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miércoles, 4 de abril de 2012

El límite físico del amor materno incondicional (Tenemos que hablar de Kevin)


Al igual que Elephant (2003), Tenemos que hablar de Kevin (2011) de Lynne Ramsay es un filme que roza tangencialmente el horror de la violencia irracional adolescente (la sombra de la masacre de Columbine está resultando muy, muy alargada en el cine). Aunque este detalle resulta anecdótico respecto al conjunto del filme, cuyo verdadero objetivo es plantear un tema mucho más polémico, controvertido y, desde algunos puntos de vista femeninos treinta y cuarentañeros, herético: la existencia de un límite al amor materno incondicional que es, para más madres de las que creemos, su única certeza vital y sentimental. El amor a los hijos, sean lo que sean, hagan lo que hagan, digan lo que digan, ¿Es inagotable? ¿Debe perdonarlo todo? ¿Tragar con lo que sea en silencio y con resignación? ¿Realmente es necesario sacrificarlo todo por un vínculo genético que, como es inalterable, confundimos con lo verdadero y lo bueno?

Tenemos que hablar de Kevin es una película incómoda que plantea una situación tan real y extrema como minoritaria (aquí está la primera trampa del argumento) mediante una narración cuidadosamente desordenada (y fría en cuanto a montaje y fotografía) que la distancia de esos telefimes lineales donde lo único que cuenta es el sufrimiento y la redención final de los protagonistas. El papel de Tilda Swinton (musa de Derek Jarman hasta su muerte en 1994) es realmente complicado: debe ser capaz de hacer creíble al espectador una situación que, de entrada, a la mayoría nos parece exagerada. Durante el primer tercio de película confieso que no me parecía verosímil ni su personaje ni su actitud ni sus reacciones, pero poco a poco, a medida de la narración va perfilando los diferentes elementos de la historia, distingues claramente los aciertos --de la interpretación, del guión o de la directora-- de los errores de bulto. En el primer grupo, el primero y más importante, la descripción de la convivencia diaria con un niño (luego adolescente) que descoloca por su actitud cruel, seca y distante; también el desamparo e impotencia de la madre en sus intentos de acercamiento, así como la inevitable mala conciencia ante cada fracaso. De entre los errores, destaco sobre todo el entorno exageradamente hostil de la comunidad donde vive la madre, un aspecto del guión que realmente está de más para hacerse una idea del conjunto, o centrar exclusivamente el sentimiento de fracaso en la madre (el argumento se las apaña siempre para dejar al margen al padre, que cree que todo son exageraciones de su esposa), un recurso burdo e inverosímil más propio de producciones televisivas o de clásicos obreros al estilo La mano que mece la cuna (1992).



Aun así, no hay que perder de vista --al igual que sucedió con la novela de Lionel Shriver en la que se inspira-- el principal mérito de la película: poner sobre la mesa una faceta de la familia que a menudo se obvia o se oculta intencionadamente y que, en el peor de los casos, se niega con tanta vehemencia como irreflexión: «la institución familiar no está preparada para procesar el odio» (según la precisa formulación de Sergi Sánchez en Fotogramas) y, sin embargo, todo indica que esa situación, aunque poco probable, puede llegar a darse. Acumulamos demasiada pedagogía idealista, buenista, ñoña e irreal, demasiadas narraciones ensalzando los vínculos sagrados del parentesco, asimilándolos a una especie de requisito incuestionado de supervivencia casi evolutiva. El principal demérito de Tenemos que hablar de Kevin, por otro lado, es que escoge un caso extremo para ilustrar el problema: todo el sufrimiento y dudas de la madre se explican a posteriori porque su hijo, en realidad, acabará siendo un asesino; como si ese matiz final justificara las situaciones y actitudes previas. Si Kevin se comportaba así es porque era un ser malvado, y por tanto el sufrimiento de su madre también era lógico, pues se enfrentaba a un persona destinada a hacer el mal. Hubiera sido mucho más devastador un filme ambientado en esas familias con hijos tiranos, egoístas y maltratadores que no matan a nadie, pero que amargan la existencia a sus padres con tanta o mayor crueldad y, a pesar de eso, con el tiempo, se socializan con amigos, se casan, incluso fundan sus propias familias... Esos casos me parecen más habituales y preocupantes. Si la película retratara una realidad doméstica más centrada en lo cotidiano, a esas madres fundamentalistas que afirman que visitarían a sus hijos en la cárcel, incluso aunque cumplieran condena por un asesinato espeluznante o múltiple, les resultaría más difícil argumentar una postura tan indefendible como la suya. Esa es, probablemente, la manipulación más grave en que incurre en filme de Ramsay, como si la gravedad de los sucesos o lo extremo de las situaciones fueran la única manera de convencer al espectador acerca de la naturaleza de un problema que, en la práctica, suele darse de forma mucho más sutil y soterrada.

¿Por qué debemos considerar el amor materno como el fundamento básico de la estructura social, de nuestra civilización incluso? ¿Acaso ese amor es realmente una garantía intersubjetiva de cohesión social? Lo digo con todo el respeto que soy capaz de reunir: me parece preocupante que siga habiendo madres que consideren que la maternidad es un tema sagrado, inatacable y perfecto en todos sus matices; resulta sintomático que tantas mujeres defiendan como lo hacen la relación madre-hijo como una fuente inagotable --e incomprensible incluso para el mundo masculino-- de bondades autocomplacientes y eternos beneficios mutuos. ¿No será que transfieren a una relación, jerárquica y pedagógica por definición, las decepciones sentimentales que una relación, igualitaria y libre por definición, inevitablemente proporciona? Tenemos que hablar de Kevin es una película perfecta para abrir fuego.




http://sesiondiscontinua.blogspot.com.es/2012/04/el-limite-fisico-del-amor-materno.html
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