan Hugh Laurie (luego archifamoso Dr. House) y Stephen Fry.

Por eso quizá Los amigos de Peter resulta más convincente como ejemplo de cine generacional que --pongamos por caso-- otros títulos más combativos o descaradamente nostálgicos, como Rebelde sin causa (1955), American Graffiti (1973), Hair (1978), Solteros (1992) o Una casa de locos (2002). En los ochenta las obsesiones sobre el éxito como objetivo vital estaban más relacionadas con la paz interior, la estabilidad emocional y la coherencia como actitud, y en ese sentido el filme no sigue la estela del cine estadounidense, donde todo se mide por el rasero del triunfo laboral y económico. Las escaramuzas y los malentendidos en el grupo de amigos tienen más que ver con temas pendientes del pasado y la superación de errores que con el éxito social. Y para rellenar los huecos siempre quedará el humor británico, unas gotitas de tristeza y, de postre, una revelación inesperada y plausible, capaz de rematar una historia que podría haberse convertido en un congreso internacional de reconciliaciones.

Los amigos de Peter es un filme generacional del subgénero balance-vital-a-toro-pasado que expresa con sencillez, sinceridad y sin histrionismos la digestión de los excesos, patinazos y carencias que cada personaje aporta. La crónica de unos jóvenes (aún no ochenteros) que, como todos hacemos, pensaban que una vez llegado su momento, respecto a sus predecesores, resultarían únicos y diferentes en creatividad, autenticidad y rebeldía. Si la cosa no fuera así de irreal no podríamos evolucionar como especie.
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